Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 65
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Capítulo 65

Tres hogueras encendidas

Una vez cumplida la burocracia, Quique pidió a su hermana y a Olivia que volvieran a casa; su seguridad estaba en manos de Pablo y Javier.

Se disponía a salir hacia el aeropuerto, donde habían localizado a los sospechosos.

Sonó el teléfono.

El corazón le dio un vuelco.

Era Marina.

¿Habría empeorado el abuelo? ¿O quizá algo peor?

Un escalofrío le recorrió el cuerpo, y su mente se puso en modo alerta mientras contestaba.

—Marina, ¿qué ocurre? ¿Es el abuelo?

—Eh… no. Pero hay otro problema.

—Dime.

Aunque aparentaba estar entero, su cuerpo —y aún más su mente— estaban agotados. La tensión y los nervios siempre dejan huella. Pero Quique sabía guardar una reserva de energía para seguir adelante, con tesón… y algo de cabezonería.

—Son mis tíos.

—¿Vicente y Miguel? ¿Qué ocurre?

—Los han secuestrado.

Unos segundos de silencio bastaron para que Quique comprendiera la gravedad de la situación.

—¿Cómo secuestrados? ¿Por quién? ¿Para qué?

—No lo sé. Me han hecho una videollamada corta.

Quieren la documentación incriminatoria de los Pérez Navas.

Si no se la damos en dos horas… —su voz se quebró— amenazan con matarlos.

He visto las armas. Quieren que la deje yo personalmente en el maletero de un BMW aparcado en la calle Cádiz.

Ellos se encargarán de recogerlo. Quique… quieren que vaya sola.

—Ni hablar.

—Tengo que hacerlo.

—No lo harás. Ven a comisaría. Buscaremos la manera de encontrarlos sanos y salvos.

Marina cogió un taxi en la puerta del hospital y se dirigió a la comisaría. Se debatía entre hacer lo correcto o lo conveniente. No podía consentir que les hicieran daño. No por su culpa.

Quique la esperaba en la puerta. Le instó a poner una denuncia formal para poder ponerse a trabajar.

Intentaron geolocalizar sus teléfonos, pero el proceso se alargaba demasiado.

Entonces lo recordé.

Hacía unos meses había salido de fiesta con mis tíos. Me encontré con unos amigos y decidí irme con ellos. Mi tío instaló en mi móvil una app de geolocalización para poder reencontrarnos.

—Quique… tengo el Life360. Tengo los permisos de mis tíos.

—Ábrelo. Puede que funcione.

Los dos puntos aparecieron en el mismo lugar.

Ruzafa.

La operación se organizó en minutos.

Cuatro policías de paisano se desplazaron a la calle Cádiz. Sentados en la terraza de la cafetería, esperaban órdenes.

Yo sostenía varias carpetas hinchadas de folios en blanco.

No había margen de error.

En cuanto dejara las carpetas, dos agentes entrarían por la terraza, dos se colocarían cerca del coche y otros dos permanecerían en la cafetería.

Temblaba de miedo.

De agotamiento.

Mi mente no dejaba de imaginar finales… y uno de ellos me aterraba.

Abrí el maletero del BMW y dejé las carpetas.

Me aparté del escenario y me refugié en el interior de un bar, tal y como me había indicado Quique.

Apenas lo miré.

Me sonrió.

Intentaba tranquilizarme.

Un hombre bajo, tosco, salió del patio mirando a ambos lados. Se acercó al coche y, con disimulo, abrió el maletero.

Cogió las carpetas.

Uno de los agentes se aproximó con sigilo.

Y entonces todo estalló.

Lo empujaron contra el capó y lo inmovilizaron. Los folios vacíos salieron volando por el aire.

Golpes.

Gritos.

Un disparo.

Miré a Quique, asustada.

Volvió a sonreír… pero esta vez la tensión marcaba su mandíbula, sus hombros. Solo una mueca.

Más ruido.

Más gritos.

La gente se detenía, pese al acordonamiento, pese al peligro.

Otro disparo.

Me mordía los labios.

Me dolía el estómago.

No podía pensar.

Solo repetía, una y otra vez:

Por favor… que todo salga bien. Por favor…

Y entonces lo vi.

Unos mocasines rojos. Inconfundibles, marca y seña del tío Miguel.

Salió aturdido, llorando como si el mundo se acabara, que, para él, probablemente, así había sido.

Quise correr hacia él, pero miré a Quique.

Negó con la cabeza.

Vicente no salía.

El miedo me atravesó.

Los dos secuestradores salieron después. Uno sangraba por la pierna; el otro, cabizbajo, se dejó conducir sin resistencia.

Pero Vicente no aparecía.

No pude más.

Salí corriendo hacia el edificio, subiendo los escalones de dos en dos, mientras la sirena de la ambulancia se acercaba.

Quique vino detrás, cubriéndome.

El olor a sangre me golpeó antes de verlo.

Metálico, denso.

Me detuve en seco.

El mundo empezó a dar vueltas.

Y todo se apagó.

Cuando abrí los ojos, estaba dentro de la barriga de una ballena blanca. O eso creí.

El efecto de los calmantes lo distorsionaba todo.

Vicente estaba a mi lado… o varios Vicentes a la vez.

—Marina… hija, despierta…

Su voz me llegaba lejana, multiplicada.

—Marina, princesa… estoy bien… despierta.

Intenté enfocarlo. No pude.

Volví a hundirme en la oscuridad.