Tiempo de flor y de ceniza
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Amada
La sirvienta guardó la navaja, se limpió las manos en el mandil y acudió presurosa a ver qué necesitaba su patrona.
A doña Elena no le gustaba que la hicieran esperar.
Corrió con pasos de paloma a lo largo del pasillo arqueado, atravesando el comedor hasta la recámara principal.
Tocó la puerta quedito y, cuando la señora le dio permiso de entrar se deslizó dentro del cuarto sin desprender los ojos del piso.
—No te quedes ahí parada, inútil mujer- nutzlose Frau . Ven acá —le ordenó impaciente.
—¡Me estás lastimando! —se quejó doña Elena y le arrebató el peine—. ¡Anda, ya lárgate! Verschwinde !
Al llegar al patio, sus ojos se toparon con una escena insólita.
La cuerda colgaba floja del guanábano, pero el conejo ya no estaba.
Miró su entorno, extrañada. ¡Se lo robaron!
, primero pensó, pero sin convicción porque nadie arriesgaría el pellejo por un vil conejo.
¡Se lo llevó el falcón!, decidió, porque ese sí a cada rato se llevaba a las gallinas y también a los patos.
Justo entonces, por el rabillo del ojo vio al conejo.
El animal estaba agazapado en un rincón del cercado.
Estaba vivo. ¿Cómo así, pues, si cuando lo dejó estaba bien petateado?
Pero no, ahí estaba, mirándola con ojos rojos, saltones y desconfiados.
La naricilla le temblaba. Todo él temblaba, aunque no tanto como ella. El conejo había resucitado.
Un escalofrío recorrió su espalda. Aquello era un milagro, ¿será?
, se preguntó trémula. Una maldición, ¿será?
Esta última posibilidad la sobrecogió. Nada quería ella con el demonio.
Por si acaso, se persignó. Trató de calmarse sin dejar de mirar al animal, que tampoco dejaba de verla.
Y en su mente enmarañada comenzó a divisar otra posibilidad: sí, quizás aquello no era obra de satanás.
No. Quizás aquello era obra de su hermana María.
Eso era, decidió. Otra vez la chamaca volvía a sus andares.
Lo sabía. Lo sentía ahí merito en las costillas.
Y es que María no estaba bien. Algo raro le pasaba a esa niña que desde chiquita hacía cosas extrañas.
Cosas como esa. ¿Ónde se había visto que un conejo petateado volviera a la vida?
¿Ónde, pue? Amada se secó el sudor de las manos en el delantal.
Orita no tenemos tiempo de andar indagando quién jue, se dijo.
Orita tenemos que agarrar a este animal antes de que se nos vaya porque si se sale al monte ¡nunca lo alcanzaremos!
Así resuelta, se le acercó despacito. El conejo prontamente se retrajo en su rincón.
Amada estiró el brazo lo más que pudo, lentamente, y asió la jaula que ahí seguía sobre la loza.
La levantó con cuidado y avanzó hacia la presa con pasos sigilosos pero decididos.
Al hacerlo su huarache pisó una cáscara de aguacate y cayó de bruces al suelo con todo y jaula, armando un gran escándalo. El conejo brincó y huyó despavorido.
—¡Párese! —gritó en balde. El almuerzo de doña Elena ya se escabullía entre los matorrales —. ¡Ay- Mo’oj ! ¿Ora qué hacemos? —gimió con impotencia—. ¿Ora qué razón le damos a la patrona? ¡Segurito nos echa! Segurito.
Se tapó el rostro con el mandil y lloró desconsolada en el suelo.
En realidad, lo que más le dolía a la joven cocinera no era la huida del conejo, ni la posibilidad de que la corriera su patrona, sino la reciente muerte de su Tata, su abuelo.
Hacía poco el Tata había partido a donde soplan mejores vientos.
Se había ido sin avisar y sin pedir permiso a nadie.
Amada todavía no lo podía creer. ¿Cómo era posible que su abuelo, siendo el curandero- h’ilol tzotzil más poderoso y respetado del Soconusco, no hubiera podido burlar a la muerte- cham ?
¿Ónde, pue, habían estado todos sus poderes?
Él, que a todo el mundo salvaba de las garras de la calaca, ¿por qué no le había echado pleito a esa malvada?
, se preguntaba. ¿Por qué se había dejado llevar?
