Tiempo de flor y de ceniza Tapachula
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Tapachula

El carretero no dejaba de hablar.

—¿Le digo algo? Es mejor estar en un petate bien acompañado que en un colchón solito, como perro —aseguró, carcajeándose.

—Disculpe, pero ¿cómo dijo que se llamaba usted?

Pedro dejó de hablar solo cuando la carreta se atascó.

Atrás del puerto había un bajío donde el estero retrocedía con la marea alta y al cruzarlo, las ruedas se hundieron en el lodo.

El carretero azuzó a los bueyes a gritos, pero por más que pujaban los animales, no se movían.

Los dos hombres tapizaron el lodazal con troncos y palos de madera.

Les cayó la noche antes de que pudieran salir del fango.

Cuando por fin se liberaron, encendieron las estacas de ocote para alumbrarse y continuaron la travesía.

Estaban cansados y enlodados. Aun así, el resto del viaje fue ruidoso.

Pedro no dejaba de hablar y encima tocaba los cuernos, gritando y moviendo las antorchas para espantar cualquier obstáculo que se pudiera atravesar en el camino.

A las bestias las aguijoneaba para ganar tiempo.

A pesar del escándalo, el cansancio paulatinamente se fue apoderando de Benjamín y la voz de Pedro se fue convirtiendo en un susurro. El brincoteo de la carreta lo arrullaba y cuando vino a ver, el carretero ya lo estaba despertando.

—Ahí tiene, señor —dijo señalando hacia un pueblo iluminado.

La ciudad de Tapachula era una extraña escena de luces y música.

El pueblo ha de estar de fiesta, pensó Benjamín, pero no, según le explicó Pedro, Tapachula siempre era así, una ciudad pequeña pero muy alegre.

El clima era agradable, no había polvo ni humo, solo una suave y agradable brisa.

Las primeras casas que encontraron a las afueras, estaban construidas de adobe o de bahareque con techo de palma.

Los amplios espacios entre las rancherías estaban plantados con palmeras de coco y plantíos de plátanos y naranjas.

Por muy humildes que fueran las casitas, una gran variedad de flores alegraba sus patios y terrazas.

Avanzaron por calles empedradas y empinadas, pero limpias.

Al acercarse al centro del pueblo, comenzaron a aparecer las casas de la gente más pudiente.

Esas se alzaban alrededor de jardines cercados y estaban construidas de madera amachimbrada, amarrada sobre polines.

También había casas de otates, caña brava o guarumbo con techos de tejas de barro, o de manaca, paredes encaladas y un amplio zaguán.

Rejas de fierro en las ventanas sobresalían sobre las angostas banquetas.

Qué diferentes eran esas viviendas a las de los pueblos norteamericanos, pensó Benjamín.

Allá todas las casas eran idénticas y aquí, en cambio, cada uno construía lo que quería.

La otra gran diferencia eran los desagües.

Este pueblo estaba empedrado con guijarros y las calles tenían un profundo canal en el centro. Era para las lluvias, explicó Pedro.

—Aquí cuando llueve, llueve. Estos canales se llenan hasta arriba. Créame que uno es feliz de tener este empedrado en donde pararse y no mojarse.

La prisa de las bestias, que ya veían el fin de su jornada, hacía que la carreta se sacudiera con más violencia.

La plaza, ubicada en el centro de la ciudad, era una romería.

Los árboles de almendro daban sombra a las bancas blancas de hierro forjado.

En el centro estaba un kiosco octagonal estilo mudéjar de arcos trilobulados y barandales de hierro fundido en donde ahora mismo tocaba una marimba.

Los lugareños disfrutaban de la velada bailando o platicando enfrente de múltiples puestos.

Las lámparas de petróleo colgaban de lazos de colores frente a las tiendas.

En San Francisco, la gente a esas horas ya estaría recogida.

Había un orden de horario que se respetaba.

En cambio aquí, al parecer, la fiesta duraba hasta que el cuerpo rindiera, pensó.

Pedro detuvo las bestias enfrente de las Oficinas del Registro de la Propiedad.

—Aquí le darán los planos de su lote, señor Wolf.

Venga usted tempranito, les muestra su documento de compraventa y le darán sus papeles.

Ya que los tenga, regrese usted aquí mismo y por allá, enfrente de la iglesia, verá a Anastasio, el cochero de las fincas —señaló una esquina de la plaza—.

Él lo llevará a La Colonia. Así que aquí espérelo.

Nomás que se arregle usted con el Registro, venga a buscarlo.

Con eso, le entregó su maletín, recibió su pago, se despidió y partió.

Benjamín caminó por el parque, cargando sus pocas pertenencias.

Necesitaba desentumir el cuerpo después de aquel viaje de tortura.

