San Benito
Benjamín se despertó con el roce de las cadenas en los escobenes. Hemos llegado, pensó despabilándose. Había dormido profundamente y su cuerpo se lo agradecía. Nunca se había sentido tan pleno o feliz.
Apartó la cobija y saltó del camastro tratando de no despertar a nadie en el camarote que compartía con otros pasajeros. Se vistió de prisa y subió a cubierta. El aire frío de la mañana acabó de despertarlo. En la proa, el capitán observaba la costa verde con su telescopio.
—Bajen anclas —ordenó el hombre barbudo a un marinero—. No podemos acercarnos más sin correr peligro.
Señalaba una playa tendida sin fin. Atrás de la línea suave de la arena, que se extendía hasta donde alcanzaba el ojo, se alzaba una selva encopetada por nubes bombachas que semejaban una coliflor.
La costa estaba desierta. Ni un perro salía a recibirlos.
A Benjamín le pareció que aquel lugar era un paraíso que, a no ser por el suave baile de las palmeras, bien podría ser un lienzo.
—Si este es su destino, sugiero que empaque, caballero —advirtió el capitán—. Pronto vendrá la lancha a recogerlo.
No había muelle en ese puerto improvisado, ni manera de acercar los barcos a la orilla.
El desembarco de los pasajeros y las mercancías se hacía en lanchones con remos que tenían que rebasar tres barreras de arrecifes y vencer el oleaje en la playa.
A lo lejos, en la arena, Benjamín observó a varios hombres subirse a una lancha.
Uno de ellos capitaneaba a gritos, dirigiendo al resto.
Todos maniobraban aguardando las olas grandes para ayudarse a llegar a la boya. No tardarían en llegar.
Benjamín bajó a su camarote y en pocos minutos empacó sus pocas pertenencias. Lo más valioso era su hacha, la herramienta que había heredado de su padre. Con ella siempre se había ganado la vida. Subió a la cubierta y se encontró con Kurt quien, igual que él, llevaba su maletín a mano.
—Buenos días, señor Wolf —lo saludó afable—. Lo extrañamos en la cena.
—Me ganó el sueño —contestó él y era verdad. El cansancio había sido más fuerte que el hambre, pero el ayuno había valido la pena. Se sentía entero—. ¿Se baja usted aquí también? —le preguntó.
—Sí, pero de ahí yo parto a Huixtla a encontrarme con el administrador, como le platiqué.
—Muy bien. Pues aquí estamos.
Benjamín dio un último vistazo melancólico a esa nave que lo había entregado a una nueva vida.
Algún día, cuando tuviera su finca, la nombraría en honor a ese barco, decidió.
Finca Panamá. La cosecha sería abundante y el café sabroso, como el que se producía en ese país. El café panameño era muy codiciado.
Desembarcaron por la puerta de carga al lado del barco y abordaron la lancha que ya los aguardaba, meneándose como corcho sobre las olas.
El mar estaba picado, o cuando menos así le pareció a él.
Era la primera vez que se encontraba así, desamparado y a la merced de esa masa líquida, temperamental.
No cabe duda de que no soy hombre de mar, pensó al abordar, y sintió aprehensión ante lo decisivo de aquel momento.
Atrás quedaba la solidez y la seguridad de lo certero y al frente el sueño, si no antes la lancha lo arrojaba al mar con su jaloneo.
Kurt percibió su recelo.
—Ánimo, compañero. Agárrese bien y mantenga la mirada en tierra firme. No pasa nada.
Habiendo abordado todos los pasajeros, los bogas jalaron la lancha con el cable hasta la boya y, al llegar, posicionaron la lancha en línea.
Subieron el cable, lo colocaron entre las pasarelas y remaron con furia hacia la playa, montando las olas con destreza.
El reventón de las olas mojó a todos, cosa que no preocupó a los nativos que andaban en taparrabos. Benjamín quedó empapado.
Tan pronto tuvieron vado en la orilla los remeros brincaron de la lancha y la arrastraron hasta encallar en la arena.
Benjamín les entregó su equipaje, pero no soltó su hacha.
Se quitó las botas, las calcetas y se remangó los pantalones, aunque estos ya estaban mojados.
En ese momento, lo único que deseaba era pisar tierra firme.
Brincó al mar y al hacerlo se llevó una gran sorpresa.
El agua era tan tibia como el agua de una tina.
San Benito tenía solo unas cuantas palapas y una casa de madera de dos pisos con techo de lámina de zinc. Esta última era la oficina y la bodega del puerto. Hacia allá se dirigieron en comitiva, pasando a lo largo de las palapas.
Un señor alto salió de la pequeña casa a recibirlos.
—Bienvenidos a San Benito —dijo en inglés, y les extendió la mano—. Mi nombre es Matheny y soy el agente del puerto. Me imagino que vienen a las fincas.
—Benjamín Wolf, a sus órdenes.
Kurt también le estrechó la mano.
—Kurt Schmidt, aunque nosotros ya nos conocemos, señor Matheny. Un placer verlo de nuevo.
—¡No puede ser! La última vez que lo vi era usted un chiquillo. Bienvenido a casa, joven. Sus padres estarán deseosos de verlo.
—Y yo de verlos a ellos.
—Terminó sus estudios, ¿supongo?
—El mes pasado.
—Lo felicito. Ahora sí le darán las riendas del negocio.
—Espero que no. No me siento preparado para ello.
—Pronto lo estará, se lo aseguro —rio el agente y después regresó al asunto que a todos concernía.
—Y bien, caballeros. ¿Van a las fincas?
