Los alemanes
En su sueño, el padre Camilo iba al frente de la solemne peregrinación de la Virgen de Guadalupe.
Marchaba rezando y cantando con fervor, cuando de pronto alguien detrás de él gritó: «¡La Virgen está llorando!
¡Milagro! ¡Milagro!». Giró para ver qué pasaba y descubrió, atónito, que el rostro de la estatua de la Virgen Morena, a quien cuatro Mayordomos llevaban en sus hombros, estaba cubierto de lágrimas.
Se acercó para verificar esa rareza y la faz de la diosa del Tepeyac se transformó.
Ahora ya no era el rostro de la Virgen. Era el rostro de Amada.
Y el líquido que brotaba de sus ojos no eran lágrimas. Era café.
El sacerdote se despertó sobresaltado. Trató de incorporarse y en el acto sintió un dolor intenso en el costado.
Ahí fueron sus manos temblorosas, tratando de indagar su origen.
Se había quedado profundamente dormido con la sotana puesta y el manojo de llaves, aún atado a su cintura, le estaba apuñalando las costillas.
Se despojó del cinturón del llavero con torpeza.
Estiró el brazo y encendió la lámpara. Hizo a un lado las frazadas revueltas y se levantó despacio de la cama, sobándose el costado.
Se dirigió al baño, agarrándose de las paredes y hasta allá lo persiguieron las imágenes de la pesadilla.
Quizás ese sueño era una advertencia, pensó mientras trataba de orinar, tarea nada fácil últimamente.
El flujo era intermitente y por más que contraía la vejiga salían puros chorritos miserables.
Otro desafío del cuerpo que envejecía. Aquello era una guerra entre su mente y su próstata.
Ahí parado de pronto comprendió por qué, de todos los caprichos de los emperadores romanos, el más comprensible había sido el capricho de aquel emperador que pretendió morir de pie.
¡De pie! Hasta su último aliento rehusó doblegarse a la muerte.
Así él. Jamás se doblegaría a la vejez. La calaca tendría que pillarlo de pie.
Apretó la ingle con redoblado esfuerzo hasta que el chorro agarró fuerza.
¡Bendito sea!, suspiró con alivio. Esta vez había ganado la batalla. Por ahora.
Regresó al lecho pero ya no pudo dormir.
Lo asaltaba un presagio de calamidad. Quizás no era prudente subir a La Victoria y enfrentar a doña Elena, razonó.
Quizás, con el afán de querer ayudar a Amada, perjudicaría más a esa hija de Dios.
Si doña Elena reprendía al caporal, el hombre malvado se desquitaría con Amada de alguna manera.
Habría represalias. Por otro lado, si no trataba de ayudarla, ¿cómo se sentiría después, si aquel tío perverso la ultrajaba?
Nunca se lo perdonaría. No, no podía quedarse de brazos cruzados y permitir que el tipo se aprovechara de la nieta del Tata.
Si de algo estaba seguro era que el tipejo no se conformaría con Amada.
Cuando se cansara de ella seguiría con María.
¿Qué tipo de animal se atrevía a ultrajar a niñas indefensas como ellas?
, se preguntó estremecido. Un cobarde. Un demonio.
Pues bien, pensó, a pesar del mal augurio, iría a la finca.
Hablaría con doña Elena y la convencería de que despidiera a ese salvaje.
Seguramente la alemana ignoraría su petición porque tendría que estar loca para despedirlo en medio de la cosecha; pero igual, cuando menos, tendría que escuchar la queja.
Trató de volver a dormir y para ayudarse, asió el rosario que colgaba a un lado de la cama y comenzó a rezar.
Mientras recitaba las oraciones su mente divagaba por los cafetales y la gente que se había apropiado de esas tierras.
El padre Camilo tenía años de conocer a los dueños de la finca La Victoria, la familia Schmidt.
Dentro de todo, eran buenas personas, tenía que reconocerlo.
Don Guillermo y doña Elena, oriundos de Hamburgo, habían emigrado a Guatemala a mediados del siglo XIX y ahí, en la costa Cuca, habían sembrado sus primeras fincas.
El negocio del café les resultó tan próspero que, al faltarles tierras, se extendieron hacia la zona del Soconusco.
En tierra chiapaneca habían comprado la finca que pertenecía a un hombre acaudalado, quien alardeaba ser español, pero que, de hecho, nunca había puesto pie en España.
Los Schmidt, como buenos emprendedores que eran, habían invertido su capital trayendo máquinas de Alemania.
A lomos de mulas y espaldas, los chamulas subieron a los cerros la última tecnología para el campo, armatostes pesados importados desde su país.