A esas horas de la madrugada había una brisa suave, refrescante.

Olía a flores y a fritanga. La plaza estaba sembrada con árboles de huacal.

Abundaban las palmeras, nances, marañones y guayabos.

En esta tierra todo se da, observó maravillado y se alegró de estar ahí.

Igual de frondosos serían sus cafetales.

En un costado de la plaza se alzaba el templo y hacia allá se dirigió.

Él no era un hombre de fe, pero aquella obra era digna de admiración.

Tenía una fachada principal y tres torres, además de un reloj que se encontraba en el centro de la iglesia.

En el atrio, algunos indígenas comenzaban a alzar sus puestos.

Los mercaderes, bien envueltos en frazadas de lana, desplegaban su mercancía sobre unos petates en el suelo: frutas secas, encurtidos, muñecas de trapo mal hechas, figuras de barro y tejidos ásperos.

Un hombre colocaba leños sobre una mesa, haciendo un fogón.

A su lado, una mujer empezó a hacer tortitas para asarlas sobre el fuego.

La observó con curiosidad sin saber que las tortitas eran tortillas y que el traste era un comal.

El aroma pronto atrajo a los clientes y él, que de pronto sintió un hambre feroz, se unió a ellos.

Por medio de señas y de risas —algo veía en él la marchanta que le daba risa—, le compró sus tortillas.

Se sentó en una banca para comérselas y en eso estaba, comiendo y admirando la iglesia, cuando vio llegar a un hombre que por su apariencia parecía ser extranjero como él.

Vestía la ropa de los nativos del lugar, eso sí, y también un amplio sombrero, pero su estatura aventajada, en comparación con la de los indígenas y su piel clara, delataban su raza aria.

Portaba bigote y una barbilla de chivo y caminaba con arrogancia. Al ver a Benjamín se detuvo.

—Buenos días —lo saludó en inglés y le extendió la mano. Este es el país de darse las manos, pensó Benjamín, limpiándose la suya en el pantalón antes de estrechar la del caballero.

—Benjamín Wolf, a sus órdenes.

El hombre asintió con la cabeza y se quitó el sombrero. Tenía la cabeza rapada. Se sobó la calva en un gesto de impaciencia.

—Disculpe, señor Wolf, ¿viene usted de San Benito?

—Sí. Acabo de llegar.

—¿De casualidad no viajó con usted un caballero alemán de nombre Kurt Schmidt?

El hombre tenía un modo autoritario, casi grosero, al hablar. Benjamín no pudo evitar sentir desagrado por él.

—Sí, señor, pero él agarró transporte a Huixtla.

—¡ Oh nein ! —exclamó irritado—. ¡Pero si le dije que nos viéramos aquí!

De pronto Benjamín adivinó quién era.

— Espere. ¿Es usted el administrador de la finca La Victoria?

— Doch . Soy Adolfo Meyer. Disculpe mi enojo, pero es que ese joven se dedica a complicarme la vida, ¡gottverdammt !

Benjamín no supo qué decir. Era evidente que aquel señor traía algo atorado en contra del hijo de sus patrones y que nada tenía que ver con el malentendido sobre el lugar de encuentro. Se notaba que era agrio de carácter, ya de por sí.

—Kurt creía que se encontrarían en Huixtla —comentó, queriendo defender a su nuevo amigo.

—El joven Kurt nunca entiende nada, señor Wolf. En mi opinión, sus padres debieron haberlo dejado en el extranjero. Tengo rato de estar aquí, en este pueblo miserable, esperándolo. Pues bien. Tendré que ir a buscarlo a Huixtla. Danke dir.

Con eso, dio media vuelta y se marchó estampando su furia en el empedrado.

Benjamín lo vio alejarse y sintió pena por Kurt.

No debía ser fácil tener que trabajar con una persona así, pensó.

Volvió a su desayuno. La campana de la iglesia comenzó a sonar, llamando a los feligreses a la primera misa.

El repiqueteo espantó a una parvada de palomas que volaron del campanario a los árboles. Llovían plumas en el parque.

Benjamín acudió al Registro Público de la Propiedad apenas abrieron las puertas, decidido a reclamar su finca.

Para ello llevaba consigo la escritura de la compraventa que había firmado en San Francisco con la compañía de deslinde.

El trámite fue relativamente sencillo. Todo estaba en orden, le aseguró el encargado, aunque tardarían una semana en entregarle los planos.

Con la ayuda de su diccionario, Benjamín preguntó en dónde podría hospedarse.

—Le recomiendo la hostería del señor Tavernier —respondió el empleado—. Está cerca y el propietario habla su idioma. Podrá entenderse bien con él.

