El padre Camilo #2
¡Cuánta falta le hacía ver la figura solemne y sonriente del anciano!
Últimamente, debido a sus achaques, subía menos a la finca, pero cuando lo hacía, extrañaba poder visitarlo.
Era una pena que se hubiera marchado tan repentinamente, pero le consolaba saber que estaba al lado de Dios disfrutando de los placeres del paraíso.
El Tata fue un santo en la tierra, eso estaba claro, aunque el curandero- h’ilol nunca lo hubiera sabido.
El sacerdote se frotó las rodillas y se dispuso a escuchar a la joven tzotzil que, aunque trataba de disimularlo, se veía nerviosa.
—Venga, hija. ¿Qué ha pasao ?
—Es mi hermana, padre.
—Lo imaginé. ¿Ahora qué ha hecho esa niña?
—Esas cosas que hace, pue. Cada día son piores, padre. Queremos saber. ¿Será loca- chub’á ? ¿Será curandera- h’ilol ? ¿Será diablo- pukuj ?
—Shh, ¡calla, mujer! Esa palabra no se dice en la casa del Señor.
—¿Qué será, pue? Queremos saber.
—Nada de eso, hija. Tu hermana tiene dones como los tenía tu abuelo. Es todo.
Lo dijo sin mirarle a los ojos porque en el fondo el padre Camilo no sabía qué pensar de María.
Por supuesto que estaba enterado de esas «cosas» que hacía la cría.
Los feligreses lo tenían al tanto de todo lo que ocurría en el pueblo y en las fincas.
De un tiempo para acá se rumoraba cada vez con más frecuencia que la niña María, la nieta del curandero, sanaba, incluso mejor que su abuelo.
En un principio aquellas hablillas no le habían preocupado.
María era una niña inteligente y seguramente había aprendido las habilidades de su abuelo.
Nada más. Sin embargo, últimamente los rumores se habían tornado alarmantes.
Que era milagrosa, decían por ahí. Que era una santita, afirmaban otros con gran convicción.
Justo el día previo, cuando el sacerdote iba de camino a comprar bolillos, se había topado con una peregrinación que venía desde la costa a ver «a la santita con ojos de pantera». Eso sí lo enfureció.
—La niña no es ninguna santita —los sermoneó severo—. Dejadla en paz y si queréis milagros, entrad a la iglesia y hablad con Dios. Solo Él y los santos son capaces de hacer milagros. ¡Arrepentíos de vuestras blasfemias! ¡Ateos!
Los indígenas lo ignoraron y siguieron andando monte arriba, acarreando sus triques y sus enfermos. Qué disgusto tan grande le habían hecho pasar. Por eso ahora la visita de Amada le parecía un acto de providencia.
—Justo de eso quería hablar contigo, Amada. No me agrada nada lo que se oye decir por ahí.
—¿Y qué dicen, oiga?
—Que tu hermana es una santa. Eso dicen.
Amada agrandó los ojos sin hablar.
—Escucha, hija, yo no niego que María posee dones como tu abuelo. Pero santa no es, ¿entiendes? Solo nuestro Sumo Pontífice, el Papa Pío X, decide a quién canonizar y a quién no. Eso está claro.
—¿Canonizar? ¿Eso qué, pue?
—Que nadie es un santo hasta que el Papa diga que lo es —explicó con poca paciencia—. Esto es, si el Papa no ha dicho que tu hermana es una santa, no lo es. Y ya está, ¿me explico? Por lo tanto, esas «cosas» que dices que hace María, no son milagros. No lo son.
—¿Tons qué son, padre? ¡Queremos saber!
—Son sanaciones, hija, ya lo he dicho. Nada más y nada menos.
En otras palabras, la mano de Dios opera por medio de tu hermana para curar enfermedades.
Eso mismo hacía tu abuelo. Nada malo hay en ello.
La gracia que nuestro señor Jesucristo ha concedido a tu hermana María debería causaros gozo y no congoja.
—Ayer mero revivió un conejo —soltó ella sin parpadear—. Eso es Dios, ¿será?
El sacerdote alzó las cejas.
—¿Cómo que revivió un conejo?
—Aquí mero en el coco le dimos reduro —dijo señalando su nuca—. Muerto quedó. Tieso staba ya. Ligerito volvimos a la cocina y ahí staba el animal. ¡Vivo de güelta!
El sacerdote no podía permitir que Amada blasfemara de esa manera.
—No digas trapalladas, Amada. De seguro que no lo habías matado.
—¡Muerto staba! Colgado patas pa arriba staba. Ya iba a pelarlo, pero la patrona nos llamó. Vamos de güelta a la cocina, ahí staba él, pue. Vivo.
El tono apasionado y certero de la joven molestó grandemente al sacerdote.
Algo parecido había escuchado en el confesionario justo la semana previa, en boca de don Fructuoso, el bolero de la plaza.
El anciano había ido a la iglesia a confesarse y el padre Camilo nunca lo había visto tan nervioso.
Estaba muerto de miedo. Después del acostumbrado saludo sacerdotal «Ave María Purísima», el penitente había ido directo al grano:
—La santita revivió mi tz’i —dijo—, mi perro.
El cura pensó que había oído mal y le pidió que repitiera lo dicho, y cuando el bolero lo hizo, decidió que estaba loco.
Le ordenó que rezara el rosario tres veces como penitencia y que dejara de mascar hierbas porque obviamente le estaban afectando la cabeza.
