El viaje
El personal del barco SS Acapulco de la compañía Pacific Mail Steamship retiró las amarras y la nave salió del puerto de San Francisco hacia Panamá.
Desde la cubierta, Benjamín observó la excitación que prevalecía entre los pasajeros.
Llevaban horas aguardando ese momento y ahora, por fin, el pitido ensordecedor anunciaba que partían.
—¡Adiós San Francisco! —exclamó una niña a su lado. La pequeña viajaba con su madre y esta la abrazó con ternura.
—¿Por qué hay tantos barquitos, mamá?
—No lo sé —respondió la señora.
Benjamín se apuró a explicar.
—Son los remolcadores. Nos están llevando al canal y con esos silbidos se comunican entre sí.
La niña lo miró por primera vez y se retrajo, cohibida.
—Sé educada, hija —la amonestó su madre—. Dale las gracias a este joven por la información.
Benjamín la sacó del aprieto y se presentó, haciendo una reverencia.
—Mi nombre es Benjamín Wolf, a sus órdenes, señorita.
La madre sonrió agradecida.
—Yo soy Sarah —dijo la pequeña, pero como la explicación de aquel joven no había saciado su curiosidad, hizo otra pregunta.
—¿Quién es ese señor? —se refería a un hombre uniformado que hacía señales con ambos brazos.
—El práctico. Es el guía que ayuda al capitán a sacar el barco de la bahía sin que se estrelle en las rocas.
La posibilidad de esa eventualidad no preocupó a la pequeña, que ahora mismo se interesaba más en lo que los esperaba al frente de la aventura.
—¡Ya quiero ver el Golden Gate! —exclamó.
Benjamín sonrió.
—Yo también, pero dudo que la neblina lo permita.
Un viento suave empujaba la nave pero la bruma era tan espesa que cuando pasaron por debajo del Golden Gate, no pudieron ver el afamado puente. En algún momento el práctico descendió del barco, se subió a un bote de remos y partió de regreso a la bahía, esfumándose en la neblina.
—Ahora sí estamos fuera de la bahía —le comentó Benjamín a la niña.
—¡Qué mal! —se quejó ella, decepcionada por no haber visto el puente.
A Benjamín, en cambio, lo abrazó un sentimiento de euforia. Su nueva vida comenzaba. Por fin iba rumbo a San Benito, el puerto de México situado más al sur de ese país. Para él, un lugar enteramente nuevo, un lugar selvático y desconocido. Ahora sí era dueño de su destino.
Pensó en sus padres. Al igual que ellos, partía en búsqueda de una vida mejor y lo único que lamentaba era no poder compartir ese momento con ellos.
Ambos habían sucumbido a la maldita plaga, otro motivo por el que deseaba alejarse de San Francisco.
Quería arrancar de sus recuerdos ese cuadro tétrico.
La ciudad había sido un cementerio en aquel funesto momento en el que tantas personas habían perecido.
Aquellos que seguían en pie, como él, eran los afortunados.
Sus padres. Ellos sí que habían sido aventureros.
Al poco tiempo de haberse casado dejaron Alemania para comenzar su familia en América, lugar que prometía un futuro mejor para los hijos que Dios les concediera.
Al llegar a Arizona, su padre rápidamente se había colocado en una mina de plata.
Todo marchaba bien hasta que un incendio acabó con la procesadora de la mina.
Su padre no lo pensó: empacó a su familia y se unió a una caravana que atravesaría las llanuras hasta California rumbo a otra piedra preciosa: el oro.
Benjamín jamás olvidó ese viaje que hicieron en carreta, sufriendo las penalidades de un país primitivo.
El camino los ponía a merced de indios salvajes que atacaban con frecuencia a esas expediciones.
El miedo de los viajeros era palpable. En cambio para él, un niño de nueve años, el desplazamiento era una gran aventura.
Gozó cada momento; dormir bajo las estrellas, guisar panecillos sobre un fuego lento, perseguir y cazar animales junto con su padre para comer.
¡Cómo lo había disfrutado y cuánto había aprendido!
Ahora que pensaba en ello, entendía que de aquella experiencia lo que más lo había marcado era el temple que sus padres pioneros habían mostrado ante las adversidades.
Nunca flaquearon en su decisión de ir tras una vida mejor.
En cuanto llegaron a California, su padre consiguió empleo por temporadas con un ranchero, a las afueras de San Francisco.
Durante el día trabajaba en el aserradero y por las noches, haciendo caso omiso a su agotamiento, se abocaba a buscar el bendito oro que nunca encontró.
Y es que su padre, al final, era un hombre nómada.
Era incapaz de sostener un mismo empleo por más de dos años.
