Tiempo de flor y de ceniza El aviso
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El aviso

Alguien tocaba la puerta. Amada se talló los ojos, se arrastró de su petate a la puerta cubriéndose con su chuj y la abrió.

Se sorprendió de ver a su comadre Lupita.

Iba acompañada por su marido. Se le habrá olvidado algo, ¿será?

, pensó. Su comadre se veía acongojada y su marido también se miraba nervioso.

La luz del ocote encendido que el hombre sostenía en una mano iluminaba sus rostros desencajados .

Algo grave sucedía. No tuvo oportunidad de preguntar.

—Don Macario está muerto —le arrojó la comadre con voz trémula—. Lo encontraron en el puente bien petateado.

Amada no acertó a responder.

—Vinimos nomás a avisarte, pue, comadrita, pa que atranque bien la puerta. ¡Ay Diosito! —agregó y se persignó.

¿El caporal muerto? Amada trató en vano de dibujar el cuerpo sin vida de ese hombre despiadado que recién había maltratado a María.

Muerto, ¿cómo, pue? ¡Pero si los hombres fuertes y malditos nunca morían!

No podía estar muerto. Don Macario era un Aj’elitik negro, un ángel de la maldad.

Sus pecados eran tantos que ya no cabían en los libros sagrados.

Quizás eso fue lo que pasó, se dijo, tratando de arreglar los pensamientos que corrían desordenados por su mente.

Quizás había caído en manos del demonio y las deidades lo habían dejado a su suerte.

O quizás no era eso. Q uizás había nacido bajo la llamada estrella del «zapato» y nadie lo sabía.

¡Ya estaba dicho que lo iban a matar ! A saber por qué razón, pero si de verdad estaba muerto como decía su comadre, ¿quién habría tenido la fuerza para matarlo?

¡Fuerte tendría que ser el alma- ch’ulel del asesino para haberse devorado el animal protector- wayjel de don Macario! Un jaguar, ¿será? Un águila, ¿será?

—¿Sta segura que es él? —preguntó todavía incrédula.

—Sí, es él, comadrita. Aquí Lorenzo ya lo miró con sus meros ojos, pue.

El marido asintió con la cabeza.

Solo entonces Amada cayó en cuenta de que ahí en la mesa, todavía estaba el último pedazo del huipil desgarrado y ensangrentado de María.

Era la única pieza de tela que no había aventado a las llamas.

El resto del vestido se consumía en la hoguera.

Miró la tela y el corazón le dio un vuelco.

Don Macario estaba muerto. El vestido ensangrentado ardía en la hoguera.

¿De quién era esa sangre? Un escalofrío le recorrió la espalda.

El ch’ulel de María era fuerte. Más fuerte que el del caporal.

¿Qué había pasado entre esos dos? No podía dejar pasar a sus compadres.

No debería. La ropa de María todavía no acababa de consumirse en el fuego.

—Pasen —dijo en contra de su buen juicio—, ¿ya dieron razón a los patrones?

—No, gracias comadrita, no vamos a entrar.

Nomás vinimos a enterarte pa que se encierren bien —respondió para alivio de Amada—.

No hemos dado razón a los patrones. Ái que le avisen otros, no vayan a decir que jue Lorenzo el que mató al hombre.

¡Ay comadrita! Ora ya sabemos por qué chillaba el búho, ¿sí o no?

—Sí, pue.

Tan pronto se marcharon, Amada trancó la puerta y fue directo a la hoguera a arrojar el último pedazo del huipil. María la observó, adormilada, desde su petate. Amada se encuclilló enfrente de su hermana y la obligó a mirarla.

—¡Dime, niña! La sangre en el vestido, ¿suya es?

María nada dijo. El reflejo de las llamas del fuego, recién avivadas, bailaba en sus pupilas.

—¡Conteste! —ordenó en balde. Sabía que la chamaca no abriría la boca. Mil cosas pasaron por su mente angustiada—. Tenemos que irnos. Tenemos que largarnos de aquí orita mesmo —espetó.

Y así diciendo, agarró un costal y empezó a empacar de prisa, arrojando adentro solo lo indispensable. Cuando acabó, se echó encima su rebozo- chuj .

—Oye bien, niña. De seguro orita viene el padre Camilo a buscarnos. Vayáse usté con él a Tapachula. Aquí no se esté ¿me oye? Se va con él. ¡Se va!

María no entendía nada, pero al ver que Amada se acercaba a la puerta, dispuesta a partir, se abalanzó a detenerla.

—¡Suélteme! —ordenó Amada, pero María la abrazó con más fuerza. Las hermanas forcejearon. Choco comenzó a ladrar. Finalmente, con un violento empujón, Amada arrojó a su hermana al suelo, liberándose. La niña comenzó a llorar. Amada la ayudó a levantarse y la abrazó, arrepentida.

—¿No sta viendo? —la acarició el cabello —. Aquí no podemos estar. Vayáse con el cura, le digo. Él la cuidará. Yo orita vamos voy al monte a esconderme, pero luego bajo al pueblo por usté. Iré por usté a Tapachula pa traérmela. ¡Se lo juro!

Por su tono contundente, María comprendió que con nada convencería a Amada a quedarse.

Se desprendió del abrazo, se levantó y con pasos lentos se dirigió a la esquina de la choza en donde habían alzado un altar para el Tata.

Asió el bastón de mando de su abuelo y el único machete que poseían y se los entregó.

Por su parte, Amada se quitó del cuello el escapulario con la imagen de San Juan que el Tata le había regalado, justo antes de morir. Lo colgó en el cuello de su hermana.

—Cuide bien a San Juan —le dijo—. Él verá por usté. Tan pronto pueda iremos a buscarla a Tapachula. ¿Me oye bien? Orita que me vaya, tranque usté la puerta. No se la abra a nadie. Solo al cura.

Las hermanas se abrazaron con rapidez y Amada finalmente partió.