Capítulo 66
Sin salida
A la misma hora en que Vicente llegaba al hospital, herido de bala —aunque con buen pronóstico—, tres coches de la Guardia Civil se dirigían por el enfangado camino hacia la finca Los Cabritillos.
Cayetano vio llegar el primero, pero no le dio importancia; a menudo pasaban por su puerta.
Cuando el tercer vehículo se posicionó en la entrada, bloqueando la salida, comprendió que algo no iba bien.
Trató de escabullirse por la puerta trasera, pero una de las parejas de guardias ya estaba allí.
Subió al altillo, buscando una salida. No la había.
Bajó las escaleras cabizbajo, rendido. Sabía que le habían descubierto. Se entregó sin palabras, sin fuerza, sin oposición alguna.
En ese momento llegó su esposa de hacer la compra. Su rostro no podía ocultarlo: incluso mirando hacia otro lado, era evidente que Cayetano estaba metido en un problema serio.
Solo se miraron. Ninguna palabra podía decirse.
Y, mientras tanto, su hija Lola —su futuro— jugaba sentada sobre el pasado sustraído al tiempo.
Cayetano no pudo con la presión. Era un hombre de espíritu débil, entregado a la bebida.
No tardó en revelarlo todo: lo que había ocurrido desde el momento en que encontró el filón.
Pero nunca se sintió culpable.
Él solo era el depositario. No fue su mano quien arrebató a sus dueños las obras de arte; en todo caso, habría que culpar a su padre… lo cual no era posible, porque ya no estaba en el reino de los vivos.
Todo lo que vendió le pertenecía —eso se repetía—, porque estaba en su propiedad. Ningún permiso tenía que pedir para comerciar con lo que era suyo.
Se rindió.
Todo lo oculto salió a la luz. Nada más pudo alegar en su defensa.