Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 67
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Capítulo 67

El hilo invisible

En el aeropuerto de Barajas, un policía vestido de paisano —que había oído la orden de búsqueda de los Pérez Navas— llamó a la central al reconocerlos entre la gente.

Conocía a Jesús Jr.; iban al mismo gimnasio. Nunca le gustó ese chico. Siempre pensó que algo fallaba en él.

Se quedó cerca, vigilando sin llamar la atención.

El hombre mayor —suponía que era el padre— parecía confuso: movía la cabeza en negación constante, hablaba y blasfemaba por lo bajo. Nadie le escuchaba.

Jesús Jr. miraba a todos lados; temía a cualquiera que se acercara demasiado. Se aferraba con fuerza a su pasaporte y a una pequeña bolsa.

La chica… la había perdido de vista tan solo unos segundos. No estaba. Quizá había ido al baño. Volvería. Su maleta seguía allí.

Quince minutos después, el aeropuerto se llenó de policías.

Padre e hijo estaban en la fila de embarque. No llegaron a facturar.

Un fuerte despliegue cayó sobre ellos, y fue el propio Quique quien dirigió la detención.

No había escapatoria.

Jesús Jr., haciendo gala de su torpeza, lo intentó: trató de huir, abandonando a su padre.

Cuatro agentes lograron cortarle el paso y, tumbándolo contra el suelo, lo inmovilizaron y esposaron.

Don Jesús no opuso resistencia.

—Maldita zorra… maldita zorra…

—De la chica, ni rastro —informó uno de los agentes.

—Seguid buscando. Le gustan los disfraces. No puede haber salido del aeropuerto.

La buscaron. Alertaron a todo el personal.

Nada.

