Tiempo de flor y de ceniza Julián
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Julián

El hombre, joven y fornido, subió por la escarpa con facilidad, inspeccionando la fila de peones al pasar.

Vestía ropa de vaquero, chaqueta gruesa y botas de cuero.

Su rostro delataba su mestizaje: frente despejada, ceja tupida, bigote recortado y cabello espeso.

Caminaba enterrando las botas con el paso firme de su personalidad vigorosa, un tanto indolente.

En la finca, los peones lo respetaban y le temían a la vez.

Sabían que era un hombre temperamental que no dudaba en sacar el lazo y usarlo.

Con él, tenían que andarse de puntitas; era de mirada intensa y nada escapaba a sus ojos de águila.

Cuando se limpiaba el monte, se fijaba bien que el tajo fuera dado a flor de tierra para que los renuevos no hicieran inútil la labor.

La selva era exuberante y allí, en donde se diera un mal deshierbe, rápido volvía a levantarse el pasto.

Hacía sus rondas diarias deteniéndose a corregir a algún obrero descuidado que, con las prisas, hería el tallo de un cafeto.

Eso sí lo ponía de mal humor. «¿No entienden, pendejos, que los cafetos son su única esperanza?

Herir una planta es herirse uno mismo», les decía, molesto.

—¡Fíjese bien dónde pisa, muchacho! —le gritó a un jovenzuelo cuando pasó a su lado, señalando un cafeto que apenas surgía de la tierra—. Venga pa acá y aprenda. ¡Ándele!

El chico desprendió su canasta y se le acercó, reacio.

—Mire. En vez de pisotear las raíces, entiérrelas. Así nada más —dijo, manipulando con cuidado la plantita—. La metes así, que quede bien hondo para que chupe los jugos de la tierra. ¿Ya ves? Fíjate y aprende: las raíces son como serpientes. Pero si le quitas el sustento, se mueren.

—Oh sí, señor —asintió el joven, fingiendo interés, pero lo único que quería era regresar a las matas y acabar de pepenarlas. Mientras más recogía, más ganaba y si no regresaba a su lugar, otro se aprovecharía.

—Ándele, pues.

El muchacho se incorporó y regresó apurado a la fila.

Julián se paró, se sacudió las manos en el pantalón y se encaminó hacia los demás.

Subió el resto de la pendiente, agarrándose de troncos y ramas en el ascenso y arrojando órdenes al pasar.

Era una de las filas más empinadas. Ahí, varios hombres habían caído al barranco.

Más razón para que estuviera el caporal supervisando, se dijo.

¿Dónde estaba el huevón de Macario? Miró la pizca desde arriba y ya no le quedó duda; ahí había gato encerrado.

Algo se traían esos desgraciados. El Picho, por ejemplo, justo abajito, estaba muy calladito, y a ese señor nunca le paraba el pico.

Por eso lo apodaban así, el Picho. Le encantaba comadrear.

Ya estaba viejo, pero todavía trabajaba bien a pesar de cojear y no ver bien.

Era uno de los trabajadores que más tiempo llevaba en la finca y ya no pizcaba como antes, pero lo toleraban porque conocía el negocio como ninguno.

Por eso año tras año Julián lo ponía a entrenar a los baldíos —la gente que contrataban por temporada en la cosecha—.

El Picho les enseñaba cómo recoger el grano rojo y cómo dejar en paz los amarillos y los verdes.

«Esos hay que dejarlos en la bandola pal segundo corte», les explicaba el Picho, «ya después regresarán a la misma fila a pepenar el grano despreciado, cuando esté coloradito y maduro».

También sabía enseñar la técnica para pepenar.

«A la mata hay que acariciarla pa que afloje y suelte como si fuera una hembra», les decía y los jornaleros se reían mientras las mujeres se ruborizaban.

Otra virtud del viejo era que hablaba varios dialectos, más bien por necesidad; no era capaz de cerrar el pico.

Y por eso lo raro era que ahorita anduviera tan calladito el cabrón.

Julián hundió las botas y bajó a su encuentro.

—¿Dónde anda don Macario? —le preguntó sin rodeos.

El Picho se quitó el sombrero y se enjugó la frente. Tenía el cabello canoso y las manos negras, lo cual indicaba que llevaba rato cortando. Los que estaban cerca y oyeron la pregunta dejaron de pizcar. Los miraban de reojo aguardando saber qué razón le iba a dar el Picho del caporal.

—Pos oigo que anda en el pante del río, oiga.

Julián se sorprendió. Hoy no tocaba cortar en ese lote.

—¿En el río? ¿Está seguro?

—Pos eso dicen, jefe… Pero yo más bien creo que ya se jue con el diablito.

Los jornaleros soltaron la carcajada. El Picho se rió con ellos. A Julián no le hizo gracia el chiste.

—¿Qué?

—Sí, pue. Orita mesmo ha de estar haciéndose chicharrón en el infierno. —Volvieron a reírse y esto molestó más a Julián.

—Déjese de pendejadas y contésteme bien —ordenó irritado.

—No, no, no. No se enoje usté, Moll Julián, que yo no hice nada. A saber quién despachó al caporal, pero le juro yo no jui.