La tierra pronto respondió y como resultado obtuvieron magníficas cosechas.
El trato del padre Camilo con los dueños de la Victoria era casi siempre a través de doña Elena.
Eso se debía a que a don Guillermo, en el fondo, no le gustaba el campo.
Él era un hombre refinado, de ciudad, a quien no le gustaba enlodarse las botas.
Era finquero casi por obligación y para complacer a su mujer.
Por eso, tan pronto vio que La Victoria prosperaba, dejó el negocio en manos de ella.
Por su parte, doña Elena, a diferencia de la mayoría de las mujeres extranjeras que el cura conocía, quienes preferían vivir en Tapachula mientras sus maridos llevaban las fincas, sí disfrutaba la vida en el cafetal.
Don Guillermo había acertado en dejarle las riendas de La Victoria.
Era una mujer de armas tomar y la peonada decía que ella sí «sabía mandar»; era exigente, pero a la vez sabía tratar con ellos.
Cuando le pedían el comadrazgo, nunca se negaba.
Por eso tenía tantos ahijados. Doña Elena no era nada tonta.
Sabía que con esos compromisos se ganaba la lealtad de su gente y no dudaba en invertir unos cuantos pesos para mantenerlos contentos.
Su gran acierto era que conocía y respetaba las tradiciones de los indios; al final de la cosecha mandaba matar una res y organizaba el bautizo colectivo, hasta con bolo, las tradicionales moneditas de cobre.
Hacía acto de presencia en las bodas y de vez en cuando traía la marimba para amenizar las fiestas.
Tanto baldíos como acasillados la respetaban porque andaba a caballo y sabía usar la pistola.
Su lema principal era el mismo que el del señor presidente, don Porfirio Díaz: «Orden y progreso».
Pero al padre Camilo esas virtudes no lo impresionaban.
La conocía mejor que nadie y para él, la única virtud de esa señora era su ética laboral; trabajaba duro como buena germana y por ende el dinero le sobraba, pero qué falta le hacía todo lo demás.
Carecía de simpatía, de bondad, de caridad.
Era pobre de espíritu y, por lo mismo, tenía pocas amistades.
Eso a ella le daba igual pues era una mujer parca por naturaleza.
La sociedad huacalera le importaba poco.
Su mundo era la finca y su único interés era hacer dinero.
Don Guillermo, en comparación, no era de espíritu empresarial.
Vivía en su despacho, entregado a su verdadera pasión: los libros.
Tenía los libreros repletos de tomos enormes empastados con piel de borrego —cosa que horrorizaba a los tzotziles— y hojas de papel de cebolla con bordes dorados.
Pasaba horas absorto en la lectura. Con frecuencia salía al jardín y se sentaba bajo los guayabos a mimar al gato que ronroneaba en su regazo, con la vista perdida en las nubes.
El padre Camilo nunca entendió qué tanto miraba el alemán en las alturas.
No era un hombre de fe, por lo que no podía estar rezando, pensaba.
Un día no resistió su curiosidad. En cuanto lo vio salir a sentarse bajo el guayabo, se le acercó y se sentó disimuladamente a su lado para apreciar aquello que el finquero veía con tanto empeño.
Nada había en el cielo del Señor, salvo nubes aborregadas, zopilotes volando en círculos y una que otra mariposa.
Era raro ese tío, pensaba el cura, porque además tenía la manía de declamar a la hora del almuerzo.
Justo después de los rezos de su mujer y antes de que nadie tocara bocado, convocaba imperioso a la servidumbre y, con voz carrasposa, recitaba en español al poeta Ángel de Saavedra: «Con once heridas mortales, hecha pedazos la espada, el caballo sin aliento y perdida la batalla…
». Declamaba arrebatado, tragándose las «erres» y sustituyéndolas por «gggs» en ese español suyo, alemanado .
Los sirvientes, que no entendían ni media palabra de sus declamaciones porque casi todos hablaban tzotzil o mam, lo escuchaban con mucho respeto y la mirada fija en la loza.
Pensaban que el patrón oraba a su Dios en su propio idioma.
Doña Elena detestaba ese ritual extravagante de su marido, pero se lo toleraba porque odiaba aún más los pleitos conyugales.
«Solo la gente corriente hace fandangos enfrente de los criados», solía decir para justificar su tolerancia.
Por ello, cuando su marido comenzaba con su tertulia literaria, simplemente se armaba de indulgencia y lo dejaba hacer.
Lo que sí, es que ordenaba que la sopa se sirviera hirviendo para que, en cuanto terminara el largo suplicio que era la ridícula oratoria de su marido, pudieran gozar de una sopa aún caliente.