Al final, el alma- ch’ulel del Tata, tan fuerte y poderosa, las había abandonado a ella y a su hermana sin razón aparente.
No había caído enfermo él, pue. Nadie le había quitado la vida tampoco.
Nada malo le había sucedido al h’ilol , lo cual era lo justo.
Su Tata había cumplido cabalmente las obligaciones de su cargo como curandero- jpoxtavanejetic .
Nunca engañó a sus semejantes. Nunca cobró de más.
Nunca le negó la ayuda a la gente. Entonces, quería saber Amada, si los dioses estaban tan contentos con él, y si el abuelo ya se había ganado el camino recto lleno de flores que lleva al cielo, ¿por qué se había marchado así nada más?
¿Por qué se había ido sin darles una última bendición?
—Nos dejó usté sola con María —le reprochó hasta el cielo, sollozando amargamente—. ¿Caso no está viendo? ¡No podemos con ella! No podemos. ¡Rara es ella! ¡Rara! Naiden la entiende.
De nada servía lamentar su mala fortuna, se dijo.
El conejo se había escapado y ya andaría lejos, ¡quién sabe dónde!
Ahora, aunque no quisiera, tendría que enfrentar el enojo de la patrona, sola, sin la ayuda o el consejo de su Tata.
Sola tendría que caminar el resto de su viaje.
Y la señora, si las iba a correr a ella y a su hermana, ¡que lo hiciera de una vez, pue!
Se levantó resignada y se encaminó a la tinaja a lavar los trastes.
Se empinó sobre el fregadero y sumergió las manos en la palangana llena de agua fría.
Alzó la vista y contempló el cafetal. Siempre que sus ojos abrazaban el plantío su pensar fluía mejor y eso era lo que necesitaba: pensar clarito.
El paisaje vibrante y lleno de vida, la llenó de paz.
Era tiempo de cosecha y los arbustos estaban cargaditos de cerezas rojas, maduras, listas para pizcar.
Talló ollas y sartenes con fuerza hasta que las manos le ardieron, sin que sus ojos soltaran tanta belleza.
Las manos no le ardían tanto como su enojo.
Qué coraje le daba que la señora la fuera a despachar por culpa de un maldito conejo.
Porque eso era lo peor, que la corrieran por un guiso tan malo.
¿Cómo podía gustarle esa carne a doña Elena?
, se preguntaba. ¡Tan insípida que era! Mejor sabía la gallina o el co chi, o una res.
Mucho más sabrosos eran esos animalitos.
El vena do también. Harto bueno era el venado.
De pronto, al pensar en esa carne, una luz apareció en su mente.
¿Cómo no se le había ocurrido antes? Le haría a doña Elena su chumul de tasajo.
Sí, eso haría. Era el platillo favorito de la doña.
Ese sí que era bueno. Rete bueno. Con tantita suerte, cuando la patrona lo oliera, cuando lo probara, ni siquiera se acordaría del maldito conejo.
Resuelta, se secó las manos rapidito y, aferradándose a ese rayo de esperanza, se abocó a preparar el chumul .
Buscó y alineó los ingredientes sobre la tarima.
Remojó el tasajo. Picó las verduras. Hirvió el arroz y lo cuajó.
Cuando el cocido estuvo listo, amasó los ingredientes haciendo un rollo de tamal que envolvió en hojas de plátano suaves.
Al terminar, colocó amorosamente el albondigón en la olla de barro y encendió las brasas.
Pronto, un aroma deli cioso envolvió toda la cocina y por primera vez su alma estrujada sintió paz.
No vamos a tener miedo, se dijo, dándose ánimo.
Contenta estará la patrona con su chumul . Hoy no nos echa. Hoy no.
En el comedor vistió la mesa con el mantel bordado que más le gustaba a doña Elena, ese que había traído de Alemania, su país.
Colocó los cubiertos en el orden que ella le había enseñado: los cuchillos del lado derecho, el lado de Dios, y los tenedores del otro lado, juntitos, porque asegún, eran hermanos.
«Como tú y tu hermana María», solía decir doña Elena.
Y en ese momento, al recordar a su hermana, la pregunta que vagaba en los escondrijos de su mente arremolinada compareció imperiosa, exigiendo respuesta.
¿Qué carambas iba a hacer con María? Aunque la patrona que dara contenta con su chumul y no las corriera de la finca, ¿qué iba a hacer con su hermana?
