El crimen #2
Salió a la terraza saboreando el fragante líquido. A lo lejos, en los cerros, la bruma comenzaba a levantarse y la luz de la mañana pintaba el cielo con matices color de rosa, naranja y azul. Bebió el último sorbo y se dispuso a irse pero de pronto alguien tocó el portón con urgencia.
—¿Quién es? —preguntó el mocito.
Al otro lado de la puerta una voz fuerte y masculina respondió.
—Soy Polito. ¡Ábreme, cabrón!
Polito era uno de los cocineros de la gallera.
Eran cuatro hombres en la cocina que alimentaban a la peonada: el molendero, el tortillero, el frijolero y el encargado del café.
Polito era el frijolero y como tal, era el asignado a la tarea más pesada.
Tenía que espulgar los frijoles, remojarlos toda la noche en baldes enormes y guisarlos desde la madrugada para que estuvieran tiernos a esa hora ingrata del Señor.
Dormía tarde y madrugaba antes que nadie.
Era el trabajo más arduo en la cocina. Al sacerdote le pareció extraño que Polito estuviera ahí, tocando el portón a la mera hora del desayuno. De seguro hacía falta en la gallera.
El mozo abrió el portón y el hombre entró apresurado. Tenía el rostro desencajado y respiraba con dificultad; se notaba que había subido corriendo. Se sorprendió al ver al sacerdote y rápidamente se quitó el sombrero y se disculpó.
—Disculpe la hora, padre. Pero es que abajo tenemos una bronca.
—¿Qué pasa, hijo?
—Es el caporal. Don Macario, pue. Se lo echaron. Nomás vengo a enterar a los patrones.
—¿Qué?
—Sí, padre. Bien tieso está, pue.
—¿Estás seguro?
—Sí. Lorenzo y yo lo miramos.
—¿Y de qué murió?
—Lo mataron, pue.
¿Don Macario asesinado? ¿Pero cómo? La mano comenzó a temblarle al sacerdote sin control y el tazón se le resbaló y cayó estrepitosamente en la loza, haciéndose añicos.
El mozo brincó y corrió por un trapo, se arrodilló y se puso a recoger los pedazos.
En la mente del cura se forjó una sospecha imperiosa.
¿Amada? ¿Habría sido capaz de cometer ese crimen?
, lo dudo, se dijo, pero eso no quería decir que otros no lo pensaran.
La culparían. Tenía que sacar a las nietas del h’ilol de la finca cuanto antes.
—¿Quién lo mató? —preguntó el chico desde el suelo.
—A saber. Nadie da razón, pue.
El padre Camilo se obligó a serenarse.
—Hijo, avisa a tu patrona en cuanto despierte —ordenó al mocito—. Y usted, Polito, vaya a buscar a Anastasio, el cochero. Dígale que me recoja en cuanto pueda en el beneficio. Necesito regresar a Tapachula en este instante.
El cocinero partió a cumplir su cometido y el sacerdote trató de calmar su mente, hecha un lío. Un mal sentimiento le apretaba el pecho. Tenía que hablar con Amada. Eso era. Tenía que encontrar a esa mujer cuanto antes. Se colgó el jorongo de prisa y salió a buscarla.
Afuera, el frío de la madrugada le golpeó el rostro.
Se recogió los hábitos hasta el arzón y se echó a correr cuesta abajo, cojeando.
Co rrió hacia el ranchito de Amada, trastabillando sobre aquella hojarasca húmeda.
Al correr le oraba a todos los santos, rogándoles que Amada no hubiera cometido una insensatez.
¡No es capaz!, se decía, desechando esos pensamientos.
Pero igual, no faltará quien le eche la culpa, pensaba angustiado.
Y eso sí que sería grave. Apuró el paso encajando las botas y de repente, al pasar por la parte más oscura del camino, una bandada de murciélagos descendió sobre él.
Se quitó el sombrero y azuzó el enjambre que revoloteaba a su alrededor a sombrerazos, a la vez que se cubría el rostro.
Cuando la bandada se dispersó, retomó su corrida, ahora casi a ciegas, hasta que por fin emergió de ese tramo boscoso.
A unos metros estaba la choza del Tata. Observó con alivio que había una luz encendida. Hacia allá se dirigió.
Al aproximarse a la puerta del jacal los ladridos amenazantes de Choco lo detuvieron.
—¡Amada! —gritó sin dar un paso más—. ¡Agarra al perro, hija! ¡Soy yo, el padre Camilo!
Al cabo de un rato, la puerta se abrió y el sacerdote pudo ver que no era Amada, sino María, quien lo miraba con aprehensión desde el resquicio de la puerta.
El cura acortó la distancia.
—Llama a tu hermana, niña.
—No sta —dijo serena, mirándolo con aquellos ojos suyos, desconcertantes.
—¿Cómo que no está?, ¿a dónde se fue?
—Caso sé.
Se veía que la chiquilla llevaba rato llorando.
—¿Por dónde se fue? ¿No te dijo?
—No, pue. Lejos se jue. Nomás dijo que me juera con usté cuando viniera a buscarme.
—¿Cómo? ¿Qué dices? Yo no puedo llevarte a ningún lado, niña. ¡Y tu hermana no debió haber partido sola!
María se limitó a mirarlo.
—¿Por qué se fue?
—Caso sé —replicó ella, alzándose de hombros.
El cura comprendió que estaba perdiendo el tiempo.
Amada había hecho mal en irse, así nada más.
¿No se daba cuenta que su ausencia despertaría sospechas?
Aunque ella no hubiera matado a don Macario ¡ahora sí le echarían la culpa!
