Esperanza
—Hijita, ¿de quién sos vos? —le preguntó con sequedad.
La niña no contestó, pero alzó la mirada por primera vez.
—¿Ideay vos? —le preguntó, impaciente.
La niña no acertó a responder porque justo en ese momento llegó Anastasio, el cochero. Venía corriendo. Cuando estuvo a una distancia decente, se quitó el sombrero y se aflojó el paliacate del cuello para hablar mejor.
—Disculpe, doñita. Es que se me estaba juyendo la mula, pue.
—Sos el conductor de la berlina, ¿sí o no?
—Sí, pue, señora.
—¿Y esta pilishtia es de vos?
—No, doñita. No es mía. Es la nieta del curandero de La Victoria, pero él apenas murió, pue.
—Dios lo tenga en su gloria —se persignó ella por educación y costumbre—. ¿Qué querés?
—El cura me mandó aquí pa que le trajera yo a la niña. Quiere que se la cuide usté un rato. Dice que ái luego le explica mejor por qué le pide ese favor.
—¿Cómo? ¿Qué decís vos?
—Sí, pue. El cura dijo que le deje a usted la niña. Más ya no sé, doñita, ái tendrá usté que veriguar con él. Yo nomás cumplo la encomienda.
Esperanza no podía creer la osadía del cura.
¿Cómo se atrevía a pedirle eso? Y ahora, ¿qué cosa iba a hacer ella con esa chamaca?
El padre Camilo sabía de sobra que ella no estaba en condiciones de cuidar a nadie, mucho menos chiquillas mugrosas.
Esta vez el cura se había pasado dos puentes. ¿Quién se creía que era?
—De ninguna manera —objetó enojada—. Llevála vos de regreso a la iglesia. Andá.
—Híjole, mi doña, ái sí le voy a quedar mal —se disculpó el cochero—. Orita ando re apurado. Me espera otra chamba, pue. Pero como le digo. Vaya usté a hablar con el cura directo. Ándele. Y dígale lo que le tenga que decir. Disculpe que ora sí no la puedo ayudar.
Con eso, Anastasio hizo una inclinación de cabeza, se volvió a poner el sombrero y se fue.
Esperanza reprimió las ganas de detenerlo y discutir con él.
Sabía que de nada serviría. El cochero jamás desobedecería una orden del sacerdote.
Se ahorró saliva y apeló a la paciencia de los cielos.
Quizás ella tampoco debería desobedecer las órdenes del sacerdote, se dijo, con resignación.
Seguramente había una buena razón detrás de ese favor que le pedía. Más valía que así fuera.
Miró a la niña que ahí seguía, parada y calladita.
Con sus ojotes enormes, amarillos, la repasaba, mirando con curiosidad su vestido ladino, sus zapatos, sus pulseras.
Esperanza se envolvió en su más alto sentido de cristiandad y sintió lástima por aquella criatura de Dios.
A la par sintió impaciencia y ansiedad. Las damas de la iglesia de San Agustín llegarían esa tarde para armar las despensas de Navidad y ella seguía ahí, perdiendo el tiempo, cuando debería estar comprando lo que hacía falta.
—Está bien —espetó y en contra de su mejor instinto abrió la puerta de su casa y ordenó—: Vení, niña.
Adentro, Esperanza llamó a su sirvienta.
—¡Mercedes! ¡Vení vos atenida! Vení prontito.
La sirvienta llegó apresurada. Era una mujer entrada en años de suave andar pero dura mirada.
—¿Ideay? —preguntó, posando esa dura mirada en la niña.
—La mandó el padre Camilo y se va a quedar aquí hasta que yo me entienda con él.
Mercedes nada dijo, pero su rostro mostraba clara censura.
—No me preguntés más porque es todo lo que sé —añadió su patrona—.
Así es que llevátela, Mercedes. Lavále bien esos pelos con vinagre.
Prestále uno de tus cortes y una cutrina.
Cuando terminés, quemás estos trapos asquerosos.
Y no la metás a la casa hasta que esté bien bañada, ¿entendés?
¡Que Dios nos dé fuerza y paciencia para lidiar con esta!
La sirvienta, que por años había sido testigo de las decisiones de su joven patrona, no resistió tratar de salvarla de este error garrafal que estaba a punto de cometer.
—Señora, si usté gusta la llevo al hospicio orita mesmo —ofreció.
Se refería al orfanatorio en la ciudad que atendían las hermanas de la Caridad.
Esperanza caviló la propuesta. Eso sería lo sensato, pensó, mandar a la chiquilla con las monjas. Ái que la fuera a buscar el padrecito. Pero enseguida descartó la idea, no podía hacerle eso al padre Camilo hasta saber más sobre por qué le había pedido ese favor.
—Esa no es opción. ¡Andá! Ponela de limpio a la chita. No quiero verla hasta que esté decente. Apuráte que ya merito llegan las señoras. Voy a comprar lo que nos falta. Ahorita regreso.
La sirvienta obedeció a regañadientes.
—Vente pa acá, niña —le gruñó.
Caminaron juntas por el patio, afuera de la casa.
¡Ay, esa patrona!, pensó la sirvienta, con congoja.
¡Ái iba otra vez! Nomás no sabía cómo decir no.
