Julián #2
Julián iba poco a la Casa Grande, solo cuando era estrictamente necesario.
No soportaba a su madrastra y, a veces, tampoco a su padre.
Cuando iba, era más bien por ver a Amada que por otra cosa.
Por eso, cualquiera que fuera el asunto que lo llevaba a ver a los patrones, antes siempre pasaba por la cocina.
Ahí, Amada le preparaba su café, justo como a él le gustaba, fuerte y caliente y le ofrecía algo para acompañarlo: un pedazo de pan de natas o un platito de calabaza en dulce.
Julián aceptaba lo que le ofreciera y se lo tomaba despacio, hablando de trivialidades para alargar la visita.
Pocas cosas le gustaban más que ver a esa morenita así, trajinando sus ollas, picando, friendo, torteando, con las mejillas arreboladas, el mandil manchado y las gotitas de sudor en su frente.
Solo verla lo hacía feliz. Sobre todo, le gustaba hacerla reír.
Nadie reía más sabroso que ella. Algún día se atrevería a enjugar esas gotitas de sudor en su frente que parecían una corona de chaquiras.
Algún día, quizás, se atrevería a robarle un beso y morder esos labios carnosos.
A veces no podía dormir pensando en eso.
—¿Pos no sabe que está ida Amada? Nadie da razón de ella, señor —contestó Lupe .
—¿Cómo que está ida?
—Sí, pue. Se jue a saber dónde. Ni siquiera dijo adiós.
Y eso que apenitas la vi anoche. Esta mañana la patrona me mandó llamar porque la Amada no llegó.
Yo no verigué, pue, nomás me devine rapidito.
Pero ¡ay, don Julián!, ando reteangustiada, oiga.
¿Será que algo le pasó? ¡Diosito no lo quiera! —se persignó.
—¿Y María? —preguntó él, inquieto.
—Tampoco dan razón de ella, pue. Eso es lo raro.
Julián se puso el sombrero y se dispuso a partir. Tenía que encontrar a Amada, antes de que cualquier cosa le pasara. Ya después regresaría a darles la noticia de la muerte del caporal a los patrones. Lo primero era lo primero y eso era encontrar a Amada.
Afuera, desamarró su yegua e iba a montarla cuando aparecieron los finqueros, que apenas regresaban de su cabalgata matutina. Se veían ansiosos, lo cual era indicio, sin duda, de que ya estaban enterados del crimen.
—Julián, ¿a dónde va? —preguntó doña Elena—. Tenemos que hablar con usted.
—Voy a buscar a Amada —contestó—. Dice Lupita que anda perdida. Enseguida regreso.
—Ni se le ocurra —espetó ella. Se apeó del caballo y le entregó las riendas al caballerango que prontamente vino a ayudarles—. El paradero de esa criada ahorita mismo poco importa. ¿Acaso no está enterado de la muerte de don Macario?
A Julián no le sorprendió la indiferencia de aquella mujer ante la desaparición de su sirvienta. Esa «criada» de la que hablaba llevaba toda una vida sirviendo con lealtad, pero eso a doña Elena poco le importaba.
—Sí. Estoy enterado, señora, y de eso les venía a hablar. Pero ahora mismo no hay nada que podamos hacer por el muerto y sí mucho por Amada.
—Está muy equivocado, Julián. Por supuesto que hay mucho que hacer por don Macario.
Hay que recoger el cuerpo, cercar el pante del río, hablar con la viuda, con las autoridades, llenar el papeleo de la defunción y encontrar al asesino.
¿Le parece poco? Y al asesino, a ese sí hay que encontrarlo, estará usted de acuerdo.
Todo eso hay que hacer sin descuidar la cosecha. ¿Me explico?
Hablaba con el rostro desfigurado por el enojo, lo que la hacía verse todavía más vieja.
Las venas del cuello abultaban su piel flácida y una baba espumosa se acumulaba en las orillas de su boca conforme hablaba.
Julián sintió un deseo imperioso de ahorcarla ahí mismo.
Crujir en sus palmas los cartílagos y huesos de ese cuello de guajolote.
Ya veía su piel blanca tiñéndose de carmín y luego de púrpura.
Las perlas de esa gargantilla que llevaba puesta rebotarían por todo el suelo.
¡Qué ganas sintió de ajusticiarla ahí merito!
—¿Y Amada? —insistió.
—Esa ingrata ya regresará. Olvídela.
Julián se le acercó, apenas conteniendo su furia.
—Hágase a un lado, señora.
Algo debió haber visto doña Elena en el semblante de su hijastro que la hizo retroceder.
Don Guillermo también percibió la ira de ese hijo suyo, apasionado.
Julián era de carácter impetuoso y uno nunca sabía cómo iba a reaccionar.
Varias veces había tenido que salir al rescate y planchar sus imprudencias.
El alemán se bajó presuroso de su yegua y se colocó en medio de su mujer y de su hijo.
Asió a Elena por los hombros, tratando de calmarla, y alzando su barbilla apeló por prudencia con tono conciliador.
— Meine liebe , dejemos que Julián busque a Amada. Eso no impedirá que cumpla con sus demás deberes, ¿no es así, hijo?
Julián no contestó. Que lo llamara así, hijo, acrecentó su rabia.
Don Guillermo nunca lo había reconocido como tal ante Dios y la Iglesia.
Para él, Julián no era más que el producto de un desliz.
Un bastardo. Un cualquiera. Algo que Julián tenía rato de haber aceptado.
Después de todo, don Guillermo era el patrón y tenía todo el derecho de revolcarse con quien le apeteciera.
Nadie se lo criticaba. Era la tradición.
La costumbre. La ley. Los mismos indios agradecían «el favor» que les hacían los patrones al elegir a sus mujeres, sus hermanas, o sus hijas para saciar sus necesidades.
La recompensa que recibían a cambio de ese «favor» era la envidia de los demás: una pila de tortillas, un chuj , un cantarito con caña, una botella de posh .
El Soconusco estaba poblado con bastardos como él.
A los ojos de la sociedad, don Guillermo ya había cumplido bastante con él: lo había sacado del paraje, lo había criado en la finca, le había puesto un tutor, le había enseñado el negocio, siempre ascendiéndolo de puesto.
Esa era la merita verdad. Don Guillermo, su padre y patrón, había respondido más que otros.
Pero la otra verdad era que Julián, en su fuero interno, se alegraba de que don Guillermo no lo reconociera como su hijo.
El señor le daba vergüenza. Era débil de carácter.
Un mandilón. Justo ahora, en lugar de poner a su mujer en su lugar y exigirle que buscaran a Amada, estaba ahí, pidiéndole permiso para hacer lo que ambos sabían que era lo correcto.
—Está bien —contestó su madrastra, acariciando sus perlas—. Pero su responsabilidad ante todo es encontrar al asesino de Macario, así es que no pierda usted mucho tiempo buscando a esa criada malagradecida, Julián. No dudo que se haya fugado con algún patán. Así son todas.