El viaje #2
La escala en Acapulco fue breve, pero le permitió pasear por el puerto un par de horas.
Así probó por primera vez esas tortas mexicanas de maíz que la gente alababa tanto.
Las llamaban tortillas. Al principio le parecieron sosas, pero a la tercera mordida les agarró el gusto, sobre todo cuando la marchanta les salpicó un poco de sal.
Lo que sí le pareció un verdadero manjar fueron los mameyes.
Compró una bolsa de esa fruta y se prometió a sí mismo plantar las semillas en su tierra, en cuanto pudiera.
El Ciudad de Panamá era un barco más pequeño, con menos pasajeros.
Ahí nadie parecía saber inglés y eso hizo que extrañara a los jóvenes marineros.
Quizás eso era lo mejor, razonó, era hora de practicar el español, el idioma que necesariamente tendría que hablar en Chiapas.
El resto del viaje se le hizo largo y tedioso y para matar las horas, se abocó a esa tarea con la ayuda de un viejo diccionario Webster.
Benjamín entendía el español bastante bien después de haber convivido con mexicanos tantos años en San Francisco.
Lo difícil era hablarlo y escribirlo, pero estaba resuelto a aprender.
En comparación con el alemán, su lengua de cuna, el español se le hacía un idioma fácil de dominar.
Sin más que ocupara su tiempo, comenzó a estudiar con empeño, poniéndose como un reto la traducción de los periódicos.
Cuando se aburría de traducir, se entretenía tirando pedazos de pan a las gaviotas desde la proa.
La destreza de las aves para cacharlos al vuelo era sorprendente.
Un día que en eso estaba, alimentando a las aves, se le acercó un joven caballero que sin miramientos le sacó plática.
—El problema con las gaviotas es que son sucias —comentó, señalando la madera salpicada con el guano de las aves. El joven hablaba inglés con acento alemán.
—Es verdad —concedió Benjamín—, aunque también es cierto que el excremento de las gaviotas y sus plumas son buen abono.
—Eso si no se enferma uno primero, caballero —rio el joven—. Pero permítame presentarme. Mi nombre es Kurt Schmidt.
Benjamín estrechó la mano extendida. El muchacho iba bien vestido por lo que supuso que viajaba en primera clase.
—Benjamín Wolf.
Kurt sacó una cajetilla de cigarros y le ofreció uno. Benjamín agradeció el gesto, pero sacó su propia cajetilla. Los jóvenes fumaron recargados sobre el barandal.
—Usted es norteamericano, me imagino.
—Y usted, alemán.
Kurt soltó una carcajada sonora.
—Mi acento me delata. Soy de Württengerg —dijo.
—Mis padres eran de Hamburgo.
—Me lo imaginé. Alguien mencionó su apellido en la cena. ¿ Sprechen sie Deutsch ?
— Ich spreche ein bisschen Deutsch —contestó, incómodo. Le cohibía hablar en alemán con un nativo de la lengua.
Las gaviotas se acercaban cada vez más, algunas aterrizaban en el barandal junto a él y graznaban insistentemente, acosándolos. Benjamín las ahuyentó con los periódicos que estaba traduciendo.
—¿Usted a dónde viaja? —preguntó Kurt, retomando el inglés.
—Voy a Chiapas, ¿y usted?
—Lo mismo. Me imagino que los que quedamos en este barco vamos para allá. O sea que la compañía de deslinde hizo bien su trabajo. ¿Va usted a la Colonia Americana?
—Esa es mi intención.
El joven nada dijo. Benjamín observó que tenía las manos bien cuidadas. Estaba claro que nunca había agarrado un hacha. ¿Qué cosa iría a hacer a México?
—Quedé de encontrarme con el administrador de nuestra finca en Huixtla —dijo Kurt, adivinando la pregunta.
—¿Van allá a reclamar tierras?
—En realidad, vamos a indagar al respecto. Mi familia tiene fincas desde hace años en la Costa Cuca de Guatemala. Nos ha ido muy bien, ¿sabe? Ya ve que el café, ahora mismo, es un producto apreciado en Europa.
—Y en Estados Unidos.
—Así es. Se nota que usted está familiarizado con la industria.
—Sé un poco sobre el tema. Trabajé con Folger en San Francisco.
—Ah. Entonces sabe de sobra a lo que me refiero. Por ahí leí que Folger está por abrir una sucursal en Texas, ¿me equivoco? —preguntó Kurt.
—Parece que sí. Lo tienen contemplado.
Era cierto. En ese momento San Francisco ocupaba el tercer lugar como importador más importante, después de Nueva York y Nueva Orleans; este último, gracias a su proximidad con América Central. La compañía no se daba abasto con una sola planta.
—Pues, ya lo ve. La demanda sigue aumentando.
El problema en Guatemala es que la tierra se agotó.
Encima, las leyes protegen demasiado al trabajador en ese país.
No es fácil conseguir manos, señor Wolf.
Mientras tanto —añadió—, a pesar de la demanda europea, el precio del café ha bajado considerablemente.
Hace siete años, en el 96, alcanzó los 100 marcos por tonelada.
¿Sabe a cuánto ha bajado? ¡A 35 marcos! Y bien que nos va.
Estamos en crisis, caballero, pero ahí vamos, poco a poco recuperándonos.
Al ver que el tema le interesaba a Benjamín, siguió explicando que, con aquello de que no había tierras ni brazos y con la crisis en el mercado, los negocios de su familia se habían expandido hacia el Soconusco, conocido como «el lugar de las tunas agrias», la misma región a la que se dirigía Benjamín.
Kurt y su familia querían aprovechar las oportunidades que el Porfiriato les brindaba.
Afortunadamente contaban con el apoyo de los bancos Bremen y Hamburgo que, además de darles créditos, los apoyaban enviando agrónomos alemanes para administrar las fincas.
México los había tratado mucho mejor que Guatemala, le aseguró.
El gobernador Rabasa era persona de confianza del presidente Porfirio Díaz y estaba impulsando la modernización, dando facilidades que había que aprovechar.
Ahora su familia vivía permanentemente en la finca La Victoria, muy cerca de La Colonia.
—Lo cual quiere decir que seremos vecinos, señor Wolf. Hay varias familias alemanas y norteamericanas instaladas en la región. Los Keller, Seargeant, Geiseman, Luttmann, Edelman, Schellenger, entre otros. ¿Los conoce?
—No. Me temo que no conozco a nadie.
—Ya los conocerá. Casi todos llegaron sin capital. Es duro empezar así, ¿sabe?
—¿A qué se dedican?