Tiempo de flor y de ceniza El padre Camilo #3
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El padre Camilo #3

Las palabras de Amada sorprendieron al sacerdote.

Era cierto que los alemanes casi nunca se casaban con indígenas, pero en este caso Julián no era alemán de sangre pura, él era mestizo.

Julián era hijo ilegítimo de don Guillermo, fruto de un idilio con una pizcadora.

Que el sacerdote supiera, don Guillermo nunca lo había reconocido ante la ley.

Por eso mismo, le parecía extraño que de pronto quisiera casar a Julián con una mujer alemana.

¿Para qué o por qué? Eso no debería importarle.

El finquero tenía otro hijo, Kurt, el único que había tenido con su esposa legítima, doña Elena, con quien nunca había sido feliz.

Ese muchacho heredaría su fortuna y a él seguramente sí lo casarían con una mujer alemana.

No obstante, reflexionó, conociendo a los Schmidt como él los conocía, tampoco le sorprendería que ya tuvieran la vida planeada de Julián.

Aunque fuera el hijo bastardo y aunque don Guillermo no le diera su lugar en la sociedad, por el simple hecho de llevar la sangre del finquero en sus venas, tenía la obligación de «mejorar la raza».

Los alemanes finqueros empleaban a las indígenas y les hacían hijos, pero no se casaban con ellas.

Para los germanos, emparejar con alguien de piel oscura causaba una degeneración racial indebida.

Viéndolo todo desde el punto de vista de la sociedad chiapaneca, pensó el cura, Julián era afortunado.

Don Guillermo había hecho mucho por ese muchacho: se lo había llevado a vivir a la Casa Grande de la hacienda donde lo había encomendado a las sirvientas para que lo criaran.

Incluso, le había puesto un tutor para que aprendiera a leer y a escribir la castilla, algo prohibido a los indígenas.

Y conforme el niño fue creciendo le fue asignando más responsabilidades, enseñándole el manejo de la finca a fondo.

Primero lo había tenido de mocito, luego de vaquero, y así, hasta otorgarle el puesto que ahora ocupaba como jefe de campo.

Eso sí, Julián trabajaba de «a gratis», como cualquier baldío, pero que el sacerdote supiera, nunca le había faltado nada.

A cambio de esas bondades, Julián estaba sujeto en perpetuidad a la voluntad de su padre y quizás, si lo que Amada decía era cierto, eso incluía casarse con una alemana.

La larga pausa del sacerdote, que nada decía, comenzó a desesperar a Amada. Había viajado desde muy lejos y le molestaba que el representante de Dios- Riox no le diera razón a su pensar.

—Queremos salir de finca, padre —soltó, arrancándolo de sus cavilaciones.

—¿Y a dónde queréis iros, hija? —preguntó él, igual de exasperado—. ¿De qué vais a vivir?

—Al pueblo queremos regresar, padre. Al paraje en San Juan. El Tata iba a llevarnos, pue, pero ya se nos jue.

Al decirlo, los ojos de la joven se humedecieron.

—Venga, venga, hija —la apuró él—. Todo se resolverá, ya verás. Escúchame. Si no puedes hablar con Julián entonces debes hablar con doña Elena.

—No, padre. Solo oye lo que quiere la señora. Nada entiende ella.

En eso tenía razón. Los problemas personales de la peonada no eran prioridad para doña Elena.

Lo único que le importaba a esa señora era que su gente trabajara y que la finca produjera.

Nada más. Hasta cierto punto su postura era comprensible, razonó el sacerdote.

Si la tierra no daba, todos pasaban hambre.

Pues nada. Ya estaba. Tendría que ir a hablar con doña Elena él mismo.

La alemana seguramente defendería a su caporal.

Siempre lo hacía. Ya la oía justificándose.

«Los indios de todo se quejan, padre», le diría y lo mandaría a la porra.

Igual hablaría con ella, decidió. No podía quedarse de brazos cruzados.

—Mañana subiremos a la finca y yo personalmente hablaré con doña Elena.

Pero tú también pondrás de tu parte, Amada.

Cuando la gente llegue buscando a María, no les permitirás verla ¿de acuerdo?

Que vengan aquí, a la casa de Dios, a pedir milagros.

Sobre todo, ni una palabra a nadie del conejo ese, resucitado, por favor. ¿Me entiendes?

Ella asintió con la cabeza.

—Ta bueno, padre. Así hacemos.

—¿Tienes en dónde pasar la noche?

—Sí tenemos. Vamos onde la tía de Anastasio, allá abajo, alueguito.

—Bien. Mañana ven por mí tempranito y vamos juntos a buscar al carretero.

Amada entendió que era hora de dejar al cura en paz.

Se acercó y se arrodilló para que el sacerdote le tocara la frente, una vez más.

El padre Camilo lo hizo, pero además le dio su bendición.

Amada la recibió con el mismo agradecimiento.

Se incorporó y se fue por la puerta que el acólito ya abría, solícito.

—Venga. Ahora sí cierra todo, hijo —ordenó el cura al muchacho.

El padre Camilo se dirigió directo a su aposento, preocupado por lo que acababa de escuchar.

Entró y cerró la puerta. Hurgó su cinturón, eligió una llave del manojo que colgaba de su cintura y se acercó al armario.

Trató de abrir la chapa del mueble. La mano le temblaba tanto que le llevó varios intentos abrirlo.

Cuando por fin lo logró, asió la botella de posh que yacía dentro y le dio un largo trago.

La bebida pronto hizo su efecto y lo calmó.

Luego, con el cansancio de todo un día de rezos malogrados, se recostó en el camastro, cerró los ojos, cruzó las manos sobre el pecho y se encomendó a su Creador. Rezó hasta que el sueño lo venció.