Tiempo de flor y de ceniza La fuga
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La fuga

Amada corrió hasta el río, amparada por la luz de la luna.

Conocía bien el camino; por ahí bajaban todos los días a acarrear agua, a lavar ropa o a bañarse.

El río Coatán fluía desde las alturas del volcán hasta la costa y ella sabía que, si seguía su cauce, tarde o temprano llegaría a algún caserío donde refugiarse.

Corrió sin parar a todo lo que daban sus piernas, como si una legión de ánimas la persiguiera.

El eco de sus pasos en la hojarasca la guiaba en la augusta soledad de los montes.

Cuando por fin alcanzó el río se alzó las enaguas, se metió hasta los tobillos y siguió el rumbo de la corriente, por la orilla, tratando de no resbalarse.

Aquí estoy a salvo, pensó, para serenarse.

Aunque suelten los perros, estos no podrían seguirme la pista.

El agua helada entumió sus pies y eso ayudaba; no sentía dolor pisando las piedras.

La corriente frenaba sus pasos, obligándola a ir despacio.

Avanzó agazapada, tratando de no mojar su chuj y rezando a todos los ángeles- aj’elitiks que nadie la viera.

El miedo crispante revolvía su imaginación.

Allá, la rama de un árbol dibujaba la silueta de un ladino malvado, persiguiéndola.

Más allá, el balido de un borrego se convertía en el jadeo de un tigre hambreado.

Varias veces se tropezó, mojándose, pero el terror la levantaba en el acto y la empujaba a proseguir más rápido.

No sentía dolor, ni frío, solo un intenso deseo de huir lejos. Muy lejos.

En algún momento, los últimos rayos de Luna- Su’ filtraron sus resplandores por las frondas del pinar iluminando las chozas que se recogían en la primera cañada.

Se acercó sigilosa, apartando ramas. Quizás aquí puedo esconderme, pensó, esperanzada, pero cuando se acercó reconoció el paraje y toda ilusión se derribó.

La gente de ese caserío la conocía. Alguien podría delatarla.

Tenemos que seguir, se dijo a sí misma. Tenemos que irnos más lejos, ¿pero a dónde?

El río sabrá, decidió sin convencimiento, ¿qué otra cosa podía hacer?

Siguió andando. El temor espoleaba su cuerpo cansado, sus pies entumecidos.

Al cabo de un rato, en un lugar en las faldas del cerro, apareció el bosquecillo de duraznos silvestres a donde solía ir la gente a recoger la fruta y a dar tributo a los dioses.

En ese lugar había un ojo de agua sagrado.

La dueña era un ángel- Aj’elitik blanco, una diosa de agua con forma de mujer ladina.

Se le conocía como Sinyora. Amada se sorprendió de estar ahí.

¡Qué lejos estamos de la finca!, pensó. No podía creer que había caminado sin dejar huella desde el páramo hasta ese paraje al margen del manantial.

Hacia adentro, en la cumbre del monte, se alzaba la choza de Tata Fructuoso, el viejo curandero- h’iiloletic que era el guardián de ese ojo de agua.

Era él quien hacía las ceremonias a esa diosa.

Amada lo conocía porque varias veces había acompañado al Tata a una de tantas peregrinaciones que ahí mero se hacían, con sus fiestas amenizadas por la chirimía y los teponaxtles.

La gente iba a orar, casi a gritos, a la diosa del manantial y a sus dioses padres-madres, totilme’iletik .

Les pedían con devoción agua para sus siembras y pastos, y protección contra las plagas y el rayo.

En ese lugar, Tata Fructuoso era la autoridad.

Él hacía el rito a la Sinyora, diosa más condescendiente que cualquier imagen del templo dominicano de San Juan Chamula. Lo que le pidieran, se los concedía.

Tampoco debo esconderme aquí, decidió Amada, el h’iiloletic era de confiar, pero no sería justo comprometerlo.

¿Qué culpa tiene él?, pensó. Además, ¿qué tal la diosa nos castiga por atrevida?

El solo pensarlo la espantó. Su ira podría resultar peor que cualquier castigo de la autoridad ladina.

Mejor no enojarla. Mejor seguir andando.

Se salpicó en el rostro agua del río para espantar el cansancio que amenazaba con tumbarla ahí mismo y se dispuso a seguir cuando, de repente, una voz la detuvo.

—¿Qué haces aquí, muchacha?

