Tiempo de flor y de ceniza El reclamo
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El reclamo

Al llegar a la finca, el padre Camilo solicitó audiencia con doña Elena.

La finquera ordenó que lo dejaran pasar al comedor, en donde se hallaba cenando con su marido.

Cuando el sacerdote entró, se sorprendió de ver que Amada lo acompañaba.

Era obvio que su sirvienta había viajado con el sacerdote y esto inmediatamente le dio mala espina.

Me mintió esta criada, pensó con enojo. No fue a Tapachula a ver a una tía, como dijo, sino a hablar con este cura metiche.

Pues bien. Es la última vez que le doy permiso de ir al pueblo, se prometió, molesta.

—Buenas noches, padre. Pase y siéntese, por favor —dijo, sonriendo con forzada amabilidad—. Ya estamos en el postre, pero en este momento Amada le sirve lo que usted quiera.

—He cenao , gracias, pero os acepto una rebanada de esa tarta, si insisten —contestó, señalando el pastel—. Tiene muy buena cara.

—Entonces insisto —dijo ella y con un gesto despectivo despachó a Amada a la cocina—. ¿No lo oíste? Sírvele una rebanada al padre. ¡Inútil mujer- nutzlose Frau !

Amada tomó el pastel de la mesa y lo llevó a la cocina.

Si había algo que molestaba al padre Camilo, era el maltrato a los sirvientes. A duras penas pudo contener las ganas de defender a Amada. Despegó su atención de la mujer y se dirigió a su esposo.

—¿Cómo ha estado usted, don Guillermo? —le preguntó, sentándose a su lado.

— Sehr gut, danke —contestó el aludido.

Al sacerdote le pareció que mentía. Ese hombre no podía estar bien.

Tenía mal color, amarillento. Había envejecido a pasos agigantados desde la última vez que lo había visto.

Ahora mismo tenía la camisa manchada de sopa, o de lo que fuera que estaba comiendo, y el tenedor le temblaba en la mano.

Está peor que yo, pensó el cura, sintiendo lástima por él, mientras sujetaba sus manos disimuladamente bajo el mantel para ocultar sus propios temblores.

—¿Ha leído usted a Oscar Wilde? —preguntó de repente don Guillermo.

—Vamos a ver. Sí, hace ya muchos años. Es uno de los autores irlandeses, ¿me equivoco?

La faz del hombre se iluminó.

— Ja, Herr Priester . Uno de los grandes, ¿quiere que le lea algo de su obra?

—Por favor —era la única respuesta posible.

—No ahora, Meine Liebste —intervino doña Elena para alivio de todos—. El padre y yo tenemos asuntos que hablar y la noche es corta. Padre, por favor, acompáñeme al despacho que ahí nos servirá el postre Amada.

La dama se limpió los labios, dobló su servilleta y se incorporó. Don Guillermo no pudo ocultar su decepción.

—Nos llevará solo un momento —protestó.

— Meine Liebste, no insistas, por favor.

El sacerdote, que se acababa de sentar, titubeó.

—¿Nos acompaña usted, don Guillermo? —le preguntó a su anfitrión.

—De ninguna manera —intervino su mujer—. Mi marido se duerme temprano, padre. Pase por aquí, por favor.

El tono de doña Elena no aceptaba negativas. El sacerdote se levantó, obediente y palmeó la espalda de don Guillermo con verdadera compasión.

—Venga. Buen provecho, caballero.

Amada entró a la cocina para partirle una rebanada de pastel al cura.

Miró su entorno y por poco se desmaya. ¡Aquello era un cochinero!

Le había dejado la chamba encargada a Lupita, su comadre, y ahí estaba la mujer, empinada sobre el lavadero, fregando una pila de platos sin piedad.

Se veía abrumada su comadre. Tenía ollas sucias por doquier, la salsa regada, verduras a medio picar y cáscaras por todo el suelo.

Por lo visto, doña Elena había ordenado chanfaina para cenar y juzgando por los restos en la olla y los desperdicios en los platos, estaba claro que no les había gustado el guiso.

—¡Ya viniste! —exclamó Lupita al verla, aliviada. Se secó las manos con un trapo y la abrazó.

—Huele sabroso —comentó ella, por decir algo.

—Pos yo me esforcé, pero ellos me despreciaron mi comida, comadrita. Y eso que hice el guiso igualito como dijiste.

Amada se acercó a la olla y probó el guisado de vísceras de res con salsa de tomate. Estaba rico, pero enchilado.

—Ta sabroso —dictó—. Picoso pero bueno, pue.

—No saben comer chile estos mecos , ¿verdá?

—Nomás hay que garrarles el modo, comadrita. Son delicados, ellos, pue. Pa la próxima, échale tantito menos chile.

—¡No qué pa la próxima ni qué nada! No sé cómo aguantas a esa siñiora. Relindo que jode. Sí o no.

—Sí, pue.

Amada buscó un cuchillo limpio, cortó una rebanada del pastel y la puso en un plato. Se dispuso a llevársela al cura.

—Orita vengo, comadrita. Me pidieron que les lleve esto, pero no me tardo nadita y vengo a ayudarte.

