Tiempo de flor y de ceniza Benjamín
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Benjamín

Se detuvo al llegar frente a la casa. Miró por el enrejado el hermoso jardín lleno de flores que la madre de Katherine atendía con esmero.

Ahí, bajo la sombra del árbol de magnolias, se había besado con Katherine por primera vez.

Fue un beso rápido, iniciado por ella. Una caricia que, desapercibidamente, había dado paso al largo noviazgo y luego a una promesa de matrimonio, postergada por él tantas veces con múltiples pretextos.

Desde entonces, conforme pasaba el tiempo y el día programado para la boda se aproximaba, también crecía su contrición, llenándolo de angustia.

Debió haber detenido aquella farsa a su debido tiempo, lo sabía, pero el júbilo de la novia y su propia cobardía lo habían amordazado.

No hizo nada, esperanzado en que el asunto se resolvería tarde o temprano de forma tan sutil como había empezado.

Pero lejos de ello, se había vuelto cada día más comprometedor y desgastante.

Comenzaron aquellas, ya demasiadas, noches de insomnio.

Se le quitó el apetito y el buen humor. Perdió interés en todo lo que no fuera el trabajo.

Y durante los pocos momentos efímeros de coherencia, cuando lograba hacer una pausa y mirarse a sí mismo, no se reconocía.

¿Cómo demonios había caído en esa telaraña de mentiras?

Él, que tanto detestaba engañar, ¿por qué carambas se había dejado llevar así a ese infierno, por la voluntad ajena y su propia inercia?

Sentía que se asfixiaba. Necesitaba, no, le urgía recuperar su libertad.

De ahí no se iría sin cumplir su misión.

No. No podía hacerle eso a Katherine. No podía.

Bajó el brazo, derrotado. Se volvió a poner el bombín y dando la media vuelta, se alejó de la casa con paso rápido.

El desprecio hacia sí mismo lo abrazó. ¿Cómo podía ser tan cobarde?

Jamás antes le había faltado valor para encarar lo inevitable, fuera lo que fuera: bestias en los bosques, bandidos en los caminos, o los incendios y temblores que con frecuencia asolaban la ciudad, lo que fuera.

¿Por qué entonces le era tan difícil terminar este noviazgo?

Sabía la razón, pero le parecía tan ridícula que no podía aceptarla: no soportaba ver llorar a una mujer.

Mucho menos hacerla llorar él. Precisamente por eso, hasta antes de conocer a Katherine, se había mantenido lejos de cualquier relación seria.

Mujeres de la calle, sí, pero mujer para sentar cabeza, no.

No todavía. Tenía veintitrés años y le faltaba mucho por hacer.

Ahora mismo nada ganaba con flagelarse, reflexionó.

Lo mejor era no pensar en nada. Tenía que calmarse y quizás para ello iría a tomarse un café en ese comedor en la esquina.

Ya después sabría qué hacer. Ya después.

Caminó por la calle empedrada y se concentró en evadir la lluvia que ahora sí comenzaba a arreciar.

Se abotonó el cuello del saco y apretó el paso.

Los peatones abrían sus paraguas. Los negocios extendían sus lonas y los carruajes, jalados por caballos o impulsados por motores, salpicaban las banquetas de lodo al pasar. Era otro día lluvioso en San Francisco.

Entró al comedor. El aroma a cigarro y a café recién hecho se mezclaba con el olor de madera envejecida.

Estaba lleno de gente, en su mayoría eran hombres bien vestidos con trajes de tres piezas, chaquetas con solapas, cuellos almidonados y gorros de tela.

Solo unos pocos vestían ropa de trabajo, como él, uniformes que las empresas les facilitaban y que luego les descontaban de sus salarios con creces.

Los caballeros trajeados discutían de negocios con mesura, o de política, apasionadamente.

Los obreros iban a lo suyo: apuraban el trago que los ayudaría a soportar la jornada y no hablaban con nadie.

Miró su reloj. Eran apenas las ocho de la mañana.

Benjamín no solía tomar alcohol y mucho menos a esa hora.

Lo que sí necesitaba urgentemente era un café; cuanto más fuerte, mejor, para aclararse la cabeza y espantar el sueño que tarde o temprano, lo asaltaría. Había pasado la noche en vela.

Se quitó el saco, le sacudió la lluvia y lo colgó en el perchero. Buscó una banca en el rincón más apartado de la barra y quitándose el bombín, se sentó. Se aflojó los tirantes y encendió un cigarro. Inhaló profundo, concentrándose en la luz del fuego que se avivaba con cada chupada.

El camarero se acercó.

—¿Qué le sirvo?

—Un café, por favor.

El hombre le acercó una taza y le sirvió el líquido humeante. Era hosco el tipo, ceñudo y brusco, y eso le complació. No quería lidiar con un camarero parlanchín o entrometido. Necesitaba pensar en paz.

Por su parte, el mesero sintió curiosidad por ese joven alto y fornido, a quien nunca había visto antes en el café.

Su atuendo de obrero contrastaba con el resto de los caballeros trajeados que de vez en cuando lo miraban de reojo y con cierta aprehensión.

