Capítulo 64
El hombre con los ojos de gato
Unas semanas atrás, Nita abrió su ordenador al llegar del trabajo, con las piernas cruzadas sobre el sofá y una copa de verdejo bien llena entre los dedos.
Llevaba apenas un cuarto de copa cuando un match sonó en la pantalla.
Miró la fotografía con detenimiento.
Era un hombre alto, muy guapo, de edad apropiada… y con unos ojos de gato que le impedían apartar la mirada.
Quedaron en la Alameda, a las veinte horas, frente al restaurante italiano donde Jesús —ojos de gato— había reservado mesa.
Lo reconoció al instante.
Vestía de manera clásica: pantalón chino color camel, jersey de cuello caja en azul marino y los cuellos de una camisa Oxford asomando con pulcritud.
Nita levantó la mano enguantada, tal y como habían acordado para reconocerse.
Él se acercó.
Seguro. Medido. Demasiado correcto.
—Hola, soy Jesús.
—Yo soy Nita.
Hablaron de nimiedades mientras esperaban su turno de mesa y, para cuando se acabaron los postres, Nita estaba perdidamente enamorada.
Tuvieron dos citas más, muchos mensajes de WhatsApp, varias llamadas de teléfono y algún achuchón antes de que, después de varios gin-tonics, Jesús la invitara a su casa.
La primera vez no hubo tiempo para caricias lentas ni besos pausados; la urgencia del deseo convirtió el encuentro en algo brusco, intenso, rápido. No llegaron a la cama: la moqueta sirvió como lecho.
Jesús se levantó de inmediato, demasiado rápido. Cogió su teléfono y se apartó a la cocina para que su llamada no fuera oída.
Nita quedó desnuda por dentro y por fuera.
Se recompuso. Recogió sus ropas y se vistió rápidamente.
Su mente percibió por adelantado lo que su cuerpo se negaba a creer.
Hubo varios encuentros más y, poco a poco, fue emergiendo a la superficie quién era en realidad Jesús.
El carácter de él se tornó crítico, despreciativo, repleto de malas palabras fuera de lugar, de incoherencias al hablar y de una absoluta dependencia de quienquiera que estuviera detrás de aquellas constantes llamadas.
Decidió dejarlo. Ya era tarde.
Jesús se rio de ella en su propia cara cuando le dijo que era mejor dejarlo ahí.
La cogió con fuerza del pelo y la apretó contra la pared.
—Lo siento, señorita remilgos, pero no te vas sin consecuencias. Quiero saber todo lo que hacen, dicen o visitan tu hermano y Marina.
Le tiró del cabello con más fuerza, haciéndola gritar de dolor.
—Quiero saber todo lo que tengan sobre mi familia: papeles, notas, fotografías… ¡todo! No quiero que te dejes ni la hora en que orinan.
Alzó la voz otro punto y tiró de ella hasta hacerla caer de rodillas.
Paseó su mano libre por el cuerpo de Nita, provocándole tal desazón que todo su cuerpo tembló con una mezcla de asco y terror.
—Si no me obedeces, no habrá sitio donde puedan esconderse. Desaparecerán y nunca más sabrás de ellos.
Se inclinó hacia ella.
—Y tu pobre abuelo… tan débil, tan desamparado… tan fácil de dañar…
Rio a carcajadas mientras besaba su mejilla.
—Y ahora, a trabajar. Aquí tienes un teléfono nuevo. No es rastreable. Manda fotografías de todo lo que encuentres: fechas, horas, movimientos… todo.
Nita, una vez liberada, sacó de sus entrañas las fuerzas suficientes para no vomitar y recomponerse ante la crueldad. Sus piernas parecían fallar, pero resistieron. Se aclaró la garganta seca y lo miró directamente a los ojos.
—Está bien. Haré lo que me pides. Me pongo de tu lado. Mi hermano y yo… digamos que hemos discutido, y Marina no me importa nada. Lo haré.
Mintió. Movió la ficha sobre el tablero con la precisión necesaria.
—Entonces ven conmigo. Necesito que firmes unos papeles.
—Solo una condición.
—No estás en situación de pedir nada.
—Quiero que tus hombres dejen de seguirles. Yo lo haré en su lugar.
Jesús la observó en silencio.
—Te doy una única oportunidad. Si me fallas, alguno de tus familiares pagará tu error.
Nita cumplió con los requisitos. Pero cada vez que daba información, se aseguraba de que fuera insignificante, de que no afectara a nuestra búsqueda.
No hubo más acercamientos carnales.
Solo una obra teatral… en la que Nita era la directora.