—¿Cómo que despachó? ¿Qué está diciendo? ¡Explíquese que no entiendo sus burradas!

—Sí, pue, como lo está usté oyendo, patrón. Lo machetearon en el río. A mí no me consta porque aquí mero he estado, cortando, como puede ver. —Y para demostrarlo alzó su canasta. Rebosaba de cerezas—. Sí, patrón. Usté ya sabe que yo sí cumplo, con don Macario o sin él.

Julián tardaba en procesar la noticia pero la imagen de aquel tipo tan fortachón y tan vivo, hecho picadillo, ya tomaba forma en su imaginación.

Se estremeció. Que lo hubieran escarmentado era una cosa, pero ¿hacerlo picadillo a machetazos?

¡Eso era una salvajada! Si lo habían matado a machetazos, el asesino tenía que ser un indio muy fuerte, pensó.

Un indio borracho y vengativo. Y de esos había muchos.

Muchos con hartas ganas de matar al caporal.

O quizás no. Quizás el asesino era otra persona, alguien que cumplía una encomienda y que al ejecutarla se le había pasado la mano...

Esa posibilidad lo estremeció hasta la médula.

Quien haya sido, al final, la culpa de esa muerte la tiene el difunto, pensó.

Tenía rato advirtiéndoselo: «Bájele usted a los castigos, Macario.

Alguien lo va a matar». Y ahora, según el Picho, justo eso había pasado.

A Julián siempre le había desagradado don Macario.

Su relación con él era tajante, porque una cosa era imponer la autoridad para meter a los indios en cintura y otra latiguearlos al punto de dejarlos inconscientes y humillarlos enfrente de los suyos, que era lo que solía hacer el hombre: mandaba a llamar a los familiares del castigado y los obligaba a que vieran la tortura.

«¡Solo así escarmientan estos cabrones flojos, hijos de la chingada!

», se defendía cuando intervenía Julián.

«¡Aquí se necesitan manos!», lo regañaba Julián.

«¿No entiende? Ya no estamos pa estar matando indios, óigame bien Macario.

Sale caro conseguir gente. Y cuídese porque un día de estos se le vienen en bola ¿y qué va a hacer?

». Pero Macario nunca hizo caso, se pasaba sus sermones por los huevos y seguía tratando a la peonada como animales.

Por su culpa cada día había más fugitivos.

Julián se había cansado de pedirle a los patrones que lo despidieran.

Nunca lo hicieron. ¿Por qué lo defendían tanto?

, quería saber qué poder tenía ese tipo sobre ellos.

Ahora jamás lo sabría y ya poco importaba.

Alguien lo había matado y para acabarla de amolar, en muy mal momento.

¡Estaban en plena cosecha, carajo! Pensó en los patrones: ¿sabrían lo acontecido?

De seguro que no, de otra manera ya hubieran mandado por él.

Tendría que ir a enterarlos ahora mismo.

Los cortadores seguían sin moverse, esperando el desenlace de aquel diálogo.

El Picho seguía mirándolo directamente a los ojos y tan solo eso ya era una falta de respeto.

Otro hombre observaba con el mentón alzado con desprecio.

Sonreía burlón. Su indolencia enfureció a Julián.

Quizás es un buen momento para mostrarles quién es quién, pensó, antes de que la situación se complicara.

Los indios con cualquier excusa se envalentonaban y se insubordinaban y qué mejor pretexto que el homicidio del caporal.

Pues bien, que supieran que ahí, mientras él tuviera el mando, no toleraría ningún desorden.

A cualquiera que se pusiera gallito lo pondría en su lugar.

Él, Julián Morales, era la ley. Alzó el lazo y lo reventó en la pierna del indio burlón con un tino preciso.

—¿De qué se ríe, semejante hijo de puta? —gritó. El hombre cayó aullando de dolor. Las cerezas de su canasta rodaron cuesta abajo—. ¡Sigue riéndote, pendejo! —bramó y lo pateó.

El hombre se retorció de dolor. Los peones se alejaron, sobrecogidos. Julián iba a patearlo de nuevo pero el Picho lo detuvo.

—Ya déjelo, patrón. Tampoco es pa tanto.

Julián dejó de patearlo. Se arregló el chaleco, se peinó el bigotillo y guardó su lazo. Después, dirigiéndose al resto de la peonada, ya amansada, espetó:

—Y ustedes, ¿qué esperan? ¡Pónganse a trabajar, bola de huevones! Picho, recoja usted a este pedazo de cerote y lléveselo al cepo. No quiero volver a verle la jeta por acá. Y ahí le encargo este pante hasta que yo regrese.

—Sí, señor. Como mande —contestó el aludido con renovada sumisión.

Julián buscó su yegua y galopó directo a la Casa Grande. Desmontó, amarró al animal y tocó la puerta. Para su sorpresa, quien abrió fue Lupe, la sirvienta. En esa casa la encargada de abrir la puerta principal era Amada, la india más bonita del cafetal.

—¿Y usted qué hace aquí, Lupe? —preguntó extrañado—. ¿Dónde está Amada?