Capítulo 70
Cerrando círculos
Raymond esperaba en el vestíbulo a las once en punto, sentado frente a una buena copa de vino blanco y un plato de queso curado.
—Bonjour, mes amis, s’il vous plaît —dijo, señalando los sillones vacíos—. Es el momento, querida; la búsqueda llega a su fin. ¿Pero antes, qué tal una copa de vino para acompañarme?
—Perfecto —respondió Quique
Hablamos, recordamos y conectamos, pero mis piernas empezaron un nervioso baile. Mis manos impacientes apretaban los reposabrazos tapizados en chenilla crema; la conversación comenzaba a pesarme.
—¡Oh! Ya veo
Raymond me miraba sonriendo.
—No lo aplacemos más, es el tiempo debido, subamos a mí habitación.
El estómago me dio un vuelco. Estaba nerviosa; sabía a lo que iba a enfrentarme, pero no lo que me haría sentir. Y no me defraudó.
Sobre la cama descansaba el espolín Valencia de mi yaya Carmela, reluciente, como nuevo. No pude acercarme; se me paralizó el cuerpo y las piernas me temblaron. Solo pude articular: «Lo tengo, yaya», y lloré con lágrimas escondidas entre el tiempo. Lágrimas suyas, lágrimas mías.
Me acerqué lo rocé a penas con la yema de mis dedos, con reverencia, con respeto.
Era hermoso, demasiado hermoso; era suave, y su bordado resaltaba en tonos naranjas, azules y rosados.
Era único y era legado recuerdo y testimonio.
Me probé los zapatos y me sentí en sus pies. Lo perdido se había encontrado, el bordado había emergido de entre la memoria y el tiempo perdido.
Me dejaron mi espacio, respetaron mis tiempos y cuando estuve preparada me reuní con ellos en el salón de la suite.
Ambos se levantaron en cuanto me vieron. Quique vino hacia mí.
—Siéntate. ¿Estás bien?
Asentí y tomé asiento. Raymond tenía dos cartas entre las manos y las depositó sobre la mesa, frente a mí. Dos nombres: Marina y Olivia.
Quería esperar, no pude, tenía que leerla, ya, cuanto antes.
Alberto PN
Querida Marina:
Se que nunca nos hemos visto en persona, pero te conozco.
En la mirada de tu yaya, en sus palabras hacia ti, en las historias que ella me contó.
Has sido valiente, y no era fácil.
Todo ha concluido, descansa.
Por mi parte solo puedo pedirte que no vengas a buscarme, he decidido refugiarme en la oración y la clausura.
He ingresado en un convento donde el silencio me recupera y la oración reconforta mi alma.
Será mi refugio durante un tiempo.
No te preocupes por mí, me recupero poco a poco.
Cuida de mis sobrinos, sobre todo de Quique y preocúpate por la seguridad Olivia, nada le va a faltar; su madre se ocupará de que le llegue lo que le he donado, pero vigila y mantente atenta. Julia es débil; siempre lo fue
Perdona que te pida más, pero solo puedo confiar en ti.
Cuida del legado de mi madre Carmela, cuya historia debía ser encontrada por ti, y así ha sido. Sé feliz, siempre.
Alberto, tu tío.