Amada salió al comedor y al no ver al invitado, siguió las voces hacia el despacho de su patrona.

Iba nerviosa. Por un lado, le daba gusto que el padre Camilo abogara por su causa, pero por el otro, temía las represalias.

No se le había escapado la mirada molesta de doña Elena al verla llegar con el sacerdote.

Clarito se miraba su enojo. ¿Y si se enoja más con lo que le dice el cura?

, se preguntó angustiada. ¿Y si nos acusa con el caporal?

Y si ese hombre nos mata, ¿será? ¡Diosito nos proteja!

, oró, temblando todita, como si tuviera fiebre.

Pero ya era tarde. El padre ahí estaba, hablando la verdad. Tendría que apechugar lo que viniera.

La puerta de la oficina estaba cerrada. La tocó con suavidad. La voz de la patrona se dejó escuchar de inmediato.

—Entra —dijo y cuando lo hizo, doña Elena señaló despectivamente la mesa que yacía a un lado del párroco—. Déjalo ahí y vete. Cierra cuando salgas.

Amada colocó el postre en la mesa. Por un instante, miró al sacerdote, tratando de adivinar qué tanto había divulgado.

Pero él no apartó la mirada de su taza. Hablaron ya, decidió Amada.

Por eso la doña se miraba harto enojada.

Sin volver a levantar la mirada del suelo, salió del despacho con el alma apretada y regresó a la cocina a ayudar a Lupita.

Les llevó un buen rato levantar la cocina.

Cuando por fin terminaron, ya había anochecido.

Cansadas, colgaron sus mandiles, se arroparon en sus chujs y tras encender una antorcha, salieron al frío de la noche con los brazos entrelazados.

Lupita sostenía con la mano libre la antorcha que alumbraba el camino brumoso, bajo una luna llena, esplendorosa.

Platicaron alzando las voces para espantar a los animales que a esa hora salían a alimentarse.

Al pasar junto al gran árbol- chalum las sobresaltó el ulular de un búho- Xooch’ .

—¡Madre de Dios! —exclamó Lupita—. ¿Oíste eso?

—Sí oímos, comadre.

La lechuza volvió a cantar, esta vez más fuerte.

Uh, uh, uh, uh, uh, uuuuuuuh.

Alzaron la vista sobrecogidas y de pronto vieron el búho. El ave estaba posada en una de las ramas del árbol, justo encima de ellas. Giró su cabeza redonda y les clavó sus ojos de canica, amarillos. Un rayo de luna iluminó su cara emplumada en forma de corazón.

—¡Puráte Lupita! —urgió Amada, aterrada.

Ambas sabían lo que el canto del búho significaba: la muerte- Kiimil andaba cerca.

Amada jaló a su comadre de la mano y las mujeres se echaron a correr a todo lo que daban sus piernas, tropezando aquí y allá.

Lupita, que corría más despacio, recitaba una letanía de oraciones al correr.

En algún momento Amada le arrebató la antorcha y le cargó el morral para ayudarla, pero aún así la mujer no podía igualar su cadencia.

Cuando por fin llegaron al desvío de la vereda, donde habrían de tomar diferentes caminos, se detuvieron, jadeando.

Lupita vivía abajo, cerca de la gallera de solteros y el ranchito de Amada estaba ahí, en ese mismo pante , pero más arriba.

—Lleváte la luz y corre rapidito —la urgió Amada.

—No, comadrita, llevátela tú, no te apures.

—No, no. Yo ya merito llegamos. Ahí nomasito está el ranchito. Tú tas relejos. Bájate con cuidadito. ¡Púrate, pue y no alegues!

—Ta bueno, comadrita. ¡Cuidáte!

Lupita se echó monte abajo y Amada ahí se estuvo, mirándola desaparecer.

Pronto la niebla se tragó la luz de la antorcha y solo entonces se encaminó monte arriba.

Le urgía llegar y ver a María. A la hora de despedirse de ella para ir a Tapachula, le había advertido mucho que no saliera a ningún lado, solo a trabajar.

«Échale candado a la puerta», le había ordenado al partir.

Ahora mismo, enfrente de la choza, se daba cuenta que María la había obedecido. La puerta estaba atrancada.

—¡Ábreme, María! —la llamó.

Desde adentro Choco comenzó a ladrar y la puerta se entreabrió. María, al comprobar que era su hermana, la abrió de par en par y se arrojó a sus brazos, sollozando.

—¿Ideay? ¿Qué le pasa, niña? —preguntó consternada.

Pero la niña no podía hablar. Su pequeño cuerpo se estremecía en su abrazo.

—¿Por qué lloramos? —exigió saber.

Nada decía María y Amada, sospechando la razón de su llanto, la tomó de la mano y la sacó de la casa para verla bien bajo la luz de la luna. Tenía la blusa manchada. La sangre cuajada se adhería a la tela.

—¡MALDITO! —gritó con rabia—. ¡Tá jich’uk ta sventa!

Apretó el cuerpo lastimado de María contra su pecho y lloró con ella.

A lo lejos, en algún rincón del bosque, el búho -Xooch’ graznó de nuevo.

Uh, uh, uh, uh, uh, uuuuuuuh.