Está loca- chub’a , ¿será? O es el diablo- pukuj , ¿será?
Esta última posibilidad la estremeció. No podía seguir negándolo, María estaba cada día peor.
Hacía cosas raras que no tenían explicación, como esto del conejo.
¡Ninguna niña jui ciosa se metería con la muerte!
No, pue. A menos que fuera h‘ilol como Tata. Justo eso era lo que alguna gente en la hacienda decía: que María seguía los pasos de su abuelo. Que así de fuerte era su alma- ch’ulel .
Pero Amada no estaba tan convencida. ¿Cómo sa ber de aseguro si los dioses la habían llamado a servir ese cargo?
se preguntaba. Si eso fuera, el llamado le hubiera llegado en sueños a la niña.
Así había sido con el Tata y con todos los jpoxtavanejetic que representaban a Dios- Riox .
Siete sueños le hubieran mandado los Señores a María.
Sueño tras sueño, seguiditos. Y en cambio, María nada había dicho sobre eso.
¡Jamás había hablado de un sueño siquiera!
Entonces, ¿qué cosa le pasaba a su hermana?
¿Por qué hacía esas cosas que no tenían nombre?
Tenía que saberlo. Vamos, voy a hablar con esa niña, decidió.
Orita mesmo vamos a veriguar qué cosa le pasa a esa escuincla.
Resuelta, colocó el último tenedor en la mesa y salió al patio a buscarla.
Encontró a María en el mismo lugar en donde la había dejado esa mañana: desgranando mazorcas bajo la sombra de la bugambilia.
Desde el umbral de la cocina la miró detenidamente, tratando de discernir algo en la apariencia de su hermana que explicara sus rarezas.
Ahora mismo parecía un espantapájaros: los pelos del elote la cubrían todita.
Ya no era una niña. No, pue. Y cada día se parecía más a su mé : la madre de ambas que había muerto al parir a María.
Su hermana era igual de prieta que su madre, más prieta que una olla de barro negro.
Tenía los labios gruesos y el cabello lacio, abundante, como ella.
Por eso doña Elena les exigía a las dos trenzarse esos «pelos de india».
Amada sobre todo tenía que ajustarse el cabello en la nuca para no estropear las sopas.
Y viéndola ahí, pelando y desgranando mazorcas, nada raro se veía en ella.
Era como cualquier niña de doce años. Se miraba buena y no mala.
Justo entonces María alzó los ojos y la vio.
Esos ojos enormes del color del ámbar de Simojovel.
¿Ónde los había sacado, pue? Amada siempre había querido saber.
¡Nadien tenía ojos de ese color! Su gente, la gente tzotzil, los llamados «hombres y mujeres verdaderos», bats’il vinic, bats’il ants , eran de ojos prietos y chiquitos, como los ojos de los zanates.
Solo unos cuantos, pero no muchos, se habían robado el color café del grano bendito que ahora mismo se tostaba en los patios de secado.
Entonces, ¿ónde había sacado María esos ojos de búho- ichin ?
Mozos y baldíos también querían saberlo: «la niña María es h’ilol , ¿será?
», se preguntaban unos. «Es pukuj , ¿será?
», se preguntaban otros. «¡Bruja!», remataban los siempre mal intencionados.
Amada le habló.
—¿Ora qué hizo, niña?
Pero María nada dijo. Solo bajó su mirada ambarina a las mazorcas.
—¡Conteste, niña! —le ordenó furiosa.
María la miró de lleno. Sus mejillas se habían teñido del color de la bugambilia y aquel rubor, junto con las gotitas de sudor que aparecían en su frente, le bastó a Amada para concluir que sí, que efectivamente el conejo se había escapado por culpa de esa niña.
Siempre que su hermana hacía cosas raras se ponía así: sudadita y colorada.
—¡Usté jue! —sentenció contundente.
María volvió a mirar las mazorcas.
—¿Qué voy a hacer con usté? —gimió Amada con pesar.
Pero la joven sirvienta sabía bien lo que tenía que hacer.
Tendría que ir al pueblo a hablar con el padre Camilo.
Tenía que contarle la verdad y preguntarle de frente.
¿Mala era la niña? ¿Buena era? ¿Qué era?
Ay, que le dijera el arropado sacerdote si eso que María hacía eran cosas de Dios o del demonio.