Era demasiado buena, ella. Agarraba broncas ajenas como uno agarra la gripe y la gente se aprovechaba.
El padrecito ese era el peor ¡qué bien jodía ese señor!
Era un abusivo. Eso era. Pa nada servía ya.
A medio sermón se quedaba dormido, pero eso sí, pa pedir limosnas ahí estaba, bien despierto, pendiente de que pasaran las canastas por las bancas cuando menos dos veces antes de la comunión.
A doña Esperanza siempre le andaba pidiendo favores.
¿Y ora qué carambas iban a hacer con esa escuincla cuando las cosas andaban tan mal?
El dinerito que la patrona se ganaba cosiendo ropa ajena de por sí no rendía.
Ya desde hacía un rato su negocio de costura andaba flojo.
Reflojo, pue. Las clientas ya no pedían vestidos pa estrenar como antes y cuando los pedían, luego no los pagaban.
«¡Cóbreles por delante, señora!» Le aconsejaba Mercedes.
Acuérdese de ese dicho: «Si quiere que el ciego cante, la gallina por delante».
Pero la patrona no hacía caso y seguía trabajando de fiado.
Claro que ella no era nadie pa juzgarla.
A lo mejor, ella también haría lo mismo, pue.
Andaban mal los tiempos. Mal habían quedado después de tantas guerras.
¿Qué podía hacer doña Esperanza? Esas doñitas andaban rascando la olla.
Como todas. Pero y luego, ¿cómo iban a darle de comer a esa indita cuando no había ni pa la Perra?
Justo ayer la patrona le había ordenado ir a empeñar sus joyas.
El único collarcito que asegún le había heredado su abuela.
Mercedes sintió feo por su señora, sobre todo cuando el judío ese, tacaño, pagó una mirruña por la alhaja.
Ni pa las tortillas alcanzó la miseria que pagó por el collar.
No. Las cosas no estaban pa andar recogiendo huérfanas.
Y tampoco pa andar regalando despensas de Navidad. Doña Esperanza no escarmentaba, pue.
Al andar, Merceditas sentía como si una sombra la estuviera siguiendo.
No hacía nada de ruido al caminar esa chamaca.
Andaba con pasitos de ánima, calladitos, el morralito bien apretado contra su cuerpo menudo.
Apuró el paso y se alejó de la indita, sacudiéndose la sensación de que algo terrible estaba a punto de pasar.
Cuando se atrevió a mirarla de nuevo, porque dejó de escucharla tras ella, la descubrió oliendo los geranios.
—¡Púrese, pue! —la regañó. Nomás eso faltaba, que estropeara las flores de la patrona.
Mientras más lo pensaba, más ganas le daban a Mercedes de remendar las cosas ella misma y cantarlas bonito a esa chamaca.
Correrla, pue. La patrona no tendría por qué enterarse, se dijo.
Ya después le diría que la niña solita se había espantado y se había huido.
Eso debería hacer y de seguro la patrona se lo creería, porque así eran todas esas inditas de rancho.
No se hallaban. Cuando uno venía a ver, ya se habían güelto a sus parajes.
La idea la tentó. A punto estuvo de llevarla a cabo, pero no pudo.
Ella no sabía mentir. Además, no tenía corazón para desobedecer a doña Esperanza.
Tan buena que era. De no ser por ella, y su generosidad, su hijo Jerónimo se habría petateado de hambre.
Mercedes nunca olvidaría el día que lo salvó.
Fue a la salida de la iglesia. Ahí estaba, mendigando, con Jerónimo pegado a su pecho seco, cuando una joven señora le habló.
«Vení», le dijo, «necesito ayuda en la casa».
A Mercedes le había hecho gracia la manera de hablar de doña Esperanza.
Ya después doña Esperanza le explicó que así hablaban ellas en Tierras Frías.
Era de Ciudad Real. Era coleta, pue. Lo que no era cierto era que la doña necesitaba ayuda en la casa.
Por aquellos años el patrón vivía todavía.
Ya estaban separados, emancipado él en el rancho con una indígena y ella en la casa cabal de Tapachula.
Y en esa casa sobraban manos. Harta ayuda tenía doña Esperanza en ese entonces.
Aun así, los recogió, a ella y a Jerónimo por purita lástima.
Era muy buena. Ya luego no hallaba qué trabajo darle.
Primero la puso a hacer un poco de todo: pulir la plata, espulgar los frijoles y planchar las cortinas.
Quehaceres que de por sí ya hacía la Chole, la señora de planta.
Ella al poco tiempo murió. Ya de ahí, al faltar la Chole, la ocupó de verdad.
Y desde entonces ahí se quedaron. Jerónimo creció y engordó.
Todo gracias a doña Esperanza. Con nada le pagaba sus bondades a su patroncita.
Y mal hacía con estar pensando en engañarla, decidió.
Su deber era ayudarla con cualquier cosa que necesitara.
Eso sí. Bueno sería que doña Esperanza se amarrara a otro marido.
Un marido joven, de su edad, pue, y no un hombre mayor y amargado como había sido don Efraín.
Era bonita ella. No tenía por qué quedarse sola pa siempre.
—Píquele, chamaca, que tengo harto que hacer —amonestó a la niña que ahí seguía, viendo los geranios.