Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 68
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Capítulo 68

El efecto R.

Soñé con algo que ocurrió cuando era niña.

Mi padre me había llevado a la feria del libro en la Gran Vía. Yo miraba cuentos en uno de los stands mientras él hablaba con un joven escritor. El tema debía de ser apasionante, porque su conversación se alargó durante un tiempo indefinido… entre la paciencia y la hartura, sobre todo para mí.

Decidí investigar por mi cuenta y me entretuve en el puesto de enfrente. Mi padre me miró, sonrió… y la conversación volvió a engullirlo.

Una señora pasó a mi lado luciendo un largo abrigo de pelo lustroso que, a mis ojos, parecía un gran oso. Llevaba un pequeño perro sujeto por la correa que la seguía con pasos cortos.

Unas niñas, más allá, jugaban al escondite entre los puestos. Quise unirme a ellas. Por el camino, un hombre —periódico en mano— chocó contra mí sin siquiera disculparse.

Y entonces lo vi.

Al otro lado de la Gran Vía había un puesto de chucherías adonde mi padre me llevaba los domingos; en una bolsita iba poniendo, una a una, las diez golosinas que me permitía comprar.

Crucé la calle con el semáforo en rojo y cláxones comenzaron a estallar a mi alrededor en un estruendo que me hizo taparme los oídos con las manos… hasta que mi padre me rescató.

Cuando la conciencia volvió a mi cuerpo, me di cuenta de que aquel sonido no era tráfico.

Era el timbre.

Sonaba de forma insistente.

Abrí los ojos.

Quique no estaba; quizá había salido a correr o a comprar el desayuno, como hacía a menudo.

—Que sea eso, por favor… —murmuré.

Pensé que, excepcionalmente, habría olvidado las llaves y me levanté, haciendo que Dorothea saltara de la cama.

Abrí sin pensar.

Miré.

No había nadie.

—¡Menuda broma! —exclamé, molesta.

Al ir a cerrar la puerta, la vi.

Una caja pequeña, blanca, sin nota… esperando ser recogida.

Por supuesto, la cogí. Le di varias vueltas antes de abrirla, buscando alguna pista del remitente. No había nada.

Solo una nota.

Y una letra como firma: R.

Quique llegó con una bolsa de papel entre las manos, oliendo a mañana de descanso, a día sin preocupaciones.

Me miró intrigado. Mientras sacaba los churros y el chocolate, observó mi gesto —esa sonrisa a medias—, suspiró y se acercó a mi lado de la barra.

—¿Qué ocurre hoy, Marina?

No le contesté. Le pasé la nota.

La leyó despacio.

—¿R? ¿Quién es R?

—No tengo ni idea —respondí, con la boca llena.