Benjamín recogió sus pertenencias y se dirigió a la dirección indicada.

El hotel era una casa grande de muros de adobe cubiertos con yeso, techos de teja de barro y pisos de ladrillo rojo.

En la recepción lo atendió una mujer mexicana.

Benjamín solicitó alojamiento en su español atropellado y ella sonrió, se disculpó y regresó poco después acompañada de un hombre.

Era Pedro Tavernier, dueño del hotel y esposo de la cordial recepcionista.

— Willkommen , caballero —lo saludó—. Sprechen Sie Deutsch?

— Ich spreche ein bisschen Deutsch, pero prefiero el inglés o el español. Quisiera aprenderlo mejor.

—Para aprender más rápido no hay nada como una buena maestra —replicó don Pedro, guiñándole un ojo a su mujer. Ella se sonrojó y ambos rieron.

Desde ese momento Benjamín se sintió en casa.

Don Pedro le mostró la propiedad. En su interior se abría un amplio patio.

A un lado estaban la cocina y las habitaciones de la familia, y al otro, los cuartos que daban a la calle principal.

Cada uno tenía una puerta hacia el patio y otra hacia la calle, lo cual daba lugar a un aire abierto y hospitalario.

La recámara que le asignaron tenía un techo muy alto con dos ventanillas en la parte superior del muro.

Tan pronto don Pedro le entregó las llaves de su recámara y se retiró, Benjamín se desplomó en el catre tendido con colchones y sábanas limpias y almidonadas.

Hacía mucho que no dormía en una cama de verdad.

En cuestión de segundos se quedó profundamente dormido.

La semana siguiente fue para Benjamín un tiempo de descanso y aprendizaje.

Tapachula le pareció un pueblo fascinante, habitado por personas alegres y amables.

Don Pedro y su gentil esposa se encargaron de presentarlo con sus amistades: el señor Henckel, dueño de la tienda alemana, el señor Albert Moody, propietario de la única nevería y el señor Juan Serieu, un panadero francés.

Cuando Benjamín probó uno de sus afamados bolillos, quedó gratamente sorprendido: firme y esponjoso, con una corteza crujiente y un migajón delicadamente agrio, como el verdadero pan francés.

Nunca habría imaginado que en ese pequeño pueblo se consiguiera un pan tan exquisito.

Don Pedro también le presentó al banquero, el señor José Revuelto, porque —le aseguró— «uno nunca sabe en qué momento se necesita un préstamo».

Lo citaron en una cantina, donde don Pedro les convidó un posh .

Como Benjamín no bebía, le dio las gracias y pidió un café en su lugar.

El gesto molestó ligeramente al banquero quien, ofendido por el desaire del joven extranjero, se empinó la botella.

—Si va a sobrevivir en estas tierras, señor Wolf, tendrá que agarrarle el gusto a esta bebida —dijo, un poco en broma y un poco en serio—.

Sepa usted que posh significa «medicina para el alma» en tzotzil.

Todo cura, caballero: el miedo, la tristeza, el mal humor.

Hasta ayuda para hablar mejor el español —agregó, soltando una carcajada.

Benjamín observó que esto último estaba lejos de ser cierto. Conforme el banquero iba bebiendo, su manera de hablar se volvía más torpe y confusa. Al cabo de un rato ya le costaba mantener la dignidad.

Además de presentarlo con varios personajes, los hosteleros tuvieron la amabilidad de mostrarle su bella ciudad.

Lo llevaron al mercado, donde probó delicias típicas como el champurrado, el tamal de gallina y el arroz con leche.

También lo llevaron al río Coatán, lugar predilecto al que acudían las mejores familias al atardecer para chapotear en la placentera corriente.

Por la noche disfrutaron de la marimba en la plaza, donde los vendedores ambulantes pululaban ofreciendo una gran variedad de dulces típicos, pasteles y ponche caliente.

En ese parque, era costumbre que las jovencitas, acompañadas por sus «dueñas» —madres, tías, abuelas—, pasearan en un sentido, mientras los hombres, jóvenes y viejos, caminaban en la dirección opuesta, lo cual permitía que unos y otros se observaran al cruzarse.

Una costumbre interesante, pensó Benjamín, aunque se rehusó a participar, pese a las insistencias de sus guías.

Algún día, cuando pudiera hablar bien el español, regresaría, les dijo.

Una semana después, Benjamín salió del Registro Público de la Propiedad con los planos de su lote bajo el brazo.

Ahora sí comenzaba la aventura, pensó, sintiendo una gran emoción.

Y con paso ligero y el corazón desbordado fue a buscar al cochero, el tal Anastasio, enfrente de la iglesia, como le había aconsejado Pedro, el otro cochero. El parlanchín.