Tiempo de flor y de ceniza El vecino alemán
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El vecino alemán

Benjamín terminó de arreglar la pocilga en donde, algún día, retozarían sus cerdos.

Dos o tres cerdos como esos que tenía su vecino, el señor Schellenger.

Tal vez algunas gallinas ponedoras y quizás un burro para espantar a los tigres y proteger a los borregos que también tendría.

La pocilga era de buen tamaño y había espacio para más animales, pero eso vendría después.

Primero tenía que terminar de arreglar la casa y para ello necesitaba dinero.

Le urgía un trabajo que le diera solvencia para mejorar la propiedad.

Recogió sus herramientas y se encaminó a la casa a reparar las ventanas que estaban por caerse.

De nada serviría el nuevo techo, se dijo, si la lluvia se colaba por esas ventanas caídas.

Tenía que arreglarlas antes que nada. Se les acercó y miró con ojo crítico los marcos, tratando de decidir si tendría que reemplazarlos.

La madera no estaba podrida, afortunadamente, pero había que sanearla.

Nada más era cosa de lijar y rellenarla con masilla de aceite.

Ya luego les haría sus postigos, fijándolos con bisagras para que duraran, y para protegerse del frío y del viento.

Así resuelto, comenzó a lijar la madera.

Llevaba poco rato en la faena, cuando el relincho de un caballo lo interrumpió.

Miró hacia el monte. Era el señor Schellenger.

Bajaba lentamente, seguramente por agua.

Al ver a Benjamín, se encaminó hacia él, desmontó y se acercó.

— Guten morgen , señor Wolf —lo saludó.

—Mr. Schellenger.

—No sé si todavía necesita empleo —dijo, ahora en español—, pero me acabo de enterar que en la finca La Victoria buscan a un caporal. Quería que lo supiera. Aunque no sé qué tanto entienda usted del café.

Su vecino era una gran persona, pensó Benjamín, una vez más agradecido con él.

—Trabajé en la industria. Y aprendo rápido. A eso vine.

—Muy bien. Entonces vaya usted. La finca está justo arriba. Los dueños son buenas personas, Elena y Guillermo Schmidt. ¿Los conoce?

—No, señor. Pero conocí a su hijo en el barco. Kurt Schmidt.

—¡Ah! ¿Entonces es cierto que ya regresó el hijo pródigo?

Benjamín no supo qué contestar y el alemán, viendo la incomodidad que la pregunta le causaba, soltó la carcajada.

— Seien sie unbesorgt. No se preocupe, muchacho.

Los dramas de familias ajenas no deben ser de nuestra incumbencia.

Aquí todos tenemos un propósito común: lograr buenas cosechas.

Eso es todo. Vaya usted a ver a los Schmidt.

Y asegúrese de decirles que viajó con Kurt.

Eso le dará ventaja. Dígales que yo lo mandé.

Benjamín recordó la advertencia de Kurt de que ahí los alemanes se conocían bien entre ellos. Ahora veía que era cierto. Era lógico que se buscaran y se apoyaran estando tan lejos de su patria, pensó. La idea de volver a ver a Kurt lo animó.

—Muchas gracias.

—No demore. Es más, le recomiendo que vaya usted ahora mismo. Hoy no necesito mi caballo. Lléveselo, si gusta. Solo le pido que regrese antes de que caiga la noche.

Benjamín titubeó. No era de esas personas que gustan de deber favores.

Por otro lado, tampoco podía despreciar la oportunidad.

El señor Schellenger tenía razón; urgía alzar un techo antes de que llegaran las lluvias y para ello necesitaba dinero.

Necesitaba trabajo y cuanto antes, mejor. Las ventanas podrían esperar.

—Muchas gracias. Le prometo que estaré de regreso antes de que anochezca.

Al alemán le agradaba el arrojo del joven.

Se veía que estaba dispuesto a echarle ganas.

Por un instante pensó en advertirle lo que estaba pasando en la finca de los Schmidt, que el caporal de La Victoria había sido asesinado y por eso la vacante del puesto.

Pero desechó la idea tan pronto la concibió.

Tarde o temprano se enteraría, se dijo. Además, lo que a ese joven le urgía era emplearse, donde fuera, si es que iba a sobrevivir los primeros cuatro años de espera, tiempo que duraban los cafetos en dar fruto.

Bajaron a llenar los barriles de agua y regresaron, bordeando el río. De ahí subieron el cerro hasta la casa del alemán. En un papel el señor Schellenger escribió varias frases y al terminar, se lo dio.

—Vaya directo a ver al señor Meyer, el administrador, y le dice que va recomendado por mí.

La amabilidad de su vecino no dejaba de asombrar a Benjamín.

Acto seguido, le entregó las riendas del caballo y, al ver a Benjamín montarlo y dominarlo sin dificultad, quedó gratamente sorprendido una vez más. Se veía que el muchacho sabía de caballos y eso le sería de gran beneficio, pensó.

Sin tiempo que perder, Benjamín galopó a La Victoria siguiendo el camino que el alemán le había indicado.

No tenía idea de cómo iba a conseguir ese trabajo, pero no quería perder la oportunidad de intentarlo.

Nunca había asumido las responsabilidades de un caporal.

En Folger había aprendido mucho sobre el café, pero una cosa era trabajar en una tostadora, y otra cosa era trabajar en el campo.

Estaba lejos de saberlo todo. Igual, a cada momento su solución, se dijo, dándose ánimo.

En aquel momento su único reto era amarrar el trabajo y estar de vuelta en La Colonia, antes de la hora de los moscos.

Ya después vería cómo hacerle para que el trabajo le durara.