Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 69
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Capítulo 69

El resplandor de la piedra

La silueta de la Catedral de la Almudena apareció al final de la calle, con luz propia, imponente.

Siempre había pensado que tenía algo extraño, casi contradictorio; no poseía la solemnidad oscura de las catedrales antiguas ni la arrogancia fría de los edificios modernos, pero me atraían su grandeza y aquel silencio solemne que parecía envolverla incluso desde fuera.

La fachada relucía bajo la luz limpia de la mañana. Las columnas ascendían rectas y ordenadas, como soldados haciendo guardia ante las grandes puertas de bronce.

Era temprano. Los primeros turistas comenzaban a congregarse en la plaza cargados con cámaras y mochilas, atentos a los guías que blandían paraguas de colores para evitar perder a nadie entre el gentío.

Un grupo de chicos jóvenes pasó por nuestro lado enfrascado en alguna conversación que, inevitablemente, debía girar alrededor de las chicas que caminaban unos metros por delante.

Uno de ellos, distraído con el móvil, se acercó demasiado y chocó contra mi bolso.

Quique reaccionó al instante. Me apartó suavemente hacia él y lanzó al muchacho una mirada seca que bastó para que saliera casi corriendo detrás de sus amigos.

—Lo siento, Marina, ¿te ha hecho daño?

—No, solo era un chico despistado con el móvil.

Su expresión no terminó de relajarse.

—Me recordó…

—Sí, a Celia. A mí también. Pero no era ella, relájate. Ahora tenemos que centrarnos en encontrar a R.

—¿En quién has pensado?

—No tengo ni idea, pero pensé en Raquel, mi compañera de trabajo. Quizá tiene alguna información sobre Alberto. Ella fue quien publicó la noticia sobre el caso Puma…

—No lo creo, aunque sería una gran noticia.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

Contestaba en automático. Sus ojos recorrían la plaza de un lado a otro buscando una cara conocida mientras me sujetaba del brazo y me guiaba hacia las escaleras de la catedral.

—¿En quién has pensado que podría ser?

—Mientras no sea Rodrigo, las demás R me dan igual.

Atravesamos las puertas y un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. No solo porque la temperatura descendiera varios grados al entrar, sino por la inmensidad de aquel lugar.

El ruido de Madrid quedó atrás de golpe.

Dentro todo parecía amortiguado; las voces, los pasos, incluso la respiración.

Se percibía el dulce olor a cera consumida y un leve pero intenso aroma a incienso se deslizó hasta mí, provocándome un ligero cosquilleo en la nariz y la inmediata sensación de haber entrado en un lugar suspendido fuera del tiempo.

Es curioso, pero ocurre más de lo que debería: desconocemos las ciudades en las que vivimos. Cuando viajas, visitar edificios emblemáticos se convierte casi en una obligación; necesitas verlo todo. Sin embargo, tu propia ciudad acaba siendo una desconocida.

Nunca había entrado en la Almudena, como tampoco lo había hecho en la Iglesia de San Nicolás o en la Iglesia de los Santos Juanes, y aun así podría describir casi a la perfección la Basílica de San Pedro, la Catedral de Milán o la Basílica del Sagrado Corazón de Montmartre.

La nave principal se abrió ante nosotros inmensa y vertical.

Los techos parecían elevarse sin medida, sostenidos por columnas pálidas que ascendían hasta perderse en enormes arcos apuntalados.

Había algo inesperadamente luminoso en aquella catedral.

No era oscura ni severa. La luz atravesaba las vidrieras modernas dejando manchas azules, rojas y doradas sobre el mármol, llenando el espacio de color.

Caminamos despacio por el pasillo central. Algunas personas rezaban en silencio; otras simplemente observaban hacia arriba con la cabeza inclinada y los ojos llenos de asombro.

Llegamos al primer banco casi sin hablar.

Deslicé los dedos sobre la madera. Estaba lisa por los años y por el constante roce de manos, tanto creyentes como ateas, que habían pasado por allí buscando algo: fe, consuelo, respuestas o simplemente un poco de silencio.

Cerré los ojos.

Rogué a la Virgen por Alberto, por mis padres, por Enrique, por mi familia —la de sangre y la elegida—, y di las gracias por Quique, por su amor y su forma feroz de protegerme incluso cuando el miedo comenzaba a consumirlo por dentro.

