Tiempo de flor y de ceniza La Colonia
22%

La Colonia

Benjamín cortó el guarumo por la mitad. El árbol crujió y se desplomó, soltando una lluvia de hormigas malolientes que le cayeron encima.

El joven brincó y, como pudo, se las sacudió a palmotazos; las hormigas se esparcieron alborotadas.

Esta vez, Benjamín iba preparado para defenderse de aquellos insectos que habitaban el tronco de los guarumos.

Traía amarrado un pañuelo en el cuello. No volverían a metérsele en el cuerpo como le había pasado la primera vez que cortó uno de esos árboles de hojas plateadas.

Hoy no. Hoy les ganaría la guerra a esas alimañas vituperables.

— Goddammit —murmuró, pisoteándolas.

Por fortuna, ese era el último corte que tenía que hacer para terminar el canal de agua.

Llevaba días construyéndolo. El conducto corría desde el arroyo hasta la sombra del platanar, en donde estaba la vivienda, una casa abandonada que necesitaba reparos.

A falta de bambú, que hubiera sido mejor madera para el canal, había tenido que pelearse con aquellas hormigas a la hora de cortar guarumos.

Pues bien, era justo que defendieran su territorio.

No podía olvidar que el intruso era él. Si algo había aprendido en la selva, era que uno tenía que aprender a convivir con los animales.

Los insectos que más lata le habían dado hasta ahora, eran las abejas jejenes o mosquitos.

Los nativos les decían así porque se parecían a las abejas silvestres, solo que eran la mitad de su tamaño.

Volaban alrededor de los ojos, queriendo meterse en ellos.

¡Cómo molestaban! En una ocasión le habían picado la cara y las manos con tal voracidad que pensó que lo dejaban ciego.

El rostro se le infló como un melón. No podía abrir los párpados.

Poco a poco, conforme su cuerpo se fue inmunizando al veneno, se le fue bajando la hinchazón.

Ahora cuando le picaban ya ni los sentía.

Se había acostumbrado a ellos. O cuando menos eso esperaba que fuera el caso, pensaba, tratando de darse ánimo.

Su cuerpo tendría que ponerse a la altura de su ambición y responderle.

Él no estaba dispuesto a rendirse. Jamás permitiría que esos bichos lo corrieran de esa tierra que, por fin, era suya.

Terminó de cortar la madera y colocó el último tronco en la toma.

Contempló satisfecho la corriente de agua que fluía sin contratiempos.

Había logrado su propósito: cavar la zanja y traer el agua del río hasta el platanar.

Miró a los cielos. Aunque no lo pareciera, pronto comenzarían las lluvias, le habían advertido los lugareños. Tenía que darse prisa.

Retomaba la tarea cuando algo en la distancia llamó su atención.

Un hombre avanzaba en su dirección, jalando una mula.

La bestia cargaba dos barriles en los costados, lo cual parecía indicar que se dirigían al río.

El sujeto, viendo a Benjamín, cambió ligeramente su rumbo y se encaminó a su encuentro.

Era un hombre alto y blanco, tostado por el sol.

Portaba una barba larga como los amish que Benjamín había conocido en San Francisco.

Se preguntó si sería uno de ellos pero en cuanto el hombre habló, descartó la posibilidad.

Su acento lo delataba como un alemán que no solía afeitarse.

—Mi nombre es Schellenger —dijo, extendiendo la mano—. Por lo visto seremos vecinos. Willkommen .

—Benjamín Wolf, a sus órdenes —respondió. El señor Schellenger observó la zanja.

—¿A dónde lleva usted el agua?

—Al platanar y de ahí a la casa —explicó, señalando el lugar.

—Muy bien, pero está usted tentando a la Providencia, señor Wolf. Sería mejor arreglar ese techo primero para resguardarse del agua, antes de traerla para acá. Le advierto que en estos lares cuando llueve, llueve. Es tiempo de lluvias y cosecha, caballero.

Benjamín miró las alturas. Era un día espléndido.

—Así lo entiendo. Ya terminé. Mi propósito es comenzar las reparaciones ahora mismo.

—Hará bien.

El alemán observó las herramientas que el joven estaba usando.

