El kaxlan
Amada se presentó puntual a la iglesia. Todavía no amanecía, pero los marchantes ya ponían sus puestos y tendían sus triques en sus tablas en el atrio: veladoras de cera, estampillas con imágenes de santos, lirios, cuadernos de oraciones, escapularios y rosarios.
Hoy venderán poco, pensó Amada con remordimiento.
Hoy el cura se iba con ella a la finca y como no habría misa, no habría ventas.
Los vendedores pasarían hambre y la culpa era suya por llevarse al hombre de Dios.
Sintió pena por ellos y les pidió perdón desde su afligido corazón.
Se acercó al portón del templo y trató de abrirlo, pero estaba atrancado.
Tocó con timidez. Nadie contestó. Volvió a tocarlo, esta vez más fuerte, y de nuevo nadie le abrió.
Comenzó a angustiarse. Si no se apuraban, Anastasio se iría sin ellos.
El padre duerme, ¿será?, se preguntó perpleja.
Nos espera ya en el parque, ¿será? Esta última posibilidad la inquietó.
Estaba a punto de salir corriendo al parque para alcanzarlo, cuando el acólito apareció en la esquina de la cuadra.
—Buenos días —le sonrió reconociéndola. Era esa india bonita que el padre Camilo recién había atendido anoche.
—Vinimos por el padre —dijo ella apurada—. Se jue ya, ¿será?
—No lo creo. Tiene misa a las seis.
—Hoy no da sermón, pue. Hoy vamos en finca.
—Ah, ¿sí? Entonces déjeme y lo busco, se ha de haber quedado dormido.
El chico sacó de su morral un llavero, abrió el portón y se introdujo al templo.
Ella esperó afuera y caminó a lo largo del atrio, yendo y viniendo para calmar su impaciencia.
Comenzaban a llegar los feligreses y los pordioseros que ahí también se pasaban el día, mendigando en la escalinata del templo.
Al cabo de unos momentos, que a Amada le parecieron eternos, por fin salió el sacerdote. Era obvio que se acababa de despertar. Traía la almohada marcada en las mejillas y el cabello enmarañado. Caminó a su encuentro, apurado, ajustándose el cíngulo sobre el alba.
—¡A la marcha, hija, que nos dejan!
Así diciendo, se envolvió en su jorongo y se encaminó apresurado al parque. Amada emparejó su paso, rezando en silencio por que Anastasio no los hubiera dejado.
La gente conocía a Anastasio como «el cochero».
Tenía un par de patachos de mulas y una carreta de bueyes.
Todos los días subía a las fincas a vender mercancía.
Llegaba con la carreta hasta donde el camino lo permitía y de ahí trepaba el resto de la pendiente jalando a sus animales.
No había en aquella vasta región cafetalera un solo camino por el que pudieran pasar vehículos con ruedas.
Los campos no estaban arados. Solo las bestias podían trepar por aquellas estrechas veredas de tierra floja, agujereada y desmoronada.
Anastasio vendía a los finqueros lo que ellos no podían conseguir o fabricar en sus fincas —sal, arroz, manteca en botella, jabón y tiras de carne seca.
A cambio, les compraba lo que sí producían, como el café, la panela y el plátano.
También llevaba y traía la correspondencia, y ofrecía transporte a los peones y baldíos que no tenían otra manera de subir y bajar a Tapachula, sobre todo en tiempo de lluvia cuando se crecían los ríos y el camino se atascaba.
Jadeando, Amada y el cura por fin llegaron a la plaza y vieron con alivio que Anastasio seguía ahí.
Estaba hablando con un hombre blanco, meco , muy alto.
Era tan alto que el cochero tenía que torcer la cabeza hacia el cielo para verle los ojos.
Amada observó el atuendo del extranjero con curiosidad.
Vestía un traje oscuro, sombrero de fieltro y botas de vaquero.
Sudaba profusamente y no era para menos, con tanta ropa que traía ese señor.
Le ha de estar pegando duro la calor, pensó y sintió lástima por él.
Así se bajaban todos los mecos del barco, bien arropaditos.
Luego ya no hallaban qué hacer con tanto trapo y se los iban pelando como capas de cebolla.
Después, cuando llegaban a las fincas, ya estando en Tierras Frías, se volvían a arropar, pero ya ahora con la ropa de manta fresca que vestía la gente del lugar, ropa que los dejaba trabajar a gusto.
Amada estaba acostumbrada a mirar a esos kaxlanes de pelos amarillos.
Cada día llegaban más y casi todos se miraban así, más blancos que la pulpa de una guanábana.
Algunos eran buenos y otros malos. Algunos daban de comer bien, harta tortilla, y otros no.
Unos sabían mandar y trataban bien. Otros no.
Solo cuatro o cinco tortillas convidaban ellos, si eso, cuando la gente estaba acostumbrada a comer muchas más.
Eran avaros esos patrones, pue. ¿Caso no sabían que la peonada respondía mejor cuando tenían la panza llena?
