Tiempo de flor y de ceniza El padre Camilo
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El padre Camilo

Tapachula, Chiapas

El sacerdote se dirigió hacia la sacristía a postrarse ante la imagen del Crucificado. Se persignó.

—Concede la dispensa de Roma, Señor, apiádate de mí —le suplicó al altísimo.

Era el mismo rezo de todas las noches, antes de cerrar el templo.

Le urgía un descanso. Se lo merecía. Cierto que no era un párroco ejemplar, porque vaya pleitos que armaba con sus superiores, pero nunca le había fallado a su Jesús.

Eso tampoco. Siempre había cuidado de su rebaño: los pobres, los enfermos, los analfabetas y los chamulas.

Especialmente a estos últimos los había cuidado con esmero, esa pobre gente esclavizada que los ladinos trataban como bestias.

Toda su vida se había entregado a abogar por sus derechos.

¿Para qué?, se preguntaba ahora. De nada había servido.

En México, en el lugar donde uno nacía, ahí mismo moría.

El ladino siempre sería ladino. El indio siempre sería indio.

Y los españoles, conquistadores, y ahora los alemanes, colonialistas, a ellos nadie los bajaba de sus puestos de poder.

Mentiras que habían llegado a México a trabajar, como solían pregonar sus compatriotas para justificar sus abusos.

Habían llegado a esclavizar a los indios y a los negros, eso sí, forzándolos a engordar sus patrimonios.

En el fondo, eso era lo que lo enfermaba: la injusticia perpetuada a través de los siglos que no había manera de cambiar.

La llegada y la salida de «los enganchados» ya era tradición en Tapachula.

Año tras año el sacerdote era testigo de aquel peregrinaje que llevaba a los chamulas hacia un destino peor que el que habían dejado en sus parajes.

Su arribo, en tiempos de cosecha, era motivo de alborozo momentáneo en el pueblo, casi a la altura de la fiesta del Señor del Pozo.

Las señoras salían a la calle y se asomaban detrás de sus abanicos para mirar a la hombrada bajar con lentitud de la montaña, como una hilera de hormigas arrieras.

Cuadrillas de peones atravesaban las calles entre el tácito repudio de los nativos, los llamados huacaleros, que esquivaban, asqueados, cualquier roce con esa «bola de indios».

Estos, a su vez, observaban su entorno con asombro; gente blanca que parecía tener el sol en el rostro, casas también blancas con techos rojos que parecían templos con rejas de hierro y ornamentos exquisitos; mujeres ataviadas con ropas extrañas, calurosas, que se deslizaban delicadamente como ciervas, con ojos bajos y mejillas arreboladas.

El mercado era lo que más impresionaba a los chamulas.

Era un templo de abundancia. Aquí el maíz, aquí los trozos de las bestias de sangre roja pendidos de enormes garfios, allá frutas pulposas, suculentas, y dulces barrocos, bautizados con nombres de gentilicios.

Puestos rebosando con pan. Los indios admiraban el surtido con asombro. Nada faltaba en ese mercado de ladinos.

Tan pronto los chamulas llegaban al pueblo, el padre Camilo acudía tempranito al parque. Se subía a la tarima de los músicos y desde ahí los sermoneaba con la ayuda de un intérprete tzotzil:

—¡Escuchadme! Peor está el remedio que habéis elegido. Mejor es morir de hambre en vuestras tierras áridas que vivir en las fincas como esclavos. ¡Os lo advierto! No firméis con los contratistas. ¡No lo hagáis!

Pero nadie le hacía caso y cada año llegaban más indios ya rapados.

Muchos de ellos, una vez que llegaban a las fincas y comenzaban a trabajar, se arrepentían.

Trataban de huir de regreso a sus parajes, pero ya era tarde.

Para entonces, se habían gastado el anticipo y tenían una deuda que pagar.

Si se escapaban y no se presentaban a cumplir con el contrato, el finquero simplemente pagaba al municipio unos cuantos pesos para aprehenderlos y esa cantidad se agregaba al total de lo que debían.

Los caporales los rastreaban y siempre los encontraban.

Los castigaban severamente. En esa tierra olvidada de Dios los terratenientes eran la autoridad y había que obedecerla.

Tenían el poder del mando, el látigo que castiga y la lengua que ordena.

A los oídos del sacerdote llegaban todo tipo de quejas de los maltratos de los «da dinero», también conocidos como «enganchadores».

A veces, aunque el chamula no hubiera aceptado ningún anticipo, igual lo obligaban a trabajar.

El «enganchador» mentía y decía que el trabajador había pedido el préstamo, cuando no era cierto.

Mostraba papeles falsos que le imputaban la deuda y el indio ¿qué podía hacer contra la palabra del ladino?

El gobierno de México apoyaba a los latifundistas.

El gobierno eran los latifundistas y él, un cura de pueblo, no podía cambiar aquella aberrante jerarquía de poder.

Últimamente las cosas estaban todavía peor.

La autoridad mandaba al pueblo a esos maestros de religión protestante que, sintiéndose empoderados por las leyes de Reforma, mal aconsejaban a los indígenas.