A la misma hora en que Jesús Jr. confesaba, perdido y solo ante el peligro, un muchacho con ropa holgada y una sudadera demasiado grande —rubio, de ojos azules extrañamente brillantes— cruzaba el finger del aeropuerto de Barajas con destino a Panamá

~~~

Los días pasaron.

Los enfermos curaron y los delincuentes confesaron.

Diciembre entró con fuerza y, en la tierra de las flores, de la luz y del amor, el rojo de la flor de Pascua lucía fresco en jardineras y balcones.

El cielo rugía con una furia casi endemoniada, vestido de escalas grises y ámbar, descargando granizo y agua a raudales. Y, aun así, la gente sonreía, concentrada en sus inacabables compras navideñas y olvidando el verdadero sentido de estas fechas.

Nuestros corazones, en cambio, se enfriaban.

La esperanza voló como una mariposa en un campo de amapolas.

Habíamos perdido todo rastro del espolín.

Y, con él, la manera de encontrar a Alberto.

Olivia penaba por los rincones, echando de menos a su padre.

Julia intentaba consolarla, pero ella la rechazaba.

Nita y Quique seguían tensos, lanzándose reproches furtivos en cuanto encontraban ocasión.

El abuelo Enrique se recuperaba poco a poco, sostenido por las buenas sopas y las viandas que Marcela preparaba con dedicación.

Mi tío Vicente continuaba en el hospital, después de dos operaciones.

Miguel no se separaba de su cama ni un instante, soñando con el día de su boda… y con algún pequeñajo que alegrara sus días.

Yo los observaba a todos.

Y en mi corazón se iba instalando una certeza punzante. Aquellos a quienes miraba no eran solo parte de la historia… eran mi propia familia.

Mamá venía de vez en cuando tratando de poner orden a su propia cordura, tras la resolución del caso Puma y la separación del amor de su vida.

Mi padre, en cambio, había decidido poner tierra de por medio.

Se marchó a Mallorca, a la tierra de sus raíces, buscando claridad y tratando de recomponer una identidad que Celia había dejado maltrecha.

De Celia no volvió a saberse nada.

Solo quedó un rastro extraño: su ropa, encontrada en el cuerpo de un muchacho en el aeropuerto, que confesó haberla cambiado con ella por doscientos euros y el anillo de oro que llevaba en el dedo.

No quedaba tiempo.

Todo había concluido.

Quizá no como habíamos imaginado.

Pero la vida seguía.

Y nosotros también debíamos hacerlo.

No podíamos anclarnos en la derrota ni en la desesperanza.

Quique y yo volvimos a Madrid, con la tristeza de dejar a la familia, pero decididos a seguir buscando alguna pista que nos condujera tanto al espolín como a Alberto.

Nos instalamos en su apartamento.

Aunque, al principio, juntar a Dorothea con Orson fue un pequeño calvario de maullidos y peleas…

Hasta que, poco a poco, aprendieron a tolerarse.

Los días empezaron a deslizarse unos sobre otros, monótonos, apenas perceptibles.

Madrid nos recibió con su ritmo implacable, con sus rutinas impuestas, sin tregua ni descanso.

El apartamento de Quique conservaba ese aire de perfección que me sorprendió en mi primera noche, en perfecto orden.

Él se levantaba antes que yo.

Lo escuchaba moverse con cuidado, como si temiera despertarme, aunque sabía que le estaba escuchando. El sonido del agua, el cajón que se abría, el leve roce de la tela al cubrir su cuerpo…

Cuando salía, siempre se detenía un segundo junto a la cama.

—Descansa —murmuraba, con esa voz baja que no pedía respuesta mientas besaba mi frente.

La puerta se cerraba suavemente.

Y el día empezaba… sin empezar del todo.

Yo me quedaba allí, mirando el techo, con la sensación de haber dejado pasar algo importante sin saber muy bien qué era.

Intenté volver a la redacción.

No lo conseguí.

Llegué a la puerta en dos ocasiones, pero no logré entrar. Las historias ajenas me parecían huecas frente a la que llevaba dentro.

Así que volví al apartamento.

Releía las cartas de mi yaya una y otra vez, buscaba algo que pudiera no haber visto, una pista para encontrar a Alberto y el espolín.

Me obsesioné. No salía apenas de casa. Hacía llamadas a cualquiera que pudiera haber coincidido con Alberto: trabajadores de la empresa, vecinos… pero nadie sabía de su paradero.

Aquella noche, Quique llegó más tarde de lo habitual.

No hizo ruido al entrar. Nunca lo hacía.

Dejó las llaves en su sitio, se quitó la chaqueta lentamente, casi demasiado, y me miró desde la puerta del salón.

—¿Has cenado? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—Te preparo algo.

—No hace falta.

Se acercó despacio y dejó la bolsa sobre la mesa. Había traído comida. Siempre lo hacía. Sonrió al verme coger la bolsa con ansia.

Nos sentamos frente a frente, pero no empezamos a comer.

—Has estado otra vez con las cartas —dijo, más como una constatación que como una pregunta.

—Sí.

Asintió. No había reproche en su gesto. Y, sin embargo, lo sentí. Lo pude ver en sus ojos en una leve mueca de su boca, estaba preocupado.

—Marina… no puedes seguir así.

Lo dijo en un susurro, como si le doliera.

—No estoy haciendo nada malo.

—No —respondió—. Pero te estás quedando en un sitio del que no sé si sabrás salir.

Apreté ligeramente los dedos sobre la mesa.

—No quiero salir.

