Tiempo de flor y de ceniza El kaxlan #2
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El kaxlan #2

El cliente de Anastasio era un buen jinete, observó Amada, sorprendida.

Clarito se miraba que el caballo lo respetaba.

Hubo un momento en que una de las mulas se puso rebelde e igual supo cómo ayudar al cochero a aplacarla.

Quizás este señor, a pesar de ser tan blanco y más alto que un pino, se hallará en el monte, pensó.

Sus botas se veían bien domadas y las manos llenas de callos. Sabía trabajar. Quizás sabía de rancho.

Ascendieron a paso de mula por varias horas. Al llegar al claro, se refugiaron bajo la sombra del mangal.

—Aquí estiramos patas —anunció Anastasio.

El cochero bajó su morral, tendió unas mantas sobre la hojarasca y llevó las mulas a pastar.

A señas invitó al extranjero a que amarrara a la yegua.

Él obedeció, largó la cuerda y la ató a un árbol.

Sacó una pipa de su saco y la encendió. Mientras tanto, el padre Camilo y Amada se abocaron a buscar leña.

Pronto improvisaron una hoguera. Cuando las brasas ardieron, calentaron los frijoles que Anastasio llevaba en su morral.

Amada los sirvió en jícaras y los repartió, junto con una tostada de maíz.

—Gracias —dijo el extranjero y le sonrió.

Amada pudo mirarlo de cerca por primera vez.

Era raro. Tenía ojos del color azul- tlaccehuilli .

Cachos de cielo eran sus ojos. En el medio de la barba tenía un hoyo donde bien cabría un grano de frijol.

O de café. Nunca había visto una barba así.

Raro era ese meco . Raro- Jut . Y qué hambre traía el kaxlan .

Comía como perro de monte. Antes de que el padre Camilo terminara de bendecir los alimentos, ya se había atragantado todito.

Cuando acabaron, Amada recogió las jícaras y las enjuagó en el río. Luego buscó un palo largo para bajar mangos de un árbol. Bajó varios y los repartió. Al entregarle la fruta al extranjero, él le habló de nuevo, pero ahora en castellano.

—Mi nombre es Benjamín Wolf. ¿Usted cómo se llama?

Ella se retrajo. No era su costumbre hablar con hombres, mucho menos ladinos. Anastasio observó el bochorno de la mujer y soltó una risita mordaz. Amada se alejó, molesta y desde ese momento no volvió a mirar al señor ese, confianzudo.

—Amada. Se llama Amada —dijo el cochero y se rio—. Es tzotzil. Pero sepa algo, patrón. Ellas no están pa hablar con ningún varón, a menos que sea familia. Ni usté está pa hablarles a ellas.

Benjamín lamentó su atrevimiento. Tenía mucho que aprender en esta tierra mexicana. Olió la fruta y la mordió con todo y cáscara.

—Esta se pela, pue —se burló Anastasio y se la quitó. Con su navaja rebanó los cachetes de la jugosa fruta con maestría y se los ofreció con la punta del cuchillo. Él guardó la pepita de la fruta que chupó, royéndola, hasta dejarla seca.

—Sabroso —declaró Benjamín.

—Mango. Así se llama: mango criollo —explicó el cura.

—Mango —repitió él.

Al atardecer, cuando los moscos comenzaron a morder voraces, montaron las mulas y reanudaron la marcha.

El camino se hizo estrecho y al ascenderlo, penetraban cada vez más en el bosque poblado de ciprés, romerillos, robles y cepillos.

Comenzó a llover ligero. Avanzaron con lentitud bajo esa llovizna, encapotados en silencio.

De cuando en cuando se escuchaba a lo lejos un trueno.

No tardaría en llover fuerte, pensó Amada.

Lo anunciaban aquellas nubes negras detrás de los cerros.

Se mojarían harto porque las mulas no podían ir más rápido.

La cuesta era empinada y subían el monte bufando.

Arriba, cuando el terreno por fin emparejó, llegaron a su destino: La Colonia.