Y él, ¿qué cosa iba a hacer él con María?
No podía llevársela, no. Pero tampoco podía dejarla ahí.
Sola. En la mente agobiada del sacerdote se atropellaron varias opciones, ninguna buena.
En el orfanato no había lugar. A la iglesia no podía llevarla.
Con él no podría quedarse, eso ni hablar.
Entonces, ¿qué hacer? ¡Ilumíname Señor! ¡Dime cuál es TU voluntad!
, rezó en silencio. Pero ninguna respuesta cayó de las alturas.
—Ya tenemos listo el chiquihuite —dijo María, señalando con timidez su morral.
Tenía razón esa pequeña. No había tiempo que perder.
Muy pronto la noticia del asesinato del caporal correría por toda la finca y vaya jaleo que se armaría.
Hasta allá comenzaba a escuchar el bullicio del beneficio.
Y entre los matorrales ya se oían las voces apagadas de los peones que acudían a comenzar su jornada.
María no podía quedarse ahí. Esa no era opción.
Doña Elena en cualquier momento mandaría a buscar a Amada y cuando no la encontraran, solo Dios sabía qué haría con su hermana.
Conociéndola, seguro se desquitaría con ella.
No. No podía dejarla a merced de esa arpía.
Tendría que llevársela de ahí en ese instante y ya después vería qué hacer con ella.
—Venga. Vámonos, hija.
—¿Y el perro? —preguntó ella con ojos suplicantes.
—¿El perro? El perro se queda, por supuesto. ¡Venga, niña!
La niña, decepcionada con la respuesta, metió a Choco en la choza para que no los siguiera.
Le dio un abrazo fugaz de despedida y le susurró en la oreja parada que pronto regresaría por él, era la misma promesa que le había hecho su hermana antes de partir.
Agarró su morral y salió del jacal. Asió la mano del sacerdote y bajaron de prisa al beneficio, el sacerdote apoyándose en la niña, mientras el Choco ladraba en protesta.
En la gallera la peonada cuchicheaba entre sí mientras tomaban su escueto desayuno —un plato de frijoles y un par de tortillas—. Comían con avidez, pero el bocadillo que desmenuzaban con más gusto era la muerte del caporal.
—Le sacaron los ojos —dijo un peón en voz bajita.
—Shhhh. Tas loco, tú —dijo otro—. No digas pendejadas. Esos jueron los buitres.
—Pos yo no sé quién jue, pue. Pero le pelaron las canicas.
—¿Pos no oyó lo que dijo el caporal? —replicó el otro.
—No. ¿Qué dijo?
—Que lo hicieron picadillo a machetazos.
—¡Lástima! Harto mejor juera que lo hubieran colgado de los huevos.
—¿Cuáles huevos? Si no tenía, cabrón —terció uno más.
Todos rieron.
El sacerdote y María entraron al desayunador y en ese momento se hizo un silencio absoluto.
Todos los ojos se posaron sobre ellos con desconfianza.
Observaron el rostro enrojecido del cura y la inquietud de la nieta del h’ilol, que no miraba a nadie con esos ojos raros de búho.
Notaron que llevaba a cuestas su chiquihuite.
¿A dónde se iba y por qué, pue?, querían saber.
¿Y ónde pue estaba la Amada? Desde temprano nadie daba razón de ella.
No había ido a hacer frijol a la Casa Grande, como era su costumbre.
Tampoco había ido al pozo. Eso sí que staba raro.
El incómodo silencio se alargó. Comenzó a llover.
—Buenos días —saludó el sacerdote.
Algunos inclinaron la cabeza por respeto, pero hasta ahí. Otros, cuidándose de no mirarlo directamente, se empinaron sobre sus platos y siguieron comiendo, sin hablar. La lluvia zapateaba en las tejas.
El encargado del comedor se acercó y les ofreció un espacio en la mesa.
—¿Qué le traigo, padre? —preguntó, solícito.
—Nada. Gracias, hijo. Ya nos vamos.
Desde su comal, el tortillero habló:
—¿Qué, a poco ya se va? ¿Tons no dará misa, oiga?
—No, hijo. Hoy no. Lo lamento.
—¡Oh, qué caray! Mi madrecita tiene harto rato queriendo comulgar.
—Dile que regreso el día de raya. Vendré temprano.
—¿Y si se muere antes mi viejita? Ta malita, oiga.
—No te preocupes, conozco bien a tu madre. Yo mismo me encargo de que su alma se vaya derechito al cielo. Lo prometo.
—Ta bueno, pue —dijo él con alivio—. Yo le digo a ella. Se va a poner contenta.
Otro hombre se atrevió a preguntar.
—¿Y al velorio? ¿No va usté a ayudarnos a enterrar a don Macario?
Todos volvieron a mirarlo. El padre Camilo sintió que había maldad detrás de esa indagación y la sonrisa burlona. Entendió que lo que todos querían saber era si estaba enterado del crimen. Eso era. Más que nada, querían saber su postura al respecto.
—Si os soy útil, ahí estaré cuando llegue el momento —respondió, mirando de lleno al hombre que preguntaba.
Los comensales, aparentemente satisfechos con la respuesta, retomaron su desayuno. Justo entonces llegó Anastasio.
—Vámonos, padre, que esto se va a poner pior. —Se refería a la lluvia, pero igual era cierto. Todo se iba a poner peor.
Anastasio venía preparado. Les alargó unos jorongos y una lona para que se resguardaran y luego arrimó las mulas. Después de acomodarse, partieron sin mirar atrás.