Tiempo de flor y de ceniza María #3
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María #3

También les había enseñado a esquilar las ovejas sin lastimarse. Botarlas, apretarlas con las piernas y amarrar bien las patas para que no patearan. Incluso, las niñas sabían cortarles el rabo y castrarlas.

—No es fuerza lo que se necesita, sino habilidad —decía, mostrándoles las técnicas.

Desde chicas aprendieron a cardar y hacer hilo en el malacate de barro, a lavarlo con atole de maíz criollo, teñirlo con tierra negra o lodo, y hervirlo con yerbas de chatec para fijar el color.

María, sobre todo, tenía manos prodigiosas, según decían.

Hacía hilo con una habilidad envidiable y sus telares de cintura eran los más codiciados.

Hoy, en el fondo de su pequeño corazón, estaba satisfecha de estar cumpliendo con la encomienda de su Tata: conocía la Palabra de los Abuelos y sabía cómo ganarse su comida cuidando borregos ajenos, espantando pájaros que se comían las granadas y los plátanos, vendiendo chicha , calabaza y telares.

Algún día se ganaría el respeto de sus semejantes sanando también, pero antes necesitaba que el Tata le diera su bendición para anunciarse como sanadora y comenzar a curar.

«¡Mándame un sueño Tata!», oraba siempre antes de dormir.

Pero el sueño no llegaba. Y María no entendía por qué, si los dioses querían que cumpliera su cometido ¿por qué pue se habían llevado al Tata?

, ¿ora quién le iba a acabar de enseñar a curar?

El Choco comenzó a ladrar. María alzó la mirada de su faena y vio acercarse por el sendero la silueta de un hombre mayor.

Enseguida lo reconoció por la manera en que cojeaba al andar.

Era el Picho, el viejo caporal que trabajaba en el pante del río.

Avanzaba decididamente hacia ella y eso la sorprendió.

Miró tras ella, pero nadie había a su espalda.

El señor la buscaba a ella. Entonces sintió miedo.

¿Qué asunto querrá conmigo?, se preguntó alarmada.

Algo malo pasó a mi hermana, ¿será?, pensó con angustia.

Amada no había regresado de Tapachula. La posibilidad le apretó el pecho.

—¡Agarra tu chucho! —gritó el Picho y señaló al Choco que ya lo acechaba, ladrando rabioso.

María se incorporó de prisa y llamó al Choco a su lado. El perro retrocedió un poco y al insistir ella bajó la cola inconforme, pero acató la orden de su pequeña ama.

—Ven pa acá, niña —ordenó el hombre. Jadeaba por el esfuerzo de la caminata.

María se le acercó temerosa con la mirada baja. No quería escuchar las palabras que fuera a decir ese señor.

—¿Ónde anda tu hermana? —le preguntó él sin preámbulos.

Que lo preguntara fue un alivio. Si no sabía el paradero de Amada, entonces nada malo le había pasado.

—Jue pa Tapachula.

—¿A qué, pue?

—Caso sabemos —contestó, alzándose de hombros.

El hombre se quitó el sombrero y se abanicó el rostro. El señor ya estaba crecido en años, observó ella. Tenía nubecillas en los ojos. Le estaba agarrando la ceguera como a los borreguitos. Sintió lástima por él. Quizás era bueno ese señor.

—Me mandó a buscarte el caporal. Quiere que le digas a tu hermana que en la noche la va a estar esperando ajuerita de la tienda de raya.

Ella nada dijo, pero asintió con la cabeza.

—Bueno, pue, yo ya cumplí —comentó él. Escupió en la hierba antes de continuar—. Y no pongas esa carita de mártir, chamaca —dijo ahora con enojo—. Hay que resignarse. Tiene suerte tu hermana que el caporal se esté fijando en ella.

María aceptó el regaño en silencio y trató de ocultar su rostro lo mejor que pudo. No estaba tan ciego el Picho, decidió, si podía ver su zozobra.

—¿Tienes por ahí un traguito de chicha ?

Ella negó con la cabeza.

—Ah, qué chingao —gruñó él.

—Después le traigo una jícara, si gusta —ofreció.

—Bueno, pue. Ái te espero.

El hombre se alejó cojeando y la paz que María había sentido todo el día se fue con él.

No quería que ese caporal malvado, el que buscaba a Amada, el mismito que mandaba a todos los caporales de la finca, le hiciera daño.

Tampoco quería que le volviera a pegar a ella por no darle su mensaje.

De un tiempo para acá, esa maña había agarrado el caporal cuando no se salía con la suya.

Le pegaba, pue. ¡Duro pegaba ese señor! Ahora, a juerzas quería que Amada lo fuera a ver, pero Amada no quería estar con él.

Nadie quería estar con ese hombre. Era feo y malo y golpeaba nomás porque sí. Duro.

La niña escrutó el cielo: el sol ya subía al cenit. Era casi el mediodía y ya tenía que mover a los animales. Recogió su menester, se levantó y fue por las ovejas. Arreó al rebaño con la ayuda del Choco y lo llevó al arroyo a saciar su sed.

No le daría el mensaje a su hermana, decidió, mirando a los borreguitos beber.

Aunque pegara duro el caporal, no le diría nadita a Amada.

El perro, presintiendo su angustia, se acercó a lamerle las manos.

María lo acarició. Entonces recordó las palabras de su abuelo: uno no siempre tiene que resignarse.

A veces hay que defenderse. Sí. A veces había que pelear como el Choco.

A veces había que pelarle el colmillo al coyote pa proteger a las ovejas.