, se preguntaba sin entenderlos. A saber cómo será este señor.
Trató de adivinarlo. Bueno, ¿será?, se preguntó.
Malo ¿será? De lejitos se miraba bueno este rubio- k’on , decidió.
El padre Camilo se arrimó a una banca y se desplomó para sobarse las rodillas, bufando. Amada se mantuvo en pie. Y desde esa prudente distancia esperaron a que Anastasio terminara las negociaciones con el extranjero. Se hablaban en castellano y ayudándose con señas y gestos, se daban a entender.
—Al paso que va Anastasio, va a hablar inglés mejor que español —comentó el sacerdote con sarcasmo.
—También habla mam —dijo ella.
—Y sí, pero hablar mam no le sirve para ganarse el pan de Dios, hija. Mejor sería que aprendiera alemán o inglés. O chino. Cualquier idioma es mejor que esa lengua que nadie entiende. Hay que educarse.
Quizás el padre tenía razón, pensó ella, pero ahora mismo Anastasio no necesitaba hablar inglés.
Se veía que entendía perfectamente lo que el kaxlan trataba de decirle.
Y el señor, por lo que sus oídos llegaban a escuchar, hablaba sorprendentemente bien el castellano.
Quería que Anastasio lo llevara al lugar aquel que llamaban La Colonia, eso quería el extranjero.
A Amada no le extrañó que eso quisiera. Para allá iban todos los desembarcados, a hacerse de un pedazo de volcán y montar su finca.
La codicia del hombre blanco, ¡mala es!, pensó indignada, recordando las palabras sabias de su Tata: «Los kaxlanes no miran que la gente ahí siempre ha estado, sembrando sus milpas.
No respetan lo ajeno. Poco les importa quitarle sus plan titas y animalitos al baldío; a todos corren y los que se quedan ¿a dónde más van a ir?
, en todos lados les cobran renta. Las autoridades gustan decir que estas tierras son ociosas, pero eso es solo un decir para justificar lo que es: un robo».
Todo eso decía el abuelo y era verdad. El kaxlan imponía su voluntad a punta de látigo.
Amada había escuchado cosas sobre ese lugar que llamaban La Colonia.
Las mujeres en la finca, a la hora de lavar la ropa en el río, cuchicheaban entre sí y enteraban a quien quisiera escuchar, y a quien no quisiera, también.
«Esos güeros- mecos tienen su caserío por allá, en una cañada hacia la tierra baja.
Asegún ya limpiaron el monte y alzaron casas cabales, igualitas a las que dejaron atrás, en sus propias patrias.
De madera fina, pue, son esas casas», decían esas mujeres, restregando sobre las piedras.
«Siembran café, maíz, calabaza y azúcar.
Dan trabajo y pagan bien. No toman posh .
No pegan. Saben mandar. Otros no. Hay de todo, pue.
Esos kaxlanes , los que no se hallan, ya se regresaron por donde vinieron».
Amada observó a sus anchas al extranjero tratando de adivi nar. Aguantará aquí este señor, ¿será? ¿Sabrá mandar?
La negociación seguía con gestos y aspavientos. El cliente necesitaba subir con todos sus triques, que no eran muchos. Casi pura herramienta. Su más preciada pertenencia era un hacha: una sierra de trozar, grande, con agarraderas. La traía colgada al hombro. No la soltaba ni tantito.
Al cabo de un rato, los hombres llegaron a un acuerdo. El kaxlan sacó sus monedas, las contó y pagó. Anastasio recibió el dinero, se persignó y lo guardó en su chaqueta. Luego acabó de empacar las mulas.
Solo entonces Amada y el cura se le acercaron.
—Buenos días, Anastasio.
—Buenos son, padre —dijo él. A Amada la saludó con una leve inclinación de la cabeza como era la costumbre entre ellos.
—¿Van en finca?
—Sí, hijo. Tengo un asunto que hablar con doña Elena, así es que aprovecho y subo con Amada.
—Ta bueno. Orita que acabe de cargar les hago un huequito. Aguántenme tantito nomás.
El cochero se apuró, colocó bultos, y ajustó reatas con agilidad.
Cuando las mulas quedaron listas le ofreció al kaxlan el caballo ensillado y a Amada un espacio en la mula menos cargada.
Al sacerdote lo acomodó en la carreta. Tenía una silla hasta arriba del cargamento.
Así salieron, en caravana, siguiendo la vereda del río Coatán.
El agua del río llegaba un poco arriba de las corvas de las mulas.
La corriente era fuerte y les llevó un tiempo atravesar y alcanzar la otra orilla.
Cuando lo hicieron, transitaron a través de extensos potreros.
No tardaron en alcanzar los bosques por donde el angosto camino serpenteaba entre los árboles.
Cuando la vereda empinó, desmontaron y comenzaron a jalar a los animales.
Anastasio reventaba el lazo en el aire y las mulas respondían para evitar el castigo.