El silencio que siguió fue distinto. Más hondo. Sus ojos se apartaron de los míos y sus manos, vencidas, cayeron sobre sus rodillas.

—¿Y nosotros? —preguntó entonces.

No alzó la voz; sonaba a tristeza, a derrota.

—¿Qué pasa con nosotros, Marina?

Tragué saliva.

—Estamos aquí.

—No del todo.

Bajé la vista.

—Esto es importante para mí.

—Lo sé.

—Entonces entiéndelo.

—Lo intento —dijo, y por primera vez dejó ver algo distinto—. Pero cada día te alejas un poco más.

—No es verdad.

—Sí lo es —replicó con suavidad—. Estás aquí… pero no estás conmigo.

Aquello me golpeó.

—Estoy intentando encontrar respuestas.

—¿A qué precio?

Alcé la cabeza.

—¿Qué quieres decir?

—Hay búsquedas que te llevan… y otras que te arrastran, y en esa espiral a veces te puedes perder.

El silencio volvió a caer entre nosotros.

—No es solo una historia —dije—. Es mi familia.

—Marina, tú eres mi presente y estoy aquí.

Volvió a buscar mi mirada, perdiéndose en mis dudas e inseguridades; eso dolió todavía más.

—No me pidas que lo deje.

—No te lo estoy pidiendo.

—Entonces…

Respiró hondo, despacio.

—Te estoy pidiendo que no te pierdas en ello.

Me levanté, incapaz de quedarme sentada.

—No estoy perdida.

Quique también se puso en pie, pero no se acercó de inmediato; calculó los pasos, respetó mi espacio de seguridad.

—Mírame, Marina.

Lo hice.

—Dime hasta dónde quieres llegar con esto.

Abrí la boca, pero no salió nada. No pude verbalizar aquello que ni siquiera sabía nombrar.

Él asintió, rendido.

—Eso es lo que me preocupa —dijo en voz baja.

El silencio se volvió insoportable.

—No voy a dejarlo —susurré.

—Ya lo sé.

Cogió la chaqueta del respaldo de la silla.

—Voy a salir un rato.

Se detuvo junto a la puerta.

—Cuando vuelvas… —dije, sin saber muy bien qué estaba pidiendo, solo tratando de retenerlo.

Hubo unos segundos de silencio. Él esperó mi respuesta muda.

—Vuelve.

Sus ojos se encontraron con los míos.

—Siempre, Marina. Siempre.

Y se fue.

La puerta se cerró con suavidad.

Me quedé sola en el salón, rodeada de papeles, cartas y recuerdos que no eran míos… pero que ya me pertenecían de algún modo.

Y por primera vez, no tuve claro qué estaba buscando… o qué estaba perdiendo.

No sé cuánto tiempo pasó. Me dormí en el sofá con Dorothea a mis pies y Orson entre las piernas.

La llave en la cerradura me despertó.

Sus pasos, pausados, se acercaron a mí. No abrí los ojos.

—Marina.

Mi nombre en su voz.

Levanté la vista. Estaba en el umbral del salón, mirándome; sus ojos reflejaban el mismo tono de su voz: dolido, rendido.

—No me he ido —dije, casi en un susurro.

—Lo sé.

Se acercó sin prisa.

—No quiero perderte en esto.

—Y yo no quiero dejar de buscar.

—Marina… me vuelves loco.

Pronunció un leve chasquido con la lengua y abrió los brazos, reclamando mi abrazo. Me refugié en ellos, en mi lugar en el mundo, aquel del que no quería salir.

Me separó apenas unos centímetros y levantó mi barbilla con suavidad.

Me besó despacio, como si estuviera volviendo a unir el hilo invisible que nos mantenía juntos.

Su frente permaneció pegada a la mía durante unos segundos.

Sentí cómo su respiración se acompasaba con la mía. Cómo su cuerpo se rendía lentamente al contacto.

Su mano descendió de mi cintura hasta mis caderas, reteniéndome contra él. La otra volvió a mi rostro, esta vez sin delicadeza medida, solo con necesidad.

—Marina, te necesito.

Era una rendición.

—Hazlo —susurré, entregándome por completo a sus besos.

Se apartó apenas de mi boca y rozó mi oído.

—Nada de lo que hagas logrará que deje de amarte.

Me rompió por dentro. Mis piernas temblaron, mi corazón se desbocó.

Le devolví el beso con todo el calor que nacía en el centro de mi cuerpo, sin reservas, sin miedo. Fue inevitable. Más profundo. Más verdadero. Como si algo dentro de ambos hubiera dejado de obedecer cualquier lógica.

No había prisa, pero tampoco contención. Solo un movimiento continuo, una marea imparable que terminaba arrastrándonos.

Sus manos me recorrieron despacio, buscándome, sintiéndome, anclándome a él.

Me separé lo suficiente para mirarlo. Me lo estaba ofreciendo todo.

Y era mío.

Solo él, abandonado a mí, entregado por completo.

Estábamos unidos el uno al otro, sin armas ni fronteras.

—Soy tuya.

Sus ojos se clavaron en los míos, como si aquella frase hubiera abierto algo dentro de él.

Su boca volvió a apoderarse de la mía. El espacio entre nosotros desapareció otra vez, esta vez sin reservas, sin cálculo.

Con la precisión de los cuerpos que ya se conocen. Con la rendición del yo ante el nosotros.

Su respiración se mezcló con la mía y el mundo, fuera de ese punto exacto donde nuestros cuerpos se encontraban, dejó de tener forma reconocible.

No había pasado ni futuro. Solo aquel presente absoluto.

Sus manos volaron sobre mi piel mientras nuestros cuerpos se buscaban con desesperación contenida. Sentía su cuerpo sobre el mío, firme, cálido, sosteniéndome a mí y a todo lo que empezaba a derrumbarse por dentro.

—No quiero soltarte —dijo contra mi boca.

—No lo hagas.

Mi voz salió entrecortada.

Y en aquel instante, todo lo que habían sido las distancias, los silencios y las dudas dejó de sostenerse.

No porque desaparecieran.

Sino porque ya no importaban.