Tiempo de flor y de ceniza María #2
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María #2

Lo único malo de cuidar ovejas ajenas fue que, en un principio, María había tenido que usar un poco de sus ganancias para comprar sal.

El señor de San Juan se había ido y no le había dejado la sal que los animalitos ocupaban para no enfermarse.

Por fortuna, un día, cuando andaba en el bosque recogiendo hierbas, se le acercó una ladina entrada en años y le ofreció sal a cambio de un tercio de leña.

El trueque fue bueno para ambas. Ella de cualquier manera buscaba leña y nada le costaba hacerse de unos palos más para la anciana.

Desde entonces, todos los borreguitos comían su sal.

Aun así, de vez en cuando se enfermaban, pero ella rápido los curaba con la ayuda de San Juan Bautista, a quien había que rezarle.

Nunca se le había muerto un solo borrego.

Tampoco se le había perdido ninguno, eso gracias al Choco.

Lo que sí, es que a veces les pegaba la ceguera a los animalitos.

Los ojos se les ponían verdes y ya no podían encontrar su camino.

No conocían su corral. María estaba segura de que eso les pasaba porque sus ojos eran diferentes a los demás animales.

Tenían pupilas rectangulares. Esa peculiaridad la enterneció con aquellos animales mansos e indefensos.

Ella también tenía los ojos raros. «Ojos de búho, de tigre, de lagarto», decía la gente.

«Ojos de curandera», decían algunos. «De bruja- pukuj », decían otros.

A ellos, los que levantaban falsos, trataba de no hacerles caso.

Otra cosa dirían si supieran de sus sueños- vayichil .

María no podía hablar de esos sueños porque su Tata se lo había prohibido.

Solo él y ella sabían la verdad. A los seis años su alma- ch’ulel había sido llamada por los Señores.

El mandato era comparecer ante los dioses de la Gran Montaña Mayor y hasta allá fue su alma- ch’ulel , a encontrarse con las deidades que ahí, en la sagrada montaña, le otorgaron el poder de curar.

Ella, siendo una niña, poco había entendido de esas pesadillas que la despertaban a medianoche y la llenaban de terror.

Cuando despertó del último sueño no pudo contenerse.

Corrió a contárselo a su Tata deshecha en llanto.

Él la escuchó muy atento y le hizo muchas preguntas.

Luego le tomó el pulso varias veces y al final la abrazó.

—No tengas miedo, niña —dijo—. Nada malo pasa. Has sido elegida para sanar. Vas a seguir mis pasos. ¡Vas a ser h’ilol !

—No queremos ser h’ilol —protestó vehemente.

—No está en nosotros cuestionar la voluntad divina —respondió él, firme, pero con cariño.

Y enseguida le advirtió—: A nadie le cuentes de tus sueños todavía, ni siquiera a Amada porque te tildarán de loca- chub’a .

Las hembras casi nunca son llamadas a servir de h’ilol .

Tú serás la primera en mucho tiempo y mañana mismo comenzarás a aprender.

¡Alégrate! Los dioses te nombraron por tu gran corazón. Somos soy uno, tú y yo.

Y rezaron juntos.

Al día siguiente, el Tata había ido a buscarla al campo y ahí sin más testigos que los borregos y el Choco le había entregado ceremoniosamente las herramientas del oficio que era su destino: flores, velas, un incensario, sal de Ixtapa, yerbas y canastos para recibir los alimentos que los pacientes le darían algún día en agradecimiento.

Luego la hizo meter un dedo en un plato lleno de sangre y le enseñó a pulsar.

También le enseñó a rezar con la Palabra para que sus poderes crecieran.

A partir de ese momento el abuelo insistió en que María lo acompañara a sus curaciones.

Al principio, la gente los miraba con recelo, pero pronto se acostumbraron a ver a la nieta con el h’ilol , ayudándolo.