—Le recomiendo que haga el techo de tejamanil. Va a necesitar una hachuela para rajarlo. Si no tiene usted una, pase a mi casa y le presto la mía, si gusta.

—Muchas gracias.

—¿Ve la casa allá arriba en el cerro? Ahí vivo con mi familia. Cualquier cosa que necesite, solo pídala.

La casa que el alemán señalaba era la única vivienda de verdadero aspecto americano, construida sobre bases sólidas en un cerro barroso.

A Benjamín le pareció extraño que el hombre la hubiera ubicado en una loma y que ahora tuviera que acarrear el agua así, en barriles, a lomo de mula.

Evidentemente, el alemán valoraba la altura y la vista, más que el suministro de agua doméstica.

Está en su derecho de hacer lo que quiera, pensó Benjamín, pero eso le parecía un desacierto.

Él, en cambio, era un hombre práctico. Nunca hubiera hecho lo mismo.

—Lo acompaño al río —comentó Benjamín—. Quiero checar la entrada de la toma.

Caminaron juntos. El terreno plano que se extendía entre los cerros estaba sembrado con maíz, chile, calabaza y frijol que ahora crecía sin atención.

Precisamente por eso Benjamín había elegido ese lote, porque a pesar de que la huerta estaba descuidada, las plantas seguían dando fruto.

Era tierra fértil. Gracias a ello, desde que se había instalado en el terreno, no había pasado un solo día de hambre.

Comía maíz y frijoles, como los nativos, y se hastiaba de plátanos.

Eso se lo debía a sus predecesores, le explicó el señor Schellenger al andar.

Habían sido otra familia de alemanes, le dijo, gente humilde y trabajadora.

Por desgracia, uno de los niños se les había enfermado.

Nadie supo qué enfermedad contrajo. Los padres, desesperados, se habían visto obligados a vender todas sus pertenencias para pagar el viaje a la ciudad de México, donde esperaban encontrar ayuda médica.

Como fue, el pequeño falleció al poco de llegar a la gran ciudad y sus padres, abrumados por la pérdida y cansados de esperar a que les entregaran los títulos de las tierras, desistieron y se regresaron a su patria más pobres de lo que habían llegado.

—Algo me contaron de esa tragedia cuando llegué a Tapachula y reclamé mi terreno —comentó Benjamín, cabizbajo.

Estaba consciente del sacrificio de aquella familia que le había dejado la mesa puesta.

Por eso, cada vez que cortaba una mazorca o un tomate, o lo que fuera, pensaba en ellos con profundo agradecimiento y con un poco de culpa.

En el río, el señor Schellenger comenzó a llenar los barriles de agua. Benjamín lo ayudó y cuando terminaron, inspeccionaron el inicio del canal.

—¿Va usted a sembrar este año? —preguntó el alemán, sospechando la respuesta.

Por lo que había visto, aquel joven sabía trabajar.

Las mejoras de la tierra eran evidentes.

Tenía herramientas y, además, sabía usarlas.

Lo que no quedaba claro era si el muchacho contaba con el capital suficiente para restaurar la vivienda o para sembrar el campo.

Como todos los que llegaban de fuera, tendría que comprar lo básico: clavos, pólvora y mano de obra.

Pronto se daría cuenta de que, por mucho que quisiera hacerlo todo él solo, tarde o temprano tendría que contratar ayuda. Esa ayuda no era gratis.

Benjamín se quitó el sombrero, se enjugó la frente y lo miró de lleno.

—Me gustaría hacerlo, pero necesito un ingreso para solventar los gastos. ¿Usted sabe dónde podrían emplearme?

El alemán sintió lástima por ese muchacho. Era otro aventurero pobre, pensó, tal como lo había imaginado. No obstante, había algo en su porte que emanaba audacia. Quizás no se rendiría fácilmente.

—No, pero si me entero de algo, se lo diré —le aseguró—. Como sabe, es tiempo de cosecha y seguro podrá colocarse en alguna finca. Siempre faltan manos. Parece que en La Victoria andan buscando un caporal. Hablaré con la dueña y le aviso.

Benjamín agradeció el dato y regresó a su faena de llevar el río hasta el platanar.