Tiempo de flor y de ceniza María
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María

Finca La Victoria, Soconusco, Chiapas

En un rincón del jacal, a un lado de los tenamastes , estaba echado el Choco, su perro.

Al oírla, levantó la cabeza alerta, se sacudió las pulgas y esperó pacientemente cualquier orden de su pequeña ama.

Ella se le acercó y lo acarició mientras espiaba afuera por un hueco en el colgante de tejamanil que cubría la puerta.

Todavía era de noche, pero faltaba poco para que el señor Sol- Chutotic saliera.

El coyote ya no aullaba, pero alguna luz debería de haber en los cerros, pensó, porque el gallo sí cantaba fuerte.

Hoy tocaba bajar al río por agua y más le valía apurarse.

Así decidida, dobló su zalea, enrolló su petate y lo acomodó a un lado de los tenamastes .

Se trenzó el largo y espeso cabello, con destreza y se vistió con la blusa y el enredo que ella misma había tejido con la lana de sus ovejas.

Abrigándose con su chuj salió al frío de la noche.

Afuera, se dispuso a dar gracias por el nuevo día, como le había enseñado su Tata.

Echó copal al brasero que yacía a un lado de la puerta del jacal y se hincó ante la imponente figura del volcán que todavía tenía a las nubes atrapadas en su corona.

Hincada, besó la tierra y rezó pidiendo protección y perdón primero al señor Padre Sol- Chutotic , luego al señor Jesús Cristo, a su madre Virgen, a los apóstoles del Cielo y, por último, a los Apóstoles y Aj’elitik de la Tierra.

Cuando acabó, encendió la antorcha de ocote, se ciñó el mecapal en la frente y se colgó en el cuello su tecomate.

Por último, se aseguró la jícara en la cadera y se encaminó al río, sorteando los tropiezos de la escalonada vereda en la oscuridad.

Abajo, en la orilla del río, los peones, ya alistados para comenzar su turno, esperaban al Mayordomo sentados en cuclillas, chupando su tabaco o bebiendo su posh .

Al ver llegar a María murmuraron entre sí: «Ahí viene la nieta del h’ilol ».

Otros no hablaron, solo miraron con desconfianza a esa tseb -chamaca con ojos de búho que asegún era una santita, o quizás bruja- pukuj .

No lo dijeron en voz alta, no los fuera a oír.

O, peor tantito, no les fuera a echar la maldición.

Se quedaron callados, mirándola hacer, hasta que la niña, después de llenar su cántaro, por fin se alejó con la espalda inclinada por el peso del agua y de la leña, el agua salpicando su estrecha cadera.

Solo entonces los jornaleros respiraron con alivio y volvieron a soplar el humo de su boca hacia la neblina y a empinarse el trago.

De regreso al jacal, María ordenó la leña y preparó el fogón.

Después molió el nixtamal y preparó la masa.

Los días que los patrones la mandaban al cafetal no era preciso echar muchas tortillas, solo unas cuantas para su hermana Amada.

Esas veces ella no ocupaba ninguna tortilla porque le daban de desayunar en la gallera.

Las más veces, cuando los patrones la mandaban a pastorear las ovejas, cosa que María prefería, entonces sí era preciso tortear un montoncito más alto.

Le dejaba su ración a Amada y ella se empacaba unas cuantas tortillitas en su itacate junto con unas bolitas de pozol envueltas en hoja de plátano, porque solo así, con algo en la barriga, se aguantaba todo el día cuidando a los animalitos.

Hoy no precisaba pizcar. Hoy tocaba cuidar borreguitos- chijs y eso era bueno.

Le gustaba mucho más ese trabajo que tener que cortar esos chorizos rojos y amarillos de cerezas tan pesados que colgaban de los arbustos.

El corte era una labor dura, sobre todo para una niña bajita como ella.

Las matas estaban plantadas en cerros empinados y uno tenía que ir prendiéndose de las uñas y estirarse mucho para alcanzar los granos y poder cortarlos.

Era fácil desbarrancarse. En cambio, arrear borreguitos no implicaba peligros: era lindo andar por los prados y pinares con los chijs y con su perro el Choco.

Los corderos no fastidiaban; solitos se cuidaban ellos y mientras no se alejaran demasiado, no había cuidado del coyote.

