El viaje #3
—Verá. La familia de Harry y Lulú Schellenger tienen caña de azúcar, un trapiche y un alambique para hacer aguardiente.
El escocés Archie Vallance tiene ganado y surte carne, leche y queso.
La familia de Mateo Humphrey cuenta con cien hectáreas.
Ellos también tienen caña y producen panela.
Y así. Como verá, hay un buen número de fincas de café en el Soconusco, como la Germania, la Nueva Alemania, Hamburgo, Bremen, Lubeca, Hannover, Badenia y Eisleben.
Y ahí van, poco a poco sacando cosechas.
La región se ha convertido en una segunda Alemania, señor Wolf.
Pero ahora dígame usted ¿cuál es su intención en la zona?
—Lo mismo. Tener tierra y sembrar café. Me han dicho que debo hacer los trámites del reclamo del terreno en Tapachula, ¿cierto?
—Sí, por supuesto. Tendrá que buscar al jefe político, que de momento es el coronel Juan B. Antuñez, para que le de el plano de su parcela.
—Eso haré. Pero antes quiero comprobar que la compra fue legítima.
—Hace bien. Muchos de sus compatriotas norteamericanos tuvieron problemas con la primera compañía de deslindes, ¿lo sabía?
—No, no lo sabía.
Era bueno estar hablando con ese joven tan platicador, pensó Benjamín. Era espontáneo y carismático y por lo visto estaba empapado en la industria que a ambos les interesaba.
—Sí. La primera compañía de deslinde les vendió terrenos ya que eran propiedad privada. Pero los indios llevaban años sacándole provecho a esa misma tierra, aunque por temporadas. No eran terrenos «baldíos». Los vendieron indebidamente.
Benjamín nada dijo.
—Lo mismo le pasó a Matías Romero —siguió explicando—.
Un político mexicano que fue dueño de varias fincas en Guatemala.
Fue arduo partidario de la industria cafetalera.
Pero al final, a pesar de todos sus títulos y relaciones, no pudo sacar a los indios de Tajumulco.
Estos atacaron sus fincas y destruyeron las edificaciones, las cercas y los almácigos. Salió corriendo el señor.
—Pobre hombre —comentó sin más.
—Sepa algo, señor Wolf, a los indios ni Dios los saca de sus tierras. Una vez que echan raíces son inamovibles, como el tejo, es difícil correrlos.
—Pero entiendo que el problema de la frontera ya está resuelto, ¿o me equivoco? Soconusco ya es parte de México, ¿no es así?
—Sí, sí. Apenas hace unos años, en el 93 me parece que fue, por fin se fijó la frontera con Guatemala. Eso ya está claro.
Benjamín estaba bien enterado de ese tema.
En un principio, cuando concibió la idea de irse a México, el conflicto fronterizo entre México y Guatemala le había hecho dudar.
Después de investigar más a fondo se tranquilizó.
Al parecer, se había llegado a un acuerdo: México había cedido el poblado de Tecún Umán además de los terrenos entre los ríos Suchiate y Tilapa, y, por su parte, Guatemala había entregado Chiapas, Motozintla y Mazapa de Madero.
La Ley de Colonización había puesto fin a la disputa.
—Las revueltas se acabaron, ¿o no? —preguntó, queriendo cerciorarse.
—Sí. Como le digo, todo está más tranquilo, señor Wolf. Pero igual hay que tener cuidado.
De pronto una gaviota atrevida se acercó y le arrebató la bolsa de pan, tomándolo por sorpresa.
Benjamín trató de recuperar el botín, pero era tarde, la bandada ya se la disputaba y los trozos y migas se esparcían en la proa y en el mar.
Los jóvenes se rieron de la osadía del ave.
Encendieron otro cigarro y se sumieron en sus respectivos pensamientos.
Al cabo de un rato, Benjamín rompió el silencio.
—Me estaba diciendo que hay que tener cuidado. ¿Por qué?
—Vamos a ver. Le explico. Hay compañías fraudulentas que se especializan en engatusar inversionistas despistados.
Supimos de una compañía así en Tonalá, por ejemplo, que promovía tierras con fotografías trucadas, donde se veían naranjas y grandes racimos de plátano colgando de ceibas, y veleros de juguete navegando airosos en el río Lagarto, a un pie de profundidad.
¡Imagínese! Una farsa. Por eso mi consejo, caballero, es que no firme usted ningún contrato que no sea de la compañía inglesa, la Compañía Mexicana de Terrenos y Colonización.
Y le advierto que aún ellos cometen errores, así que le recomiendo que antes de comprar, vea usted la tierra con sus propios ojos.
—Gracias por el consejo.
—De nada, espero le sirva de algo, aunque usted se me figura una persona inteligente. Si algo se le ofrece, búsqueme con los finqueros alemanes. Ellos sabrán cómo contactarme.
—Muchas gracias. Eso haré y suerte con su investigación.
—Bueno, en realidad solo voy por complacer a mis padres.
Es tán convencidos de que hay que aprovechar las regalías, exencio nes de impuestos y las concesiones que ofrece don Porfirio Díaz.
Mi padre, sobre todo, cree en todo lo que lee en el Boletín de la sociedad agrícola mexicana .
Por cierto, si no conoce la revista, se la recomiendo para estar al tanto de este negocio.
En cuanto a mi padre, él jura que en el Soconusco está el pan.
O por decirlo a la mexicana, que ahí están las tortillas.
Soltó una carcajada, arrojó la colilla de su cigarro al mar y se despidió.
—Nos vemos en la cena, señor Wolf.
¡Tenía tanto que aprender!, pensó Benjamín. Y lo primero era el idioma. Buscó una banca y se sentó. Abrió su diccionario y regresó a traducir frases, pero ya no pudo concentrarse. Todo en su mente era ese bendito grano. Hasta el mar olía a café.