Capítulo 63
Tras las puertas cerradas
Después de un ajetreado fin de semana en Gandía, Vicente y Miguel cargaban las maletas en el Volkswagen Golf y ponían rumbo a Valencia capital.
Iban en silencio. Demasiado. El aire entre ellos se había vuelto denso, casi cortante, cargado por la diferencia de opiniones acerca de qué hacer con la nota que se les había entregado.
Vicente mantenía la vista fija en la carretera, serio, con ese gesto de pensamiento profundo que Miguel conocía bien. Algo no le cuadraba; lo sentía. Un moscón persistente le zumbaba detrás de la oreja desde el mismo instante en que la vecina les había entregado el sobre.
Miguel, en cambio, ya estaba en otro lugar. Podía oler la seda, ese aroma a polvo antiguo y a historias dormidas entre los pliegues. Sentía en las yemas de los dedos la suavidad de los bordados, el brillo de los colores…
—Creo que te equivocas, Vicente. Marina nos encomendó encontrar el espolín Valencia y tenemos que llegar hasta el final. ¿Qué es lo que te preocupa? Tenemos una dirección y un nombre. ¿Qué puede pasar, a lo sumo? ¿Que no esté? ¿Que intenten engañarnos? No sé, Vicente, si tú…
—Hay algo que me preocupa desde el momento en que nos dieron la nota.
Vicente guardó silencio unos segundos, entrecerrando los ojos mientras el coche avanzaba.
—¡Ahhh! Por Dios, Vicente… ¡Suéltalo ya!
—Si no recuerdo mal, nosotros no nombramos el espolín. Y, desde luego, ni tú ni yo somos Marina… pero la buena señora nos encalomó el sobre sin más.
Miguel dudó un instante.
—Bueno… supongo que pensó que éramos los destinatarios. En el sobre no pone ningún nombre y estaba cerrado.
—La mujer no podía saberlo… ¿no lo ves?
—No… no lo veo.
Vicente suspiró, apretando el volante.
—Venga, hombre… ¿Lo contenta que se pondrá tu sobrina no cuenta? —replicó Miguel.
—Está bien. Iremos… y veremos si realmente tienen el espolín.
Llegaron a la calle Cádiz poco después del mediodía.
El número 23 lucía en la fachada roja de un edificio antiguo, justo al lado de un restaurante con terraza.
La puerta, de madera ajada, tenía un pequeño telefonillo para las seis viviendas del edificio.
El conjunto resultaba vistoso, aunque ligeramente abandonado.
Pero aquello era Ruzafa: un barrio antiguo, vivo, lleno de cafeterías y terrazas.
Miguel pulsó el botón del segundo piso.
—¿Sí?
La voz de un hombre, segura y grave contestó al instante.
Miguel no dudó.
—Buenos días, preguntamos por Chelo.
Un clic.
La puerta se abrió Y Miguel entró sin pensarlo.
Vicente lo siguió un paso por detrás, con una incomodidad creciente en el estómago. Un pie dentro… otro todavía apuntando hacia la salida. Este hombre no tiene solución, pensó mientras cruzaba el umbral.
El salón era pobre: un sofá raído, unas cortinas descoloridas de flores antaño vibrantes, una mesa redonda de contrachapado y cuatro sillas de mimbre. Dos, alrededor de la mesa; otras dos, en el centro de la estancia.
Dos hombres. Dos pistolas.
Apuntándoles directamente al corazón.
No hubo palabras. No hubo explicaciones.
Los sentaron, los amordazaron y los ataron de pies y manos a las viejas sillas. Todo en cuestión de segundos.
Los secuestradores discutían a gritos. Estaban nerviosos, desorganizados, irritados por algo que claramente no había salido como esperaban.
Vicente y Miguel permanecían inmóviles. El instinto les gritaba que no hicieran nada. Que cualquier movimiento podría empeorar la situación.
—¿Dónde coño están? —escupió uno de ellos.
—Tenían que venir ellos, no estos dos.
—¿Quiénes son estos?
—Ni idea…
El más alto y corpulento se acercó a Miguel y le arrancó la mordaza.
Miguel aspiró aire con desesperación.
—¿Quién coño sois? ¿Por qué tenéis la nota?
—S-somos… los tíos de Marina… veníamos a por el traje de…
—Calla. Ya sé a qué venías.
Le volvió a colocar la mordaza con brusquedad.
Miguel emitió un sonido ahogado, inútil.
Los hombres se apartaron unos pasos y continuaron discutiendo en voz baja, nerviosos, mirando de reojo a sus prisioneros.
Vicente y Miguel lograron entrelazar sus manos atadas, buscándose, aferrándose el uno al otro.
Diez minutos.
Los diez minutos más largos de sus vidas.
Finalmente, uno de ellos sacó el teléfono.