Había algo temible en el aspecto de ese muchacho; una advertencia quizás, que dejaba claro que sabía usar los puños.

Tal vez era uno de esos jóvenes revoltosos del sindicato que solo llegaban a armar desorden, pensó.

O peor, quizás no tenía intención de pagar y al primer descuido se largaría, como tantos.

Justo entonces el joven lo miró de lleno y su mirada, franca y directa, contradijo sus prejuicios.

No. No era uno de esos patanes, decidió el camarero.

El muchacho inspiraba confianza. Pagaría el café y hasta le dejaría propina.

Con eso regresó a lo suyo, a servir y cobrar bebidas.

Benjamín husmeó el café. Qué bien olía. Trató de adivinar su composición: nuez tostada, mantequilla, tierra, caramelo y fruta, un revoltijo de sabores en perfecto equilibrio. Seguro que era café hawaiano. Sí, eso era, decidió con un segundo sorbo. Café hawaiano.

—Este café es Folger, ¿verdad? —le preguntó al camarero.

—No lo sé —contestó él, alzándose de hombros—. El rótulo de la lata dice Golden Gate.

Por supuesto que era café Folger, pensó Benjamín, pero no quiso discutir con el camarero.

Si el hombre leyera bien el rótulo de la lata, se daría cuenta que la compañía que producía y vendía el Golden Gate High Roasted Coffee era precisamente la J.

A. Folger demostraba que en aquella tierra de oportunidades, cualquiera podría lograr el éxito si se lo proponía.

Folger, apodado el niño de Nantucket, había llegado a San Francisco a trabajar a los 14 años en la Pioneer Steam Coffee and Spice Mill.

En poco tiempo se había convertido en dueño de todo el negocio, dándole su nombre: J.

A. Folger no por nada era descendiente de una vigorosa estirpe de colonizadores alemanes.

Recordó a sus padres con admiración y cariño.

Nunca habían flaqueado en su decisión de arriesgarlo todo a cambio de su libertad; de ser dueños de su propio destino. Ya era hora de seguir su ejemplo.

Lo que sí era seguro, en cuanto rompiera su relación con Katherine perdería el empleo.

Tendría que comenzar de cero. Agradeció que a través de los años, la vida le había dado oportunidades de aprender.

Sabía trabajar en las minas, en el campo y arreando ganado.

Era buen leñador y en aquella zona de tanto bosque, y de tanto incendio, siempre necesitaban carpinteros.

Trabajo había, aún en esos tiempos de carencia y a pesar de los chinos que otros miraban con odio y recelo, acusándolos de robarles oportunidades.

Él no. Si los chinos no pasaban hambre era porque ellos sí trabajaban arduamente. Trabajaban como él sabía trabajar.

El camarero volvió a acercarse.

—¿Desea algo más?

—El periódico, por favor.

Cuando se lo trajo, Benjamín tomó sus cosas, se levantó de la barra y se fue a sentar en la mesa de la esquina.

Abrió el diario en la primera sección, en la página de ventas de terrenos y propiedades.

Llevaba años ahorrando para poder invertir, ya fuera en algún terreno o algún negocio.

Al ojear el periódico, un anuncio llamó su atención: informaba la venta barata de terrenos en Chiapas, México.

¿Chiapas? Jamás había oído hablar de tal lugar.

Volvió a leer con creciente curiosidad. De acuerdo con la publicación, la compañía The Land Company of Mexico tenía el derecho de vender tierras mexicanas para la colonización del país.

El gobierno mexicano declaraba más de tres millones de hectáreas como terrenos baldíos y estos se ofrecían al mejor postor.

Lo más interesante eran los precios, estaban baratísimos.

Si aquella cifra era correcta, él mismo podía comprarse varias hectáreas con sus ahorros.

Se empinó el café. Observó el sedimento en el fondo de la taza y se dejó imaginar una aventura como aquella.

Se vio en aquel lugar lejano y exótico: Chiapas.

Ahí estaba la selva exuberante y ahí él, con la espalda empapada de sudor, arando la tierra y sembrando cafetos.

Claro, no podía ser otra cosa que café. El oro verde.

Se vio recogiendo la cosecha: jugosas cerezas ensuciando sus manos.

Se vio jalando las mulas al astillero, cargadas del bendito grano.

Tan potente era la imagen que incluso olió el aroma penetrante de la tierra, el hedor de las bestias y su propio sudor. Ahí estaba su oportunidad.

Volvió a leer el edicto completo con creciente emoción. Sacó la pluma de la solapa de su camisa y marcó con un círculo los datos que proveían la información. En ese mismo momento iría a hacer sus averiguaciones, decidió. Pero antes de ello tenía que recuperar su libertad.

Llamó al mesero, pidió la cuenta y la pagó, dejándole una buena propina.

Se puso el saco, el bombín y con el periódico bajo el brazo salió a la calle y se encaminó, de prisa, directamente a la casa de los padres de Katherine.

Cuando llegó, alcanzó la cuerda de la campanilla y la jaló con ímpetu. Había dejado de llover.