Pero eso sí, a dondequiera que fuera, siempre jaló con él, su único hijo, enseñándole a usar las manos para ganarse la vida y apremiándolo para que estudiara inglés, el idioma que le abriría las puertas en aquella tierra bendita.
Al final, Benjamín también aprendió español, que era lo que más hablaban los trabajadores en California.
Desde la cubierta de la nave, Benjamín agradeció haber tenido esos padres; por ellos sabía cómo ganarse la vida, cómo domar el temor, cómo mantener control de sus emociones y cómo hablar tres idiomas.
Agradecía, más que nada, su espíritu valiente.
Si estuvieran con vida, pensó con añoranza y cariño, estarían alegres de verme partir.
Entenderían mejor que nadie el llamado de esa tierra mexicana que tanto prometía.
Las primeras dos semanas de la travesía, los pasajeros del SS Acapulco gozaron de un clima magnífico.
Solo al sur de California el mar se puso bravo.
A pesar de ello, Benjamín nunca sintió mareo, como fue el caso de otros viajeros que poco a poco dejaron de ir al comedor.
Quizás él no se mareaba porque nunca estaba en su camarote excepto a la hora de dormir, pensó.
Él prefería el aire fresco de la cubierta.
Ahí pasaba las horas, empinado sobre el barandal, inhalando el aroma del mar que a partir de ese momento asociaría como el aroma de la libertad.
La diversidad de los viajeros en el buque era sorprendente.
Había varios hombres chinos y una docena de familias de españoles.
También había franceses, holandeses, ingleses, italianos, polacos, lituanos y japoneses.
Invariablemente, el motivo de su viaje era el mismo que el suyo: buscaban mejorar sus vidas.
A Benjamín le llevó poco tiempo entablar amistad con un grupo de jóvenes marineros que iban hasta Nueva York.
Por las noches sacaban sus guitarras y cantaban canciones a las sirenas que juraban que existían.
Durante el día pescaban o jugaban a la baraja.
Era un alivio tener con quién platicar en inglés.
Unos días antes de la primera parada, se llevó a cabo una fiesta a bordo en la que hubo varias competencias.
Benjamín ganó el primer lugar del juego Shuffle Board y se llevó el premio principal: un paño con la figura del ancla del SS Acapulco.
La primera parada sobre la costa mexicana fue Mazatlán.
El barco ancló cerca de un alto peñasco, con un bello faro y dos cerros, denominado Las Islas de Mazatlán.
A Benjamín le pareció que nunca había visto aguas tan claras o arena tan blanca.
Desde la cubierta se apreciaban los bancos de peces anaranjados, amarillos y de muchos otros colores.
Parecían confeti chispeando debajo del agua.
El calor tropical era sofocante. ¡Qué ganas le dieron en ese momento de arrojarse a nadar con esos peces!
Pero esa no era opción. No sabía nadar. Las playas tenían su encanto, pero definitivamente lo suyo eran los árboles del bosque y no las palmeras.
Por fortuna, la tierra que pronto sería suya estaba en las faldas de un volcán.
En una de las paradas los vendedores nativos se acercaron al barco en sus canoas para vender sus mercancías.
Él compró plátanos, la única fruta que reconoció.
Otros pasajeros compraron cocos, collares de conchas y canastos de paja.
Por impulso, ya cuando partían, Benjamín compró una caracola para Sarah, la niña que tantas preguntas le había hecho al zarpar.
—Es una trompeta de mar —le dijo al dársela. Luego le mostró cómo sacarle el pitido estrepitoso.
La chiquilla rápidamente aprendió a soplarla. Estaba feliz con su regalo.
Cada puerto en la costa mexicana tenía su belleza.
Las playas de Manzanillo eran paradisiacas.
Los majestuosos atardeceres extendían una manta rojiza sobre el horizonte que el sol parecía tragarse paulatinamente.
Aquellos espectáculos celestiales afirmaban su decisión de haberse embarcado.
Era como si el universo bendijera su aventura.
En Acapulco hubo un cambio de barco. La nave seguiría hasta Nueva York, pero sin hacer escala en San Benito, el destino final de Benjamín.
Por lo tanto, el resto del viaje lo tendría que hacer en otro barco, el Ciudad de Panamá, que sí hacía paradas en la costa mexicana.
Se despidió de los marineros, sus compañeros de juegos y barajas, y de Sarah y su madre.
—Que le vaya bien en la selva —le dijo la niña, plantándole un beso en la mejilla.
—Cuida tu trompeta —contestó él, conmovido y agregó—. Cuando extrañes el mar, pégala a tu oreja y escucha bien. Verás que dentro cantan las sirenas.
El SS Acapulco tomó el canal de salida y partió. Desde el muelle, Benjamín lo observó alejarse llevando consigo a esa niña que desde la cubierta agitaba su caracola en señal de despedida.