Ni María ni el Tata mencionaron jamás los sueños de la niña, pero los pacientes de alguna manera intuían que ella también poseía dones curativos.

Ahora que su abuelo ya no estaba, algunos enfermos comenzaban a buscarla.

Otros no. Otros le achacaban maldad porque, asegún ellos, hacía cosas que ningún h’ilol debería de hacer.

Que no era del Bien andar reviviendo animalitos, decían espantados.

Poderes de brujo- pukuj eran esos, apuntaban desconfiados.

Incluso su hermana Amada le había echado la culpa por un conejo que, según alegó, ella había vuelto a la vida.

Pero eso no era verdad. Ella nada había hecho.

Solo le había dado lástima verlo petateado, tan bonito que era.

Y así estaba, mirándolo, cuando sucedió lo que solía sucederle cuando sentía pena por los animalitos: se había dormido.

No había sabido más de sí. Después, cuando despertó, ahí estaba el conejo vivo de nuevo.

Pero ella nada había hecho. Nada. Ni un dedo había movido ella, solo durmió.

A María no le gustaba que Amada la mirara con miedo.

O que la acusara de estar haciendo cosas de bruja- pukuj .

¿Cómo podía pensar mal de ella? Amada la conocía mejor que nadie.

Debería saber, aunque no se lo hubieran dicho, que María era h’ilol .

Hubiera querido decírselo y contarle sobre sus sueños, pero el Tata se lo tenía prohibido.

No podía decírselo a nadie, ni siquiera a Amada.

Pero ahora que el Tata ya no estaba, ese era el dilema de la niña: no sabía qué hacer o qué decir, o qué callar.

Todos los días rezaba para que su alma- ch’ulel viajara al encuentro de su abuelo.

Quería que él le dijera, de una vez por todas, cómo y cuándo podía revelar la llamada de los dioses de la Gran Montaña Mayor sin que la tildaran de loca- chub’a .

Pero el abuelo no contestaba su llamado. Nada decía el abuelo. Nada.

El sol comenzaba a levantarse y el rocío de la yerba humedecía sus pies desnudos.

En lo alto del cerro, se sentó al pie de un árbol grande a cardar su lana.

Se acomodó para ver mejor el amanecer. Dejó que sus dedos hábiles trabajaran para terminar la canasta que llevaba rato tejiendo.

Le estaba quedando bonita. Se acercaba la fiesta de la Villita de Guadalupe en Tapachula y Amada le había prometido llevarla.

Cuando acabara la canasta, que vendería en esa feria, se haría una falda nueva, decidió.

Y si seguía vendiendo bien la chicha y las calabazas, quizás le alcanzaría hasta para comprarse unos listones nuevos.

O unos choclos para ya no andar descalza.

Mirando a las alturas, agradeció todo lo que su Tata le había enseñado.

En la finca no había escuela, pero él había sido mejor tutor que cualquier maestro de pueblo.

Por él, ella y Amada habían aprendido el modo de su gente tzotzil, su lengua y sus tradiciones, cómo tratar a los borregos, por ejemplo.

—Los borregos son sagrados —aseveraba el abuelo—. Matarlos sería tanto o más abominable que matar a un semejante indefenso. Comer su carne es repugnante, ¡es como comer un hermano!

María siempre tenía muy presente ese dogma y por eso cuidaba el rebaño con esmero. Se sentía orgullosa de ser guardiana de aquella amable disposición divina. Bajo la sabia tutoría del Tata habían aprendido, además, a ganarse la vida.

—Sepan trabajar —solía aconsejarlas—. Sepan ganarse su comida para que no sufran.

El que pizca café, cuida la semilla, la crece, la cultiva y la tuesta, ese no sufre.

Con el grano molido sabe hacerse su ollita de café.

Igual el que cuida ovejas, atiende las necesidades de los animalitos, los protege y los cura, y sabe hacerse sus naguas o chujs con su lana, a ese nada le falta.