El crimen
El padre Camilo había dormido mal por culpa del escorpión.
Lo había encontrado en la cama, a la hora de jalar las sábanas.
Aquellas alimañas venenosas abundaban en la finca y precisamente por eso, siempre que se quedaba a dormir en la Casa Grande de La Victoria, inspeccionaba el cuarto de arriba abajo.
Lo prudente era voltear el colchón antes de acostarse y en eso estaba cuando de pronto el animal brincó con la cola encorvada, listo para apuñalarlo con su aguijón.
El cura le aventó lo primero que tenía a la mano: la Santa Biblia.
El libro era propiedad de doña Elena porque el suyo lo había olvidado en la iglesia, con las prisas de ir a alcanzar a Anastasio.
El escorpión quedó muerto, apachurrado con el golpe fulminante de la palabra de Dios, pero ¡qué bien se había vengado la espeluznante sabandija robándole el sueño!
La pesadilla duró toda la noche y se había repetido sin cesar: el caporal lo perseguía por el cerro, machete en mano y cuando por fin lo alcanzaba ¡saz!
, le cortaba el brazo de un machetazo. Se despertó sobresaltado, tocándose el brazo que afortunadamente ahí seguía, pegado a su cuerpo, pero ya no pudo dormir más.
Era lo único que me faltaba, pensó agobiado.
No poder dormir además de no poder mear.
Y ahora que pensaba en ello, era imposible ignorar las ganas de orinar.
Dejó el lecho y fue cojeando al baño a luchar con su vejiga.
Esta vez, por fortuna, ganó la batalla al primer intento y logró vaciarla sin problemas.
Agradecido, se dirigió al escritorio, encendió la lamparilla y se dispuso a leer la Biblia embarrada de escorpión.
Bajo la luz sutil de la flama comenzó a leer las bienaventuranzas del sermón del monte, según Mateo.
Le parecía uno de los escritos más bellos del Nuevo Testamento.
Tenía esperanza de que la dulce lectura le devolviera el sueño, cosa que no sucedió, al contrario.
Su mente divagaba y revivía la desagradable plática que había sostenido la noche previa con doña Elena.
Quizás había sido muy tajante con la finquera, pensó compungido, tratando de repasar la incómoda conversación.
Estaban en el despacho degustando el postre que Amada les había servido. Él, que era un hombre directo, había ido al meollo del asunto sin rodeos.
—Doña Elena, su caporal, don Macario, está maltratando a María —le soltó.
—¿A quién? —preguntó ella con aparente indiferencia.
—A María, la hermana de Amada.
—Ah, ya. Otra vez esa niña extraña. No se preocupe, padre, son tonterías —le aseguró, desechando la queja con un gesto de la mano como si estuviera espantando moscas—. Lamento que mi sirvienta lo haya molestado con ese asunto que a nadie incumbe más que a mí.
—Difiero, señora. A mí me incumbe. Bien sabe que el Tata fue un gran amigo mío.
La dama dejó de comer su postre y colocó el plato sobre la mesa.
—Comprendo que quiera usted proteger a la nieta del curandero, padre, pero le aseguro que no tiene por qué preocuparse.
—¿No?
—No. A los indios les gusta exagerar. Y más a esa niña que, como sabe, no está bien del todo.
—¿Exagerar? Sepa señora que los abusos de su caporal llegan al confesionario de variadas bocas y con alarmante frecuencia. Y créame que no todas las quejas son de los indígenas.
La alemana se limpió los labios con la servilleta, se levantó abruptamente del sillón y se acercó a la ventana. Miró el paisaje sin mirarlo. Al cabo de un largo silencio, que el sacerdote no interrumpió, volvió a hablar.
—Estamos en tiempo de cosecha, ¿sabe? En este momento no hay mucho que yo pueda hacer.
No obstante, y por tratarse de usted, hablaré con don Macario, se lo prometo.
A cambio, lo único que le pido a usted es discreción.
Que no se repita este asunto, por favor.
No quiero que las criadas se envalentonen y me vengan con más quejas. Estoy harta de sus exigencias.
—Exigencias. Vamos a ver, doña Elena. Me parece que lo único que desean es trabajar en paz.
—Con todo respeto, padre, cualquier trabajo implica compromisos.
En todas las fincas los capataces tienen sus privilegios.
Así siempre ha sido y así siempre será. Aquí no es diferente.
Además, recuerde que en esta finca la gente come mejor que en otros lados.
Nadie les paga lo que yo les pago. Y si tanto les disgusta estar aquí, pues que se larguen.
Pero eso sí, primero que paguen sus deudas porque para eso sí son buenos, para pedir préstamos.
El padre Camilo no iba a discutir ese punto con ella.
Ambos sabían que Amada jamás podría pagar la deuda que no solo era suya, sino de su abuelo quien, siendo un hombre bondadoso, con frecuencia pedía prestado para ayudar a su gente.
