Los alemanes #2
A pesar de las rarezas de don Guillermo, el padre Camilo simpatizaba con él.
Se le figuraba un alma en pena cuyo único consuelo eran los libros.
Su figura de catrín causaba curiosidad entre los peones y risa entre los niños de la finca.
Era delgado, de faz blanca como la leche, poblada de arrugas profundas.
A nadie le hacía daño el alemán. En cambio, doña Elena era harina de otro costal.
Ella sí podía ser una arpía. No dudaba en castigar a la peonada a latigazos o mandándola al cepo.
Era por eso por lo que Amada no podía hablar directamente con ella.
Conocía de sobra a su patrona. Y ahora sería él, el propio padre Camilo, quien tendría que enfrentar a la alemana y acusar al caporal porque, además, eso le había prometido al Tata, que siempre velaría por sus nietas.
El Tata le había arrancado esa promesa justo antes de morir.
Aquel día el sacerdote había subido a la finca a oficiar una boda.
Ascendió temprano, en patacho de mulas, compartiendo el sendero con un par de chamulas que llevaban a cuestas la marimba chapina.
En cuanto concluyeron las celebraciones, el sacerdote se sentó con el h’ilol a platicar, como siempre.
Esta vez el curandero se mostraba más serio que de costumbre.
Quería decirle algo importante, le dijo el Tata, y bajo aquel cielo estrellado le habló, solemne.
—Escucha bien, padre- Tot . Para nosotros cuando una persona pierde el alma- ch’ulel, se enferma. Lo que yo hago para curarlos es esto: regreso las almas perdidas a los cuerpos. Si una persona muere, la parte de su alma que mejor encarnaba su ser único se va para siempre.
—¡Válgame! ¿A qué viene esta plática tan fúnebre? —le preguntó el cura alarmado—. ¿No te alegró la marimba?
—Vas a hacernos un gran favor, Tot . Vas a cuidarnos a Amada. Vas a cuidarnos a María, también.
—¿Pero por qué hablas de esa manera? ¿Qué te pasa?
El curandero midió sus palabras.
—Vamos voy con los Abuelos. Es tiempo.
El cura prontamente protestó.
—Que no. Tú no puedes irte a ningún lado. Deja de decir trapalladas.
—Sí, vamos voy. Es tiempo.
Por su tono categórico, el cura comprendió que hablaba en serio. Trató de disuadirlo.
—Te digo que no, joder. No puedes marcharte todavía. Antes me voy yo que estoy más viejo.
El h’ilol sonrió con tristeza y colocó su mano en el hombro del cura.
—Vas a hacernos ese gran favor, Tot . Vas a cuidarnos a las niñas.
El cura supo que la decisión estaba tomada. No tuvo más remedio que acceder.
Al poco tiempo, cuando se enteró de su fallecimiento, la noticia no le sorprendió, pero lo entristeció profundamente.
El gran h’ilol del Soconusco ya estaba con Dios, gozando de los placeres del paraíso, quizás sonriendo al darse cuenta que todos los caminos llevan a la gloria, incluso el camino de los cristianos. Pero lo iba a extrañar. Y mucho.
El sacerdote subió a La Victoria a despedir a su gran amigo de acuerdo con los ritos del sepelio de la tradición tzotzil.
Llevaron guitarras y arpas al ranchito y las mujeres molieron maíz y mataron gallinas.
Amada cosió la ropa y vistió a su abuelo con su mejor chuj .
Lo arregló y empacó las cosas para su «viaje».
Por su parte, Doña Elena y don Guillermo donaron el ataúd para velarlo.
Según la tradición tzotzil, cuando los hombres mueren, sus ánimas se cansan en el «viaje» y hay que darles mucho de comer y beber.
En el templo, a un lado de la caja, Amada puso una mesa para que el alma- ch’ulel de su Tata comiera: carne de gallina, tortillas y un platito con sal, tal como dictaba la costumbre.
Después de servirle al difunto, comieron los demás.
De camino al cementerio, Amada abrió la caja y le dio de beber tres chorritos de agua del huacal con una hoja de laurel.
Justo antes de enterrarlo, sacó del cesto los atadillos del bastimento.
Levantó la tapa del ataúd, una vez más, y debajo del chamorro de su abuelo colocó los atadillos con el pozol y las tortillas.
—Esto es para que comas y bebas en tu viaje, no vayas a dejar que te lo quiten —le dijo.
Luego contó los tres pesos que había en el cestito y se los colocó en la camisa—.
Aquí tienes la paga para tu chicha , para tus guineos, para que tengas qué comer en el camino, para que compres lo que quiera tu corazón.
Encendieron candela y las mujeres comenzaron a llorar, mientras los hombres escarbaban el agujero en esa tierra bendita que les había dado de comer a todos.
Esperaron a que el señor Sol- Chutotic descendiera antes de enterrarlo, para que su alma no se quedara en esa tierra.
Y en cuanto le dieron sepultura, las mujeres dejaron de llorar sabiendo que el alma- ch’ulel del gran h’ilol había emprendido su viaje.
Desde la muerte del Tata, el sacerdote se había esmerado para estar al pendiente de sus nietas.
Les mandaba regalos con Anastasio —hilos para bordar, azúcar blanca o estampillas con imágenes de los santos— y había ido a verlas un par de veces.
Amada, sobre todo, se desvivía por atenderlo.
Lo obligaba a sentarse en la silla vacía de su abuelo y le ofrecía su posh , insistiendo que bebiera de la jícara del Tata.
Cuando partía, le llenaban el morral de tortillas calientitas.
De nada servía que él protestara. María siempre lo escoltaba hasta la entrada, corriendo al lado de su perro Choco.
Todo eso pensaba el sacerdote tendido en la cama y sin poder dormir.
Frustrado, asió la botella de posh que ahí seguía, en la cómoda, y le dio un largo trago.
No tenía por qué darle tantas vueltas al asunto, pensó.
Lo correcto era ayudar a las nietas del Tata.
Ya estaba. Apagó la luz y se volvió a recostar.
Al poco tiempo roncaba con esa paz que solo otorga la conciencia limpia de pecado.