Además, el Choco siempre estaba pendiente y las ovejas sabían obedecerlo.

El día rendía harto en el campo y le daba tiempo de buscar hierbas y frutas, cardar e hilar, o alzar un fuego y hacer chicha que después vendía a los peones.

A ellos mucho les gustaba beber su alcohol pa entrar en calor y aguantar la jornada, decían.

María los comprendía: era pesado andar pizcando todo el día con los ojos atascados de jejenes, encajando talones para no resbalar, cuidándose de no pisar hormigas o de que les cayera encima una serpiente.

La pizca era un trabajo cansado. Mucho más bonito era cuidar chijs .

Terminadas las faenas del ranchito, la niña se dispuso a ir por los animalitos.

Asió su itacate y se amarró la zalea de borrego.

Apagó la lumbre y con un brazado de lana bajo la axila y el cardador en la mano, salió.

Hoy no caía agua. El cielo, todavía oscuro, estaba despejado y cuajado de estrellas.

Con pasos ligeros se encaminó hacia el corral de piedra, levantó las trancas de la puerta y enseguida los borregos emergieron amontonados, haciendo escándalo con sus balidos.

El Choco fue ciñéndose tras ellos, pastoreándolos, y el rebaño bajó obediente por el sendero.

Avanzaba mordisqueando el zacatón y apretándose en hilera.

A María le pareció que bajo la luz de la luna, la hilera semejaba un río de lana.

Se dirigieron todos hacia los pantes más llenos de matas.

Las ovejas no comían café; solo comían la maleza que maltrataba los cafetos y eso era bueno.

Así los patrones se ahorraban el chaporreo.

Siendo niña, María no recibía monedas por pizcar.

Tampoco por cuidar borregos. No obstante, ella se las ingeniaba para ganarse un dinerito.

Un año atrás, cuando su Tata todavía vivía, se le había arrimado un señor para pedirle un favor.

Era de San Juan Chamula, dijo el hombre, del mismo paraje de su Tata.

Sin que ella le pidiera cuentas, le explicó que tenía que regresar al pueblo a cumplir con el cargo de Mayordomo.

La costumbre tzotzil dictaba servicio a la comunidad: a todos les tocaba cumplir con un cargo, a veces político y a veces religioso.

La encomienda de ese señor, según dijo, era cuidar a San Sebastián, el patrón de los carneros.

Tenía que ir a velar al santito: a comprarle sus flores, a prender sus velas y hacerle su fiesta.

Si se negaba a cumplir, la vergüenza y la desgracia caerían sobre su familia. No podía negarse.

—Por favor, cuídame mis borreguitos —le rogó aquel día.

María sintió lástima por él. Se miraba triste el señor.

Aceptó renuente y después, cuando el hombre le trajo su rebaño, rápido se arrepintió.

¡Tenía muchas ovejas! Muchas para una niña sola, pensó angustiada.

Entre los tzotziles cada familia tenía doce ovejitas, pero no más.

Esa era la costumbre. Los borreguitos eran parte de la familia y cada uno tenía su nombre propio, y aquel señor, ¿dónde había agarrado tanto animalito?

Él, anticipando su pregunta, explicó que no todos eran suyos, pue.

Que unos eran de su hermano, recién ido.

María aceptó a cuidarlos a todos, solo por la lástima que le daba ese señor.

Pero como fue, los corderitos se portaron bien.

Casi ni se sentían. Y así descubrió la pastorcita, con gran alegría y alivio, que daba igual cuidar a diez ovejas que cuidar a cuarenta.

Se sintió orgullosa y feliz. Y más alegre se puso cuando vio lo linda que se iba poniendo su huerta.

Las ovejas cagaban harto y dejaban el corral lleno de excremento que era bueno para abonar la tierra.

Sembró elote, calabacitas y frijol, tal como el Tata le había enseñado: haciendo pocitos y llenándolos del estiércol.

Las plantas crecieron bonitas y salieron un montón de calabazas.

Con su pulpa guisó dulce con panela y de las cáscaras secas hizo jícaras para la chicha .

La fruta que sobró, la vendió. Qué contenta se había puesto Amada cuando, meses después, le había entregado su jarrito lleno de monedas.