—Sí —contestó Benjamín—, pero antes me gustaría comer algo.
—Por mi parte aquí me despido —dijo Kurt—. Mi destino es Huixtla, y si no me equivoco, allá me espera mi cochero.
—Efectivamente, señor Schmidt, ese señor lleva rato esperándolo.
—Le encargo a usted al Señor Wolf. Es la primera vez que pisa suelo chiapaneco.
—Descuide, para eso estamos.
Los jóvenes se despidieron con un apretón de manos y el agente se encaminó con Benjamín hacia la oficina.
—Me sorprende que tenga hambre, Señor Wolf, casi todos los pasajeros llegan mareados.
—Por fortuna, ese no fue mi caso. El viaje me abrió el apetito.
—Muy bien. Como puede ver, esta apenas es una «aldeada», como le dicen los nativos, pero contamos con tres tiendas de chinos. Sígame usted. Y si quiere, puede dejar aquí sus cosas.
Benjamín dejó el saco con sus pertenencias, pero no su hacha. Caminaron juntos hasta una choza techada con palma. Una suave brisa aminoraba el calor bochornoso.
La pequeña fonda no era más que una palapa con un fogón y un par de mesas. Era propiedad del señor Loon y su esposa, le explicó Matheny, y ellos prontamente se acercaron a atenderlos.
—¿Cómo es que hay tanta gente china por estos rumbos? —preguntó Benjamín.
—Vaya usted acostumbrándose, señor Wolf.
No hay pueblo en el Soconusco, por pequeño que sea, que no tenga tienda de chinos.
Aquí el Señor Loon lleva más años que nosotros.
Según nos cuenta, llegaron en 1870. Fueron siete chinos que se embarcaron en una balsa de juncos desde Guatemala.
Son originarios de un pueblo de Cantón denominado Kaw Kong, en el Municipio de Namhoi.
Desde entonces han llegado muchos más. Ya verá la cantidad de tiendas que tienen en Tapachula, la Tay Chong, Kwong y Tock Lee.
—¿Son restaurantes?
—Son de todo un poco. Están conectadas con casas comerciales importantes en China y San Francisco.
Importan toda clase de telas de seda, de lana, una gran variedad de mercancía.
Son dueños de casi todas las tiendas de abarrotes y restaurantes.
Algunos, incluso, son cocineros en las fincas.
Otros recorren las calles de Tapachula con sus sombreritos de cono y sus varas de árbol en los hombros, recogiendo el estiércol de los bueyes, mulas y caballos para sus huertas.
Trabajan duro, señor Wolf. Esta gente no muere de hambre.
A Benjamín le pareció interesante que en los restaurantes chinos sirvieran comida mexicana.
Estaba deliciosa. El pescado de la costa era un manjar.
Nunca había comido piña tan dulce y jugosa.
Por primera vez, probó el agua de coco que, según el señor Matheny, le protegería el estómago.
Cuando terminó de comer, abordó el tema que más le interesaba.
—¿Qué transporte me aconseja que contrate para llegar a La Colonia?
—Pues mire, ¿ve usted esas chozas? Ahí están los carreteros.
Ellos lo llevarán primero a Tapachula. De ahí tendrá que contratar otra gente para subirlo a las fincas.
Cuando llegue a Tapachula le recomiendo que vaya usted al parque y busque a Anastasio.
Él es de toda mi confianza y le cobrará lo justo.
—¿Usted se queda?
—Sí. Yo aquí me quedo un día más, pero mañana, igual que usted, parto para allá. Vivo en Tapachula y ahí tiene su casa. Aquí solo vengo a caballo cuando hay que recibir o despachar a los barcos.
—¿Desde aquí mandan el café al extranjero?
—Así es. A veces sacamos el grano por Puerto Arista, cerca de Tonalá, pero menos.
Los arrieros por la noche bajan, calladitos, ni se les siente, con sus mulas cargadas de grano en oro.
Unos vienen directo de las fincas y otros del beneficio La Esperanza.
Anoche llegaron varios y seguro algún carretero lo lleva a Tapachula, como le digo.
—Muchas gracias —dijo, agradecido por la amabilidad del hombre que apenas lo conocía.
—Venga, señor Wolf. Vamos a negociar con esos hombres. Lo acompaño.
Los carreteros estaban en el proceso de preparar a los bueyes y ya comenzaban a arreglar el tren de carretas.
Por primera vez, Benjamín tuvo oportunidad de ver de cerca a los nativos.
Nunca había visto hombres tan pequeños. Ni siquiera los chinos eran tan menudos.
No obstante, y a pesar de su baja estatura, eran fuertes y duros como rocas.
Ahora mismo alzaban la pesada mercancía, acomodándola sobre la carreta sin dificultad.
Se acercaron a ellos y, con la ayuda del señor Matheny, Benjamín consiguió negociar un precio razonable para su traslado. Uno de los cocheros sorprendentemente hablaba inglés. Lo contrató. Cuando todo estuvo listo, los caballeros se despidieron.
—Sospecho que le irá bien, señor Wolf. En cuanto pueda lo iré a buscar a las fincas.
—Le agradezco su gentileza. Allá lo espero.
La carreta asignada iba hasta el tope de carga, pero Benjamín no se quejó.
Se trepó hasta arriba con agilidad y se agarró bien de las reatas.
El sol se ponía en el horizonte y su reflejo bañaba el mar.
El cochero azuzó las bestias y partieron.
El joven americano sintió paz. Algún día regresaría a esa playa hermosa de San Benito, pero antes tenía un compromiso con la tierra.