Las tiendas de abasto era otra manera de esclavizar a los peones.
Los dueños les vendían productos a precios exorbitantes y luego se los cobraban con creces.
Un sarape, por ejemplo, que en Simojovel hubiera costado un peso con cincuenta centavos, aquí se los vendían a nueve pesos, alegando que era de buena calidad.
Igual un petate o la manteca de cerdo, o lo que fuera.
La ganancia para el finquero era de un ciento cincuenta por ciento.
¡Un abuso! La mayoría de los indígenas sabían contar, pero no leer ni escribir y eso agradaba a los patrones.
No les convenía que los indios se educaran.
Era bien sabido el caso de ese indio zapoteco, don Benito Juárez.
Él era un perfecto ejemplo de lo que podía pasar con esos malagradecidos cuando se les educaba, señalaban los finqueros.
De indio a presidente de la República, ¿dónde antes se había visto tal disparate?
El padre Camilo comprendió que Amada tenía toda la razón: su patrona escuchaba solo lo que le convenía.
Discutir con ella sería una pérdida de tiempo.
El cura podría pasarse toda la noche informando sobre los abusos de don Macario y ella seguiría defendiéndolo.
Se empinó su trago y se levantó. Caminó para colocarse al lado de la mujer, junto a la ventana, y desde allí contempló el plantío bañado con tintes del anochecer. Hoy había luna llena.
—Escúcheme, señora. Los apetitos perversos de vuestro caporal son la comidilla del pueblo. Ese hombre es Satanás. Haría bien en despedirlo, por la salvación de su alma. Piénselo. Y ahora, con su permiso, me retiro. El traqueteo del viaje me ha molido los huesos. Buenas noches, doña Elena.
Y con esas últimas palabras se retiró a la recámara que siempre le asignaban, aquella llena de escorpiones donde había pasado la noche en vela.
El sacerdote regresó a la santa lectura.
«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados» leyó, cabeceando.
Hoy trataría de ser más amable con doña Elena, decidió, pues ninguna criatura de Dios era libre de errores y pecados.
Ni siquiera ella. Así resuelto, dobló los brazos sobre el escritorio, recostó en ellos la cabeza y cerró los ojos.
Sin darse cuenta, se quedó profundamente dormido.
En algún momento el cuerno matutino sonó y lo despertó.
Aquel ruido escandaloso era el llamado acostumbrado para que los jornaleros fueran a desayunar.
Abajo, los hombres comenzaban a dispersarse en la oscuridad, a tientas.
Los solteros salían de las galleras, sobándose la espalda.
Las mujeres de los pocos acasillados que vivían de planta en la finca, ya avivaban las brasas del fogón.
Bajaría al beneficio a desayunar con ellos, decidió el cura, tallándose los ojos.
Los amaneceres en la finca, desde Las Nubes, eran un regalo divino que nadie debería perderse.
Cerró la Biblia y se vistió mientras planeaba su día.
No se iría sin impartir una misa, decidió.
Le pediría a Julián, el Mayordomo, que le abriera la capilla, a un lado del granero, y oficiaría una misa rápida para dar la comunión antes de regresar a Tapachula.
Eso haría. Después de la misa pasaría a visitar a los ancianos que, encerrados en sus ranchitos, cuidaban a los nietos y a los animales.
Esas visitas siempre lo llenaban de alegría y le recordaban al Tata.
De alguna manera sentía su presencia y su bendición.
Ahí, bajo la sombra de los guayabos, en sus patios cundidos de flores en macetas, los ancianos invariablemente le convidaban un cafecito de olla o un atole de maíz, o cualquier cosa que tuvieran en sus desprovistas alacenas, mientras los pollos se paseaban rascando la tierra.
La generosidad de esa gente humilde lo conmovía.
Los indígenas serían pobres, pero no dudaban en compartir lo poco que poseían.
Tendió la cama y salió del cuarto caminando sigiloso para que no crujiera la madera. No quería despertar a sus anfitriones.
En la cocina un mocito ya preparaba café.
—Buenos días, hijo —lo saludó.
—Buenos días, padre. ¿Le sirvo un cafecito?
—Venga, gracias.
El joven le sirvió un tazón y le acercó la panela.
Los conos de azúcar morena se fabricaban ahí mismo, en el trapiche de la finca.
La panela les permitía a los finqueros afrontar las bajas que nunca faltaban en ese negocio del café.
Porque si no eran vientos que rompían las matas, era la falta de brazos o la falta de agua.
¡Siempre había algo! No era fácil ganarse el sustento con ese grano.
Por eso, cuando los cafetos no daban lo previsto, los finqueros se defendían con la panela y, además, con el aguardiente.
Era un secreto que todos conocían y se les perdonaba.