Sentí cómo sus dedos apretaban mi mano. Durante unos segundos su cuerpo pareció ceder parte de la tensión que lo mantenía rígido, pero sus ojos continuaban recorriendo columnas y bancos sin descanso, buscando entre desconocidos al misterio de la R.

La luz caía directamente sobre el altar central cuando una figura pequeña apareció recortada entre los colores de las vidrieras.

Los brazos abiertos y la larga chaqueta le conferían el aspecto de un ángel descendiendo lentamente hacia nosotros.

—Bonjour, mes amis, comment allez-vous?

Quique y yo nos miramos incrédulos.

Puede que fuera la última persona que esperábamos encontrar allí. Durante días habíamos jugado a encajar nombres y rostros alrededor de aquella inicial, pero Raymond no apareció ni una sola vez en nuestras listas.

—¡Raymond! —exclamé—. ¿Qué haces tú aquí?

—Oh, mes chers amis… tengo noticias para vosotros que creo que os resultarán interesantes. Pero antes, dejadme mirar bien a la pareja más bella de Madrid. Jeune, belle et amoureuse.

Su mirada se detuvo en Quique, que todavía no había conseguido relajarse del todo y seguía observándolo con cierta incredulidad.

Raymond sonrió apenas, se giró hacia el altar, se persignó y rezó un rápido padrenuestro antes de indicarnos con un gesto elegante que lo siguiéramos hacia la salida de la catedral.

Seguimos a Raymond hasta una cafetería cercana. En cuanto cruzamos la puerta, el ambiente cambió: solo un par de mesas estaban ocupadas por sendas parejas y reinaba el silencio —algo difícil de encontrar—, roto apenas por el tintineo de la loza y los pasos medidos del personal.

Las paredes, empapeladas con dibujos campestres de otras épocas, y las mesas de madera antigua con velas encendidas conferían al local un aire clásico de intimidad. Nos sentamos frente a la vidriera oscura, cuyas letras pintadas, leídas desde donde yo estaba, decían al revés: la tostadora.

Raymond se sentó frente a nosotros, puso los codos sobre la mesa y apoyó la cabeza sobre sus manos suspirando con una insinuante sonrisa.

De repente, Raymond levantó las manos.

—¡Lo tengo!

Quique y yo nos miramos sin comprender, mientras él guardaba un silencio enigmático bajo la sombra de su largo bigote.

—¿El qué? —preguntamos al unísono.

—Mais oui, madame, aquello que lleva buscando desde hace tanto tiempo.

—¡El espolín! —exclamé.

—¡Alberto! —añadió Quique.

—Oh là là. —Rio Raymond—. Todo a su debido tiempo, mes chers amis. Hace unos meses, mientras quitaba el polvo a viejas esculturas y muebles, la campanilla de Le Paradise me alertó de la entrada de un posible cliente.

»Era un hombre alto, bien parecido, pero en su rostro se detectaba dolor. Llovía y al parecer no llevaba paraguas, entró empapado comme un canard. Se quedó ahí plantado. Avez-vous besoin de quelque chose, monsieur? Él me miró fijamente, parecía cansado, tenía un aspecto, comment dit-on?

Se quedó pensando unos segundos.

—Enfermizo, sí eso es. Se sentó en mi escritorio y cogió entre sus dedos un pequeño cuerno de marfil tallado con elefantes caminando enlazados por las trompas.

Y comentó de pronto: «Mi nombre es Alberto Pérez Navas, mi sobrina estuvo aquí hace un tiempo buscando un espolín que perteneció a mi madre, Carmela».

Al oír nombrar el espolín, el corazón me dio un vuelco pensando en usted, señorita.

Cogió suavemente mi mano y la besó en apenas un roce.

—Alberto fue a visitarlo, ¿cuándo?

—Oh, poco después de su salida de París. El señor Pérez Navas, me pidió expresamente no decirle nada hasta que lo encontrara, si es que fuera posible. Pero voilà c’est à toi.

No pude responder; me quedé muda unos segundos. No entendía por qué Alberto había encargado la búsqueda del espolín a Raymond. ¿Desconfiaba de mí? ¿Seguía mis pasos y sabía algo que yo ignoraba? Y, por cierto, ¿dónde se escondía?

Yo me mordía el labio pensando, Quique respetaba mi silencio y Raymond desesperaba cada segundo más.

—Por cierto —dijo Raymond dirigiéndose a Quique—, su hermana ha estado siguiéndome los talones muy de cerca, es una gran rastreadora, pero yo soy mejor.