A Amada le sorprendió encontrarse con aquellas milpas que nadie atendía.

Estaban sembradas de maíz, café, chile, calabaza y frijol.

Más allá también había caña. Pero triste se veía ese campo.

Triste y abandonado. Ya debían haber quebrado el maíz, pensó.

Las plantas, paraditas a pesar del abandono, estaban al amparo de los insectos, pájaros y bichos, enmoheciéndose con el agua.

En las veredas de lo más alto, las matas de café estaban igual de descuidadas, daba lástima verlas, se doblaban con la cereza madura que nadie cortaba.

¡Qué desperdicio!, pensó, reprobándolo. Sintió ganas de cortarlas y hacerse un itacate.

Hasta atrás, apretadas contra el cerro, había varias casas cabales, construidas con la madera que esa gente traía de lejos, a saber por qué.

Con tanto árbol que había en la selva, pue.

Esas casas también, casi todas, estaban en ruinas.

Murió la gente, ¿será?, se preguntó. Se enfermaron, ¿será?

No podía concebir que después de tanto esfuerzo alguien abandonara esos campos y esas casas, así nomás.

No les rindió el dinero, ¿será? Lo que hubiera sido, daba lástima.

Mirando en conjunto aquella dichosa colonia de mecos decidió que parecía un pueblo- Ch’u de ánimas que penan.

—Nadien hay —dijo al aire.

—No, pue. Y es que traen broncas con el gobierno —comentó Anastasio—. Por eso muchos ya se regresaron por donde vinieron. Se cansaron de pelear.

—Es eso —afirmó el sacerdote—. El famoso «proyecto americano» ha estado suspendido porque la compañía de deslinde que el gobierno asignó para instalar a los colonos les quedó mal. No cumplieron. Les vendieron la tierra y luego no les dieron los títulos. Espero que este señor, tu cliente, sepa eso.

—Pos si no lo sabe, ya lo sabrá —respondió Anastasio, alzándose de hombros—. Todavía quedan algunos mecos , más pa arriba. Caso le dirán.

El cochero tenía razón, pensó el padre Camilo.

El joven extranjero tendría que enterarse por sí mismo.

Era una pena que la mayoría de sus paisanos hubiera encontrado muy dura su prueba de pioneros.

El lío de los títulos era culpa de la ineptitud del gobierno mexicano.

Muchos de aquellos norteamericanos, que habían llegado antes que los alemanes, se habían regresado a su país con menos de lo que habían traído, y con el corazón deshecho y el cuerpo hinchado por los piquetes de los jejenes.

Sus reclamaciones habían quedado suspendidas.

Solo unos pocos valientes, los más sagaces, seguían ahí, sobreviviendo, mientras esperaban a que se arreglara el asunto.

Esos estaban más arriba, como bien decía Anastasio.

Ojalá a este muchacho le vaya mejor, pensó el sacerdote.

Lo miró de reojo y observó que Benjamín miraba su entorno sin expresión alguna en el rostro.

Lo que veía no parecía molestarle. Quizás ya sabe cómo está la situación, pensó el sacerdote.

Por el bien del joven, deseó que así fuera; le simpatizaba, se veía que era de buen temple y trabajador.

Anastasio detuvo la caravana y Benjamín prontamente desmontó. Bajó sus triques y se despidió.

— Gentlemen —dijo y estrechó la mano de los varones. Después, olvidando la advertencia de Anastasio, se inclinó el sombrero y le habló a Amada—. Goodbye, my lady.

Ella no alzó la mirada de su regazo, pero con las mejillas ruborizadas asintió levemente con la cabeza.

—Ah, qué meco este —se carcajeó Anastasio.

Luego espoleó su caballo y la caravana se enfiló monte arriba, alejándose mansamente, al paso de las mulas.

En algún momento, la joven tzotzil no resistió y volteó a mirar atrás. La figura trajeada del kaxlan los miraba todavía. Ella tuvo el presentimiento de que lo volvería a ver. La lluvia arreció y el monte se iluminó con la luz fugaz de un rayo.