Tiempo de flor y de ceniza Las Nubes
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Las Nubes

Finca La Victoria, Soconusco, Chiapas

María había pasado la noche en vela pensando en la encomienda del Picho. Se pondría muy bravo el viejo caporal cuando supiera que no le había hecho caso. No le daría su mensaje a Amada. Nadita le iba a decir.

Hoy no era preciso ir por agua o un tercio de leña, ni echar tortillas, ni cuidar borregos.

Hoy tocaba ayudar abajo con la pizca del grano.

El desayuno se lo darían en la bodega junto a la gallera, donde dormían los solteros de la peonada.

Si no se apuraba y llegaba a tiempo a reclamarlo, regalarían su porción, una escasa ración de frijol y tortillas que compartía con el Choco.

Y si no comía, tendría que trabajar con la panza ardiéndole de hambre.

Además, si no se iba ya, no tendría tiempo de saludar a la Luna- Su’ en el arroyo, que era como le gustaba comenzar sus días cuando iba al cafetal: con los ojos llenos de luna.

Aunque el Tata seguía con ella en el corazón, todo había cambiado desde su partida.

Los patrones ahora ocupaban a Amada como cocinera en la Casa Grande.

Era demasiado bonita, decían, justificándose.

No querían que Amada anduviera paseando su lindura por el cafetal, ahora que el abuelo no estaba para protegerla.

No querían pleitos de faldas entre los peones.

Ya bastante lata daban. Amada estaría mejor ayudándolos en la cocina, sentenciaron.

Y la sacaron del campo así nomás. Por eso ahora a ella le tocaban las labores que antes hacía Amada en el jacal.

Encima, cuando los patrones lo ordenaban, también tenía que ayudar a cortar.

Como hoy. Eran tiempos de tapisca y ella, con sus manos pequeñas, era hábil recogiendo cerezas.

Se apresuró con los quehaceres matutinos y cuando acabó, se abrigó y salió al campo.

Movió los borregos de corral para que no se enlodaran y después descendió con el Choco por el sendero escabroso que zigzagueaba hasta la gallera.

Le gustaba caminar por aquella brecha estrecha, aunque fuera resbalosa, porque era el atajo más corto y el más bonito.

Eso sí, tenía que enterrar bien el talón y cuidarse de los tigres de monte y de las culebras, que andaban por ahí hambrientos.

Recién un gato montés se había tragado una cabra entera.

Nada había quedado del animal. A cada rato se perdían pollos y pavos, borregos y cerdos.

Lo bueno era que ella no sentía miedo. El Choco espantaba a las bestias.

Además, ella conocía ese bosque denso y lluvioso como la palma de su mano.

Lo mejor de caminar en la madrugada era el canto de los pájaros.

Todos cantaban en coro, menos las guacamayas.

Esas hacían escándalo, pero nunca tan temprano.

Tampoco las chachalacas. Ahí merito estaban, escondidas en la arboleda, guardando sus duetos para después.

Las chicharras sí, esas siempre cantaban desde lo más alto de las ramas.

En el bosque siempre había ruido, mucho ruido.

Y a ella el ruido la hacía sentirse en paz.

Era lindo andar por ahí a esas horas porque los mosquitos no se metían a los ojos y se podía ver bien el paisaje, sobre todo ahora que la neblina comenzaba a alzarse.

Clarito se miraban las montañas rugosas.

En el sendero los bejucos y los helechos colgaban de las matas, dando techito.

Las orquídeas crecían encima de las ramas, adornando palos que ni siquiera floreaban.

Eran mata-palos. Pero lo más hermoso era el sembradío: un tapiz colorado, amarillo y naranja de hileras e hileras de cafetos en cereza.

Mirándolo desde allá arriba, el campo parecía la cabeza de un gigante bien peinadito.

Al llegar al puente colgante de bejucos se sentó y el Choco descendió presuroso a chapotear y saciar su sed en el arroyo.

Ella meció las piernas sobre el agua y contempló a la luna que ya palidecía.

Sin duda Tata, desde el Otro cielo – Otra tierra, también veía a la señora Luna- Su’ .

Cerró los ojos y respiró el olor perfumado de los cafetos, deseando quedarse ahí todo el día.

El Choco regresó, se sacudió la melena, salpicándola y luego se echó a su lado, vigilando alerta su entorno, con las orejas bien paradas.

Ella contó las estrellas conforme iban desvistiéndose de la bruma.

¡Qué lindo bordado de centelleos sobre aquella manta oscura que era el cielo!

De repente el Choco gruñó. Antes de que María pudiera reaccionar, el perro brincó y comenzó a ladrar feroz hacia la maleza.

Algo se movía en la espesura. La niña se levantó.

Un animal, ¿será?, se preguntó con aprehensión.

Asió a el Choco por el cuello y trató de calmarlo, pero él siguió ladrando con más y más rabia, pelando los colmillos, amenazante.

Un mapache, ¿será? Y por si acaso, se retrajo en dirección opuesta a las matas, arrastrando al Choco que se resistía y ladraba.

Cuando alcanzó tierra firme, al otro lado del puente, se encuclilló y agarró una piedra grande para defenderse de aquello, lo que fuera.

La mano del miedo acariciaba su vientre.

Justo entonces percibió el olor a cigarro y vio una luz tenue, apenas una chispa, que brillaba en la penumbra.

El reflejo de la luna iluminó la mano que sostenía el cigarrillo.

Ahí estaba el bra zo, el torso y finalmente la figura del hombre ensombrerado.

Las botas golpearon el tablero del puente, meciéndolo conforme avanzaba hacia ellos.

María reconoció el caminar despiadado y supo a quién tenía enfrente.

Al caporal. Cuando estuvo a unos pasos se detuvo.

—Agarra a tu animal antes de que lo mate —ordenó con esa voz temida, inconfundible. Le aventó una reata—. Amárralo con eso —dijo.

El Choco ladró y gruñó, rabioso. María recogió la reata con la mano libre. Temblando, logró pasársela por el cuello al Choco justo cuando el perro se abalanzaba para atacar. Luego lo ató con firmeza al tronco de un árbol mulato.

El caporal arrojó el cigarro al arroyo y se le acercó. La punta plateada de su lazo, atado en su cintura, centelleaba con cada paso. Cuando llegó a su lado, le agarró una trenza y se la jaló, acercándola. Le alzó la cara, forzándola a verlo. Tenía las manos fuertes y frías.

—Te mandé un recado para Amada y no se lo diste, ¿verdá? —preguntó, severo.

María trató de no respirar. El aliento del señor apestaba a suciedad.

—¿Por qué no obedeciste? ¡Habla, maldita chamaca! ¡Contéstame!

Pero ella no podía hablar. Se soltó a llorar y él, más enardecido, la soltó, pero sacó el lazo.

—A mí no me desobedece nadie, mucho menos una india como tú.

María comprendió lo que seguía y supo lo que tenía que hacer. Apretó los ojos y huyó muy adentro de sí misma, lejos de ahí. Lo último que escuchó antes de desfallecer fueron los ladridos feroces del Choco y el escándalo de las chachalacas. Le pareció muy raro que hicieran ruido a esas horas.