Los instaban a no cumplir con sus deberes con la iglesia.

Por eso, los indios ya no pagaban en especie, ya no rezaban el rosario, ni siquiera celebraban los sacramentos.

Tampoco bautizaban a los niños ni se casaban.

No sabían lo que era la confirmación. En vano se había quejado con el obispo, su excelencia Maximino Ruiz y Flores, pero Monseñor se hacía de oídos sordos.

Por eso, en su última carta le había pedido encarecidamente que le mandara un presbítero que asumiera su puesto.

Él ya no podía hacer nada más, se quejó, suplicando la dispensa.

Ahora solo faltaba esperar con paciencia.

Y en cuanto llegara su carta de libertad, regresaría a su pueblo, cerca de La Coruña.

Solo a estar. Lo tenía decidido. Volvería a andar en los bosques húmedos y frondosos de su terruño.

Pasaría los días que Dios le concediera recogiendo castañas como cualquier otro anciano.

Pero por lo pronto, en ese momento, había que cerrar el templo.

Justo entonces escuchó un ruido. Con el rabillo del ojo se percató de la presencia del acólito, un chico joven y enclenque que se afanaba en apagar las velas del altar.

—Ya deja, hijo —le ordenó—. Te veo mañana, Dios mediante.

—Sí, padre. Ya me voy.

—Cierra el portón cuando te vayas.

—Sí, nomás que salga la muchacha yo tranco la puerta, no se apure.

—¿Qué muchacha? —preguntó alarmado.

El joven señaló con la cabeza hacia el confesionario donde, a la luz titilante de los cirios, se dibujaba la figura de una indígena.

Era menuda, como todas las indias, y estaba muy quieta y callada abrazando su rebozo.

«¡Solo eso me faltaba!», pensó el sacerdote, impaciente.

¿No veía esa mujer que estaban cerrando?

La impertinencia de la gente no dejaba de sorprenderle.

—Si quieres confesarte tendrás que regresar mañana, hija —le dijo, alzando la voz—. El sacramento de la penitencia se oficia a las seis de la tarde. Aquí ya hemos cerrao .

La indígena, en vez de irse, se le acercó con timidez y al hacerlo, el sacerdote la reconoció de golpe.

Era Amada, la cocinera de doña Elena. Pero, ¿qué facía alí , sola y sin su patrona?

, se preguntó más alarmado. La muchacha jamás iba a ningún lado sin la finquera y la alemana rara vez bajaba a Tapachula. Mucho menos en tiempos de tapisca.

—¿Amada?

—Sí, padre, somos, soy Amada.

La joven se arrodilló y le ofreció su frente para que el sacerdote la tocara solo con los tres dedos de su mano.

Él, acostumbrado a ese saludo tzotzil que mostraba respeto, se la tocó con la mano temblorosa, y de paso alzó la cara que la joven ocultaba con su rebozo.

¡Qué agraciada era esa hija de Dios! pensó, sintiendo disiparse su disgusto.

Así postrada, con aquella mirada angelical, que se obstinaba en no abandonar el suelo, la muchacha le pareció la mismísima imagen de la Guadalupana.

—¿Qué haces aquí, hija? —le preguntó con tono más suave—. ¿Dónde está doña Elena? ¿Qué ha pasao ?

—En finca está, padre. Vinimos solita. Queremos hablar con usté.

—¿Desde allá viniste sola? Pero ¡qué tolemia ! Te he dicho muchas veces, Amada, que ese camino está lleno de salvajes.

—Nos bajó Anastasio, pue. El cochero —se apuró a aclarar ella.

—Vale. Pero ¿por qué has venido tan tarde?

—Nos llevó harto rato bajar, padre. El agua sta rejuerte.

Era verdad. Había llovido a cántaros. Y ahora que miraba bien a Amada notó que estaba empapada. Su asunto tenía que ser grave para haberse aventurado a bajar con esta tormenta, pensó. Tendría que escucharla.

—Ven aquí.

La tomó del brazo y apoyándose en ella, la condujo hacia la banca más próxima, en donde se sentaron.

El padre Camilo conocía a Amada desde pequeña.

Era la nieta mayor de Tata, el curandero- h’ilol tzotzil de la finca La Victoria.

La reciente muerte de ese hombre diestro en hierbas y menjurjes, todavía le dolía al sacerdote; habían sido grandes amigos.

Lo conoció poco después de que llegara de España, la primera vez que subió a oficiar misa en esa finca.

Desde entonces, la amistad entre ellos había crecido a pesar de las diferencias de credos, ambos compartían la misma misión: salvar almas.

Por eso, cada vez que el cura visitaba La Victoria, pasaba al ranchito del curandero a visitarlo.

El patriarca ahí siempre estaba, ahuyentando a los jejenes con una mano y con la otra empuñando su bastón de mando.

—¿ K’ushi oyot Tot ?-¿Cómo estás, padre? —solía saludar, ofreciendo una tostada caliente, un café de olla o un pedazo de caña. Lo más preciado que tuviera a la mano.