Tiempo de flor y de ceniza La tierra fértil
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La tierra fértil

En la finca San Francisco, Benjamín llegó al plantío, desmontó su mula y se encaminó hacia el pante en donde varios peones se aplicaban al deshierbe.

La mañana humedecía la tierra con gotas trémulas y los primeros rayos de sol encendían el verdor de las hojas; era un reguero de colores grises y verdes bajo el azul intenso del cielo. Era tiempo de limpia.

En aquella tierra exuberante la hierba rápido hacía monte, y por eso Benjamín había contratado a dos hombres para ayudarle.

Él solo no se daba abasto. Las jornadas en La Victoria eran largas, y los únicos días que tenía de asueto para atender su finca eran los fines de semana.

Las matas no podían esperar. Si querían buena cosecha, había que limpiar el terreno, podar y deshijar los cafetos.

Al verlo llegar, los hombres detuvieron su faena.

—¿Cómo van? —les preguntó Benjamín.

—Aquí hace falta gente, patrón —dijo uno de ellos, arrancando de un tirón una campánula—. Si no se limpia prontito, va a perder mucho grano.

—Lo sé, y buscaré más manos —dijo él—. Mientras tanto den los tajos a flor de tierra, por favor. Si no, la limpia no servirá de nada.

—Sí, patrón —contestó el hombre y sin decir más, volvió al tajo.

Benjamín recorrió la vertiente, llevando de las riendas a Modestine.

Iba revisando las matas conforme avanzaba, se cercioraba de que los hombres hubieran elegido bien qué tallos cortar y cuáles dejar.

Saben lo que hacen, decidió; se notaba la experiencia con el uso del machete y el azadón.

En su ausencia, Amada y María se encargaban de medirles la cuerda; les marcaban su pedazo de limpia, las cuadras que querían y podían hacer, y les pagaban conforme al trabajo.

María, desde que iba a la escuela en La Victoria, se había vuelto diestra con las cuentas.

A ella le tocaba pagarles y a Amada le tocaba repartir sus raciones: mazorcas de maíz en la hoja, frijol, sal y cal para cocer el maíz, plátano y panela.

La panela era el otro negocio que ya comenzaba a dejar ingresos.

En el trapiche —que por fin había terminado de reparar—, trabajaban ya algunos hombres adiestrados: dos moledores y un fogonero cuya única labor era cortar la leña y alimentar el fogón.

No era mucha la producción todavía, pero bastaba para surtir a los pueblos del camino y a alguna finca vecina.

Volvió a montar a Modestine y cabalgó hasta la parte más alta de la propiedad.

De trecho en trecho se detenía para medir desde las alturas el fruto de sus esfuerzos.

Al llegar a la cima desmontó, llenó sus pulmones del aire limpio y abrazó el paisaje con la mirada.

Lo que vio lo colmó de orgullo: bajo la sombra del chalum , tendidos en hileras ordenadas, los cafetos bajos y brillantes prometían buena cosecha.

La galera del trapiche se alzaba firme con su techo de palma; del fogón subía un humo dulce que se esparcía en el aire.

En el centro, la vivienda dominaba el plantío con sus muros de piedra.

Hasta ahí donde estaba parado, llegaban también los sonidos de su prosperidad: los cerdos revolcándose en la pocilga, las gallinas alborotando el gallinero, borregos balando en el campo, y el relincho de la yegua de Julián en el potrero, aquella yegua que Meyer le había ofrecido para ir y venir de La Victoria.

Los colores vívidos de la milpa, que rebosaba de abundancia, contrastaban con el verdor del cafetal y el gris nublado de las montañas.

Sí, aquel pedazo de montaña sembrado era suyo: tierra para vivir y para vivir de ella.

Cuánto le hubiera gustado que sus padres, aquellos aventureros, pudieran haber pasado su vejez allí con ellos, en ese cielo.

Hoy Benjamín tenía preparada una sorpresa para Amada.

Durante la última cosecha, antes de mandar los sacos del pergamino a San Benito, había apartado unas bolsas para su propio consumo.

Él mismo las había pepenado para elegir los granos, escogiendo los mejores uno por uno.

Los guardó con la idea de que, algún día, le prepararía a Amada el mejor café que hubiera probado. Hoy era ese día.

Bajó por la vereda acompañado por el canto de los cunculines y el chirrido persistente de las chicharras.

Al dirigirse a la casa, se detuvo un momento para contemplar el plantío de Amada, a un costado de la vivienda.

Florecían el árbol de jícara y el añil, y las flores del durazno estaban especialmente hermosas.

El cashomte, que comían como papa, ya había madurado, y las ramas de la enredadera de chayotes se doblaba bajo el peso de sus frutos verdes y espinosos que parecían puercoespines.

Las manos de Amada eran prodigiosas, pensó.

Todo lo que plantaba se daba en abundancia.

Iba a entrar en la vivienda cuando el ruido de una carreta lo hizo volverse. Era la de Anastasio que en esta ocasión venía acompañado por el padre Camilo.

Al acercarse, el carretero descendió y ayudó al sacerdote a bajar.

—¡Qué próspera está tu finca, hijo! —lo saludó.

Benjamín lo tomó del brazo y lo condujo hacia la vivienda.

—Bienvenidos. Pasen, por favor. Tú también, Anastasio.

—Gracias, pero voy a llevar las mulas al potrero. Están cansadas, pue.

—Pero no más que este viejo —rio el sacerdote—. Las rodillas ya no aguantan. Y con ese tambaleo de tu carreta, ¡buena zurra me he llevado!

Benjamín acomodó al sacerdote en un sillón en el patio, cerca del jardín de Amada. Conociendo sus gustos, le sirvió una jícara de posh . Luego se sentó y encendió un cigarrillo notando, de reojo, cómo temblaba la mano del cura al empinarse la bebida.

