Tiempo de flor y de ceniza El crimen #3
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El crimen #3

El cochero no cuestionó la abrupta partida del sacerdote, ni la presencia de la chiquilla.

El padre Camilo agradeció su prudencia. Tenía mucho que pensar.

Mucho que decidir. Por un lado, ya no tendría que preocuparse por el caporal y eso era una bendición.

Alguien había hecho justicia. Por otro lado, le preocupaba quién podría ser la justiciera.

La aparente huída de Amada lo complicaba todo.

Las bestias descendieron despacio toreando a los peones que ascendían, machete en mano, a comenzar su jornada en las cuerdas asignadas. Hoy nadie trabajaría en el pante del río. El Mayordomo había sellado ese pedazo de tierra donde habían encontrado el cuerpo, por orden de la autoridad.

La lluvia comenzó a arreciar. Los viajeros se resguardaron en sus lonas. Los cafetos se estremecían y un silencio envolvía el bosque. Era como si las aves y los animales supieran que por ahí rondaba la muerte.

Llevaban varias horas avanzando, cuando la carreta de repente se atascó.

No hubo manera de sacarla del fango. Por fortuna, estaban cerca de Tapachula y ya habían atravesado el último puente.

Anastasio hizo lo que pudo, pero uno de los ejes estaba roto y al final se rindió.

Tendrían que hacer el resto del camino a pie.

—Orita desengancho a las mulas, padre, no se apure —dijo el cochero.

— No hay prisa, hijo —lo tranquilizó el sacerdote—. Gracias a Dios que fue aquí y no a medio cerro.

El cochero soltó a los animales que ya bufaban por el esfuerzo inútil de jalar la carreta del pantano.

El lodo les llegaba hasta la panza. Todo ese tiempo María había estado muy consternada por las mulas; no soportaba ver a ningún animal sufrir.

En silencio, compartió el júbilo de las bestias cuando Anastasio por fin las liberó del yugo y las sacó a tierra firme.

—Súbanse —les dijo el cochero, palmeando el lomo de las bestias.

—Yo caminamos —se apuró a decir María. No quería agobiar más a las cansadas bestias.

El padre Camilo estaba agotado. Le urgía concluir esa penosa travesía.

—Súbete, niña. Haz lo que dice Anastasio —le ordenó—. No queremos que nos agarre la noche en el camino.

—Yo corremos más rápido que las mulas —insistió ella.

El sacerdote no tenía fuerzas para discutir con ella. ¿Qué voy a hacer con esta criatura de Dios?, se preguntó acongojado. Encima de todo era terca la chiquilla. Pues bien, que camine, decidió. Al cabo que no duraría.

—Entonces, ¡corre, niña! ¡Corre!

María emprendió su carrera y al hacerlo ahuyentó a una perdiz, que huyó dando vuelos cortos. María era como el ave, pensó el sacerdote. Ágil y ligera. Libre de angustias y pesares. ¡Quien fuera ella!

Las mulas se sacudieron el lodo y avanzaron despacio, soportando el peso de los hombres que las montaban a pelo.

La lluvia cesó y un bochorno los envolvió, dejándoles saber que habían llegado a tierra caliente.

Ahora el sacerdote se ahogaba de calor. Se quitó el sombrero y se abanicó, tratando en vano de espantar a los insectos que le rondaban el rostro.

Oraba clamando paciencia cuando reconoció un árbol grande y viejo.

Entonces supo que estaban cerca. Y sí. Ahí estaban aquellos postes que se sucedían como cuentas de rosario, marcando la distancia hasta el pueblo huacalero.

Las chozas comenzaron a ser menos y las casitas con jardines arbolados más.

En lo alto de las ramas se escuchaban los ruidosos nidos de los loros y en la distancia las voces de los pregoneros: «Haayyy calacas y polvorones, no me espanten los leones, contimás los ratones».

« Chiiiipiona helada, pasen a refrescarse la panza que luego no les alcanza».

¡Qué sosiego sintió el cura al escucharlos!

Habían llegado a casa. Muy para su sorpresa, la niña María seguía corriendo delante de ellos, aunque ya no tan rápido.

Cuando alcanzó la esquina del parque se detuvo a esperarlos, jadeando.

De pronto, al pasar por el Barrio de San Francisco, al cura se le iluminó la mente.

¡Eso haría! Mandaría a María con doña Esperanza, la joven viuda finquera que siempre estaba dispuesta a ayudar.

Era una mujer de gran devoción y corazón.

¿Cómo no se le había ocurrido antes? Miró a los cielos y dio las gracias.

Diosito siempre estaba ahí para iluminarlo, aunque a veces se tardara en hacerlo.

—Anastasio, escúchame por favor.

—Diga usté, padre.

—Vas a llevar a María a casa de doña Esperanza y le vas a decir que por favor acoja a la niña por unos días. Le dices que cuando pase al templo a alzar el nacimiento, le explicaré qué está pasando, ¿entiendes?

—¿Doña Esperanza? ¿La señora que hace huipiles?

—Sí, ella misma. Le vas a entregar a la niña, por favor. María no puede quedarse en el templo. ¿Me entiendes? Ahora mismo hablo con la niña para que lo entienda.

—Ta bueno, pue —asintió el cochero.

El sacerdote se apeó de la mula, le entregó las riendas a Anastasio y se acercó a María.

—Buena corrida, hija. Ahora, pon atención a lo que te tengo que decir. ¿Ves a ese señor allí parado con su carrito? Apuesto que vende helados. Venga. Vamos a ver si me equivoco. ¿Sabes lo que es un helado?