Pero ahora ahí estaba Amada con la misma historia.
Perro o conejo, igual daba. Le achacaban prodigios a la niña.
Lo preocupante era que los indios eran supersticiosos y si comenzaban a creer esas historias, el asunto podría ponerse peligroso.
De alguna manera tenía que convencer a Amada que esos rumores no eran más que eso: calumnias.
—Alguna explicación debe de haber —espetó—. Como he dicho, no acabaste de matar al animal. Lo golpeaste, sí. Hombre, seguro lo has dejado atolondrado, pero muerto no.
—Yo decimos tal como jue, padre —reviró ella, mirándolo con reproche.
El padre Camilo no supo qué decir. Era cierto que esa hija de Dios no mentía.
Tampoco exageraba y eso era lo inquietante.
Además, ¿qué ganaba mintiendo sobre su hermana?
Las nietas del Tata se querían bien y sobre todo ahora que el abuelo no estaba, Amada cuidaba a María como si fuera su hija.
Por otro lado, lo último que necesitaban en la parroquia eran milagros.
Eso sí sería un desastre. Hordas de fanáticos se dejarían venir al pueblo a buscar a la «santita» y de ahí, que Dios los amparara a todos.
Cuando los indios se juntaban en masa, eran capaces de cualquier cosa, hasta de cruci ficar a un niño, como habían hecho años atrás.
Ese acto brutal, estampado en la historia de la región, no lo olvidaba nadie.
El padre Camilo sintió la necesidad imperiosa de terminar con aquella charla desagradable. Se sentía cansado y las manos le volvían a temblar. Las ocultó bajo la sotana, discreto. Se levantó despacio, decidido a despachar a Amada. Mañana sería otro día.
La joven, adivinando el propósito del cura de marcharse, le soltó su mayor preocupación que en el fondo era el verdadero motivo por el que estaba ahí.
—El caporal nos molesta —soltó con un dejo de histeria en la voz—. Nos ordena ir a verlo, solita. Y como no vamos, le pega a María. ¡Duro le pega! —Cubriéndose el rostro con el rebozo, se soltó a llorar.
La abrupta confesión y el llanto desconsolado de Amada sacudieron al sacerdote.
—¿Cómo? ¿Qué me estás diciendo, mujer? ¿Cuál caporal?
—Don Macario, pue. Bebe posh y duro pega. María nada dice, no se queja ella, pero yo sabemos. Ese hombre es malo. ¡Malo! No queremos verlo. No queremos vivir en finca sin Tata...
¡Lo único que faltaba!, pensó el sacerdote con desmayo, que don Macario estuviera acosando a las nietas del curandero.
¿Cómo se atrevía? ¡Pero si María era una niña!
Ese hombre era un perverso y eso era algo bien sabido.
Las quejas de sus abusos le llegaban al confesionario con demasiada frecuencia.
Ninguna mujer estaba a salvo con él. Y ahora que el Tata había muerto, no le sorprendía que el degenerado tratara de aprovecharse de las nietas del h’ilol .
Ya no contaban con la protección de su abuelo.
—Escúchame bien, Amada. Busca a Julián y dile a él lo que os pasa a ti y a tu hermana. Él, como Mayordomo, sabrá poner a don Macario en su lugar. Anda con él, cuanto antes.
—Eso no podemos hacer.
—¿Y por qué no?
—No podemos, padre. No podemos molestar a Moll Julián.
El sacerdote observó el rubor en el rostro de la joven y de pron to comprendió su recelo.
Algo había oído de las bocas sueltas, soca rronas, de la peonada.
Decían que don Julián quería arrimarse con la Amada.
Que ansiaba hacerla su mujer. A él eso no le constaba, pero tampoco le sorprendería que fuera cierto.
Pocas mujeres eran tan bonitas como Amada.
Y ahora, pensándolo bien, le parecía que aunque no fuera cierto, una unión entre ellos sería una bendición.
Sería la mejor solución a la orfandad de las nietas del curandero.
Amada necesitaba un hombre fuerte y valiente a su lado, alguien que viera por ella y por María, antes de que sucediera algo peor.
—¿Qué edad tienes, hija?
—Apenitas llegué a diecisiete —contestó, sin entender del todo la pregunta.
—Ya en edad merecedora, hija —comentó con tono fraternal—. Escucha bien Amada, harías bien en congraciarte con Julián. Es un hombre decente y trabajador.
El rubor de sus mejillas se hizo más intenso.
—No, padre. Arrimarnos no queremos. Con nadie. —dijo, bajando la mirada.
—No digo que os arrejuntéis. Eso tampoco le agradaría a Dios. Si Julián te quiere bien, hija, como he oído decir que te quiere, te hará su esposa. De eso me encargo yo.
—Casarnos no podemos. No es chamula él.
—¿Cómo que no? ¿Acaso su madre no era tzotzil?
—Sí, tzotzil, pero zinacanteca ella. Es teca, chamula no.
—A Dios no le importa quién lo parió, hija. Es un buen hombre. Ya está. Además, mira cómo aquí hay todo tipo de emparejados: ladinos con indios, indios con mecos y hasta con chinos. A nadie importa.
—Sí importa. A los patrones importa. ¡Mucho! Además, ellos ya dicen. Ya mandan. Otra mujer quieren pa Moll Julián. Lo sabemos.
—¿Otra esposa? Y, ¿a quién quieren?
—Caso dicen —contestó, alzándose de hombros—. Una meca , como ellos, pue.