Tiempo bordado en hilos de espolín Epílogo 1
99%

Epílogo 1

El día más feliz

Amanecía.

El sol levantino daba los buenos días desde el Mediterráneo, cubriendo el cielo de oro y bronce.

Mi cita en la peluquería era temprano, demasiado como para que me despabilara lo suficiente.

Mientras me peinaban, Quique me trajo un café bien cargado y una caja de croissants para compartir que volaron en segundos entre las clientas y los peluqueros.

Me miré en el espejo y me sentí extraña.

Aquel peinado —que tiraba como el demonio—, aquellas joyas heredadas de mi yaya… Yo, vestida de valenciana. Como había deseado de niña. Como nunca imaginé.

Quique me miraba con satisfacción desde la puerta.

—Estás preciosa.

—¿Tú crees? Me veo tan rara.

—Estás preciosa —volvió a repetirme, besando mi frente.

Era marzo y, en la tierra de las flores, de la luz y del amor, el aire traía el aroma picante y azufrado de la pólvora quemada, mezclado con el olor a buñuelos de calabaza y las miles de flores que se ofrecerían a la Virgen de los Desamparados en la ofrenda.

Las calles estaban engalanadas con arcos de luces y, en cada esquina, un monumento fallero. Ríos de gente deambulaban de falla en falla, de calle en calle y, en cualquier rincón, sonaba la música de las bandas locales acompañando en los pasacalles a las comisiones falleras.

Había decidido, en cuanto tuve el espolín, honrar a Carmela llevándolo a los pies de la Virgen.

Encargué para Quique un precioso chaleco de seda con las solapas a juego con mi traje, con un pedacito de espolín que la última propietaria tuvo a bien adjuntar con el resto.

Decidimos vestirnos el uno al otro con cuidado estudiado. Primero le vestí a él; luego, Quique me vistió a mí y, entre enaguas, lazos y calzones, comenzó nuestro día especial.

A la puerta de la casa de mi madre, en la calle Jesús, esperaban todos.

Enrique, con su vieja cámara en ristre, no pudo contener las lágrimas de emoción al verme, recordando el pasado.

Marcela no dejaba de aplaudir. Mi madre nos miraba con orgullo.

Y nosotros nos mirábamos a los ojos en muda promesa.

Recogí mi ramo de flores y, junto a la hermosa canastilla que la falla de la Plaza Pintor Segrelles le ofrecía a la Virgen, Enrique nos fotografió desafiando a las decenas de personas que, móvil en mano, esperaban su turno.

Llamaba la atención. Las gentes giraban la cabeza al verme; no hacia mí, sino hacia mi traje.

Cogida del brazo de Quique, me sentía dichosa de comenzar una procesión que terminaría a los pies de la patrona. A cada paso, una sonrisa; a cada aplauso, una satisfacción y, en cada clavel de mi ramo, el recuerdo vivo de Carmela.

Me sentía feliz.

Por fin estaba cumpliendo su sueño. Por fin podía sentir sobre mí la seda de su espolín, ponerme en sus zapatos, sentir su orgullo y el de su padre, mi bisabuelo. Ver en los ojos de Quique el reflejo de los de Enrique mirando con amor a Carmela.

Y ahora el espolín, el orgullo y el amor me pertenecían.

La llegada a la Plaza de la Reina me recordó lo cerca que estaba de Ella, de mi Virgen, de su imagen.

Callé. Me recogí en oración íntima. Pedí por los que tanto amaba, di gracias por todo lo logrado, por una búsqueda completada, por un deseo cumplido, por los ojos que ahora me miraban con amor: los ojos pardos de mi príncipe, aquellos que soñé de niña, aquellos que mi yaya me preparó para buscar.

Al fondo de la calle del Miguelete pude atisbar su silueta. Ella, esperando mi ofrenda en forma de flores, de gratitud y oración. Levanté la vista hacia su hermoso rostro y las lágrimas acudieron sin aviso a mis ojos. La emoción oprimía mi pecho y, en mi voz, una oración.

—Mare, ja estic ací.

Besé los claveles rojos y se los entregué, contemplando el inmenso manto confeccionado con miles de flores cargadas de amor, ofrecidas por cada fallera que pasaba bajo su mirada.

—Yaya, ya te he puesto a sus pies. He recuperado lo que fue tu alegría. Descansa en paz.

Cuando salimos a la calle Caballeros, estaban todos.

Enrique. Marcela, mi madre, y hasta Nita y Olivia, que no dejaban de bromear con Quique.

Quique apretó mi mano y yo apreté la suya.

El espolín brillaba bajo el sol de marzo.

Y, a nuestra espalda, Valencia entera celebraba sin saber que, entre toda aquella algarabía, aquella música y aquel mar de faldas de seda, un círculo acababa de cerrarse.

El bordado estaba completo. Todo se había revelado: cada hilo ocupaba su lugar y la grandeza de su intrincado dibujo aparecía ante nuestros ojos con todo su esplendor.