—Nita, ¿mi hermana?

—Sí, por supuesto

—¡Ja! No deja de sorprenderme, mi hermana es una caja sorpresas.

Cogí aire, miré a Quique que estaba tan sorprendido que se le atragantó el café, miré a mi extraño amigo y volví a poner los pies en tierra.

—¿Dónde?

—En su ciudad, en su cuna Valencia. El rastro fue difícil de encontrar después de Gandía, pero investigué y logré localizar al comprador; se había vendido a un particular en una plataforma de compraventa exactamente por lo mismo que costó en mi tienda.

»No estuvo exento de complicación. Había sido comprado por una mujer para lucirlo como fallera mayor, pero le faltaba una caída de tela para poder llevarlo, así que la señora Irene Lavilla, así se llama, decidió encargar a Garín una caída y media de la preciada tela, según me dijo con un coste elevado.

»Lo llevó a restaurar y rehacer por completo a un prestigioso indumentarista, compró manteletas nuevas y encargó zapatos con los trozos de tela que le quedaron, lo lució durante un par de años, y después quedó en cinta y nunca más lo pudo usar.

»Cuando me presenté en su puerta y le conté que era una pieza familiar que se quería recuperar, se negó rotundamente, que si podría usarlo su hija el día de mañana, que si quizás quién sabe adelgazo lo suficiente…

»La negociación fue dura, pero la oferta la superó.

Tenía manga ancha para negociar por parte de don Alberto, así que pujé y oferté hasta que, convencida, me lo vendió.

Adjuntó todo lo que de origen pertenecía a tu abuela y venía con el traje; yo lo recordaba a la perfección, así que, combinando lo nuevo y lo antiguo, a cambio de una suculenta recompensa logré rescatarlo.

—¿Lo tienes aquí?

—¡Oh, no! Caballero, permanece guardado en la caja fuerte del hotel.

—¿Puedo verlo?

Le pregunté cargada de emoción.

—Todo a su debido tiempo.

~~~

Salimos de la calidez de aquella vieja cafetería al frío intenso de enero. La blanca luz deslumbró nuestros ojos y nos despedimos de Raymond con la promesa de que la mañana siguiente sería el tiempo debido.

Decidimos volver a la Almudena, a visitarla como era debido y yo, personalmente, dar gracias por el viaje casi concluido.

Por el camino sentí una sensación extraña: algo me faltaba, algo había cambiado.

Estaba más ligera; mi mente había soltado un lastre y ahora había un hueco, todavía no cerrado, que echaba en falta el peso de la búsqueda, de la preocupación, del riesgo.

Quique me miraba de soslayo y apretaba fuerte mi mano. No hablaba; sabía respetar mis silencios y mis pensamientos.

Ligera como me sentía, decidí aventurarme a hacer planes.

—¿Quieres que esta tarde vayamos al centro?

—¿Hoy? ¡Ay, Marina! ¿Que no sabes ni en qué día estamos? Víspera de Reyes, cabalgata… uff, no.

—Te propongo otro plan: tarde en casa, tú, yo, unos churros con chocolate y sofá… o mejor cama, tú decides.

Me sonrió despreocupado, como hacía tiempo que no lo veía. La visita de Raymond nos había dado esperanzas y quitado un gran peso de encima.

~~~

Me desperté a la mañana siguiente feliz. Oía a Quique en la cocina y había puesto música navideña.

Me vestí con uno de sus jerséis y salí al comedor. Me recibió con tostadas y café mientras besaba mi frente.

—Bueno, ¿cuándo abrimos los regalos, antes o después?

—Déjame pensar… antes. Pero primero comemos, estoy hambrienta.

Hubo de todo: unos zapatos de mi madre, una botella de whisky y una cazadora de mi padre; un libro de Olivia y unos pijamas a juego de Nita.

Le di mi regalo a Quique —un reloj, de los de siempre— y esperé el mío.

—¿Y mi regalo?

—Lo siento, Marina, no he podido comprarte nada.

—No importa —le dije—. Tú eres mi regalo todos los días.

Se acercó a mí y me besó cálidamente mientras cogía mi mano y me colocaba una pulsera.

La miré y mis ojos se llenaron de lágrimas.

No era una pulsera cualquiera.

Era una copia exacta de la que llevaba de Carmela, la de las iniciales que le regaló Enrique… pero con la Q y la M.

Unidas por el tiempo y el destino.

Unidas por un hilo continuo e inquebrantable.