—Me alegra verlo, padre, se le ve contento.

—Estoy contento, hijo. Tengo algo que deciros y por eso vine, pero antes quiero veros a todos. ¿Dónde están Amada y María?

—Están en el río. Déjeme y voy por ellas.

—No, no, espera. Antes dime cómo van las cosas en La Victoria. ¿Sigues ahí? ¿Cómo te tratan? ¿Y cómo están tratando a la gente después de la revuelta?

—Sí, sigo apoyando a Meyer y las cosas no podrían estar mejor. Ya ve que es un buen administrador. Estoy como jefe de campo, el puesto que tenía Julián, y hago lo que puedo por merecerlo. Cuando menos se acabaron las quejas de la peonada. Tenemos caporales fieles y trabajadores.

—¡Alabado sea Dios! —dijo el sacerdote—. Sigan así, hijo. Den siempre el buen ejemplo. Los enganchados merecen un trato justo. No son animales. Pero vamos, eso tú ya lo sabes. Y dime ¿esperáis buena cosecha?

—Todo indica que sí. Los árboles han echado ramas nuevas y están sanos. Calculo que sacaremos entre trescientos y cuatrocientos quintales. Estamos hablando de plantar más café, más arábigo y quizás un poco de robusta. Ya veremos cómo nos va.

—Dios mediante, os irá bien. Y aquí, por lo visto, estáis prósperos. Os felicito.

Benjamín apagó el cigarrillo.

—Ahora vuelvo. Voy por las mujeres.

El sacerdote asintió y Benjamín se encaminó hacia el río.

—¡Amada! ¡Amada!

Su voz bajó hasta la ribera. En cuclillas, sobre una piedra lisa y plana, Amada lavaba afanosa. Tenía la falda recogida y sujeta por detrás de las rodillas, dejando al descubierto las piernas que el agua jabonosa salpicaba. Levantó la vista al oirlo.

—Ya mero acabamos —contestó.

—Tienes que subir. Tenemos visitas —replicó él.

—¿Quién, pue?

—Ya verás. Ven. Y trae a María.

Amada dejó que la falda le cayera sobre sus piernas mojadas, hizo apresuradamente un lío con la ropa húmeda y se internó por una vereda empinada que se perdía entre los cafetos de la ladera.

Sabía que por ahí andaba María recogiendo leña.

Los ladridos del Choco la guiaron hasta que dio con ella; el perro correteaba una parvada de pajarillos blancos que volaban, casi bajo su nariz, provocándolo aún más.

—Venga prontito, niña. El kaxlan dice que tenemos visitas —le ordenó.

—¿Quién, pue?

—¿Caso sé? Vamos ya.

Las hermanas se encaminaron a la vivienda; una cargaba el lío con la ropa húmeda, y la otra el tercio de leña sujeto con su mecapal. El Choco corría adelante, adivinando el regreso a casa.

Al ver al sacerdote, ambas soltaron sus cargas y corrieron a arrodillarse ante él, ofreciéndole sus frentes con respeto. Aquel gesto siempre conmovía al sacerdote. Las voy a extrañar, pensó, con un nudo en la garganta.

—Hijas, vengo a despedirme —anunció con voz quebrada—. He recibido la dispensa del obispo para mi jubilación. Mañana regreso a mi patria, pero no quería partir sin antes daros mi bendición.

Al oírlo, María hizo a un lado sus costumbres y se arrojó a sus brazos.

—No queremos eso, padre. No queremos.

El sacerdote le palmeó la espalda, conmovido.

—Has heredado los dones de tu abuelo, hija. Tu destino es ayudar a tu gente y sanarla. Eso es lo que tu abuelo habría querido, y también Nuestro Señor Jesucristo. Dios obra de maneras misteriosas.

María tomó las manos del sacerdote y clavó en él su mirada ambarina.

—Vamos voy a darte un regalo —dijo, y salió corriendo a la milpa. En breve regresó cargando una calabaza grande, pero aplanada—. Pa su dulce, pue —explicó. Sabía cuánto le gustaba ese postre al sacerdote.

—¿Y por qué tan aplanada? —preguntó él.

—Porque Dios no la sopló más —respondió ella muy seria.

El sacerdote estalló en carcajadas.

—Yo también tenemos un regalo —dijo Amada que hasta ese momento había observado el intercambio en silencio. Se acercó al sacerdote, tomó su mano temblorosa, y la posó en su vientre—. Vamos voy a llamarlo Camilo.

El cura se incorporó con dificultad del sillón y la abrazó emocionado.

—Me hacéis muy feliz, hijas mías —dijo—. Y usted, señor Wolf, es un hombre muy afortunado. Me voy de este país sabiendo que las nietas de mi amigo, el gran h’ilol , quedan en buenas manos.

El sacerdote se despidió y partió. Cuando la carreta atravesó la entrada de la finca San Francisco notó, por primera vez, un bulto amarrado con una tira de palma que colgaba del arco.

Al pasar bajo aquel curioso amarre, sintió un hormigueo recorrerle los brazos y el cuerpo; y tal como había sucedido antes, sus manos dejaron de temblar.

Esa noche, después de la cena, Benjamín coló el café molido y lo puso al fuego.

Sobre las brasas, en su jarra de barro, borboteaba el mejor café de su cosecha.

El aire se llenó pronto del aroma intenso y dulce del arábigo.

Con los pocillos en la mano, los tres salieron a sentarse frente a la hoguera a saborear el fruto de su empeño, mientras las luciérnagas dibujaban estrellas en el vacío de la noche. Parecían chispitas de hadas.