Era el Tata Fructuoso. Amada se arrodilló frente a él y le presentó su frente para que la tocara con tres dedos, como era la costumbre.

—Somos soy Amada, Tata Fructuoso.

—¿Amada? —preguntó el anciano, sorprendido. La miró con detenimiento y la reconoció. Miró su huipil sucio y desgarrado, su rostro desencajado y el morral que cargaba en las espaldas.

—¿Qué trae a la nieta del gran h’ilol , mi amigo y maestro ausente, hasta acá? —preguntó.

La presencia del anciano, tan parecido a su Tata, y su voz llena de bondad quebraron a Amada. Se cubrió la cara y sollozó amargamente, con el dolor revivido por la muerte de su abuelo, con el cansancio, el hambre y el miedo de su fuga.

—Nos quieren agarrar —gimió—. Pero nada hicimos. Nada, pue!

El anciano alzó el rostro bañado en lágrimas de la joven y preguntó, preocupado.

—¿Quién te quiere agarrar, muchacha? ¿Y por qué?

—La autoridad. Ellos, nos quieren agarrar. Dicen que yo matamos al caporal. Pero nada hicimos. Malo era ese señor. ¡Malo, pue!

El Tata Fructuoso se quitó su sarape y la abrigó.

—Ven conmigo —dijo con voz suave y la llevó hasta su choza.

Adentro, el anciano le sirvió un plato de frijoles calientes y tostadas.

Le dio de beber pozol y después se sentó en un banco y fumó su tabaco, viéndola devorar los alimentos con avidez.

Cuando Amada terminó de comer, contestó las preguntas del Tata una a una.

Habló de don Macario, de sus abusos, de sus amenazas.

Habló de María y de las cosas raras que hacía su hermana.

Habló del padre Camilo quien había tratado de ayudarla y a quien había encomendado a su hermana.

El Tata Fructuoso la escuchó muy atento y cuando la voz de Amada se apagó y sus ojos se llenaron de sueño, le tendió un petate para que descansara.

—Vamos voy a rezarle a la Sinyora —dijo solemne—. Ella sabrá protegernos. Aquí nadie te buscará, Amada. Aquí vas a vivir hasta que sea el día de la fiesta de la Sinyora. Entonces ya veremos qué vamos voy a hacer.

Las semanas pasaron y Amada vivió en paz por un tiempo, ayudando al Tata Fructuoso a proteger el ojo de agua de cualquier intruso o peligro que pudiera amenazar el santuario de la Sinyora.

Mientras el noble h’ilol hacía sus faenas de guardia, rezando y acatando cualquier orden de la diosa, por caprichosa que fuera, Amada lo atendía a él, buscando leña, moliendo el nixtamal, cuidando a sus borreguitos.

Conforme los días fueron pasando, la fecha designada para la adoración de la diosa del manantial se fue acercando.

La angustia de Amada fue creciendo, pero el Tata Fructuoso no daba importancia a sus preocupaciones.

«Vamos voy a esconderte y nadie sabrá que estás aquí», le decía, tratando de acallar sus temores.

Pero Amada no estaba dispuesta a que el buen hombre corriera ningún riesgo con la autoridad por esconderla.

Le había agarrado harto cariño al h’ilol , amigo de su Tata.

Y él a ella. Tendría que dejarlo porque además, ya habían pasado muchos días y necesitaba saber qué había sido de su hermana María.

El día previo al festejo de la Sinyora, a media noche, cuando el Tata Fructuoso roncaba como un bendito, Amada agarró su costal, se echó encima su chuj y salió de la choza sigilosamente a encarar el frío de la noche.

Bajó al río, amparada solo por la luz de la luna, y siguió su cauce.

Anduvo toda la noche, como sonámbula, un pie delante del otro, sin pensar.

El tiempo pasó y justo cuando el viento comenzaba a azotar el pinar, divisó en la distancia la luz de una hoguera.

Sintió un vuelco en el pecho y la esperanza la poseyó.

Se dirigió hacia esa luz siguiendo un angosto camino que serpenteaba entre los árboles.

Llegó a campo abierto, donde había caña de azúcar y maíz, y una choza allá, arribita del cerro.

Se acercó, cautelosa. De pronto reconoció el lugar.

¡Era La Colonia! Ahí mero habían ido a dejar al extranjero.

Una ola de alivio la abrazó. Aquí sí puedo estar, pensó con júbilo.

El kaxlan era bueno; lo sentía adentro, en el mero pecho.

Él no la delataría. No. Además, estaba recién llegado y a nadie conocía.

A unos pasos de la choza estaba la pocilga. Corrió hacia ella, se metió y después de cerciorarse que no había ningún animal, arrejuntó unas hojas secas de maíz y se acostó sobre ellas. El cansancio se apoderó de ella y pronto se quedó profundamente dormida.

Los ladridos de unos perros la despertaron.

Brincó y asió su machete, lista para salir por piernas, pero poco a poco los ladridos se fueron alejando.

No son perros, razonó con gran alivio, sino una partida de monos que seguramente habían bajado al río y ahora regresaban al bosque.

Se talló los ojos y miró su entorno tratando de esclarecer su pensar.

¿Dónde estaba? ¿Qué hacía ahí? Adormilada y confundida se arrastró a la entrada del cochinero para ver mejor.

Afuera, comenzaba a amanecer. El campo estaba solitario.

Allá había una milpa y más allá, cerca del platanar, alguien había limpiado el terreno.

Entonces se acordó. Sí. Eso era. Había dejado la choza del Tata Fructuoso para que nada le pasara a él y ahora estaba en La Colonia, en el mismo lugar donde, hacía un tiempo, Anastasio y ella habían ido a dejar al kaxlan .

Era la misma tierra, estaba segura. Y al reconocer el lugar recordó qué cosa estaba haciendo ahí.

Estaba huyendo de la ley. Seguía siendo una fugitiva de la autoridad.

Con la mente ya despabilada, se asomó por las rendijas de la pocilga una vez más y espió la casita de palos que se elevaba al otro lado de la milpa.

De seguro ahí vive el extranjero, especuló.

De seguro él mero reforzó el techo con esos palos recién cortados.

Enfrente de la choza chispeaban con timidez las brasas de una fogata mortecina, la hoguera cuya luz la había guiado hasta ese lugar la noche previa.

El saco del kaxlan colgaba de la rama del guayabo, a un lado de la vivienda.

Sí, ahí se había instalado el extranjero.

Sintió frío, mucho frío. ¡Qué ganas de acercarse a esa leña y avivar el fuego antes de que murieran los residuos del carbón!

Pensó. ¡Qué ganas de encajar el diente en una de esas cañas botadas afuerita de aquel trapiche abandonado!

Tiritaba de frío y el estómago le ardía de hambre.

Y ahora ¿qué hacer? No puedo seguir escondida, razonó.

Tarde o temprano tendría que hablar con el meco y pedirle refugio, pero ¿cómo hacerlo?

Y luego, ¿qué tal si llamaba a las autoridades y delataba su paradero?

De seguro seguían buscándola. O quizás no.

Quizás a nadie le importaba ya la muerte de ese hombre malo.

¡Malo! Los patrones estarían molestos, eso sí.

¡Enojados estarían por no contar con su ayuda en plena cosecha!

Exigirán justicia y me echarán la culpa, pensó, porque ¿caso no había ido a quejarse de él con el padre Camilo?

¡Tonta había sido! A mala hora se nos ocurrió abrir la boca, pensó con contrición.

Ora dirán que yo lo maté. O peor. Que lo mató María.

Y nosotras ¡indias!, ¿qué podemos hacer para defendernos?

¡Nada! Nada vale nuestra palabra contra la palabra del ladino.

El hambre se volvió insoportable. Si no comía algo no tendría fuerzas para moverse más.

Ahí mero moriría. No por nada volaban encima esos buitres, listos para pepenársela todita.

Se armó de valor, asió el machete y echándose al suelo, se arrastró hasta el trapiche abandonado como una culebra nauyaca.

Cuando llegó al molino, se escondió entre los palos, agarró una de las cañas y de un machetazo cortó un pedazo justo entre las uniones.

Lo peló de prisa e hincó impacientemente los dientes en los quebradizos de la fruta.

Chupó el jugo con avidez. ¡Estaba jugosa y dulce!

Alzó el brazo para cortar otro pedazo cuando de repente alguien le arrancó el machete de la mano.

Giró, lista para defender su vida con cada fibra de su ser.

Entonces, se topó con la mirada celeste y perpleja del extranjero.

Era un buen cazador, tuvo que reconocer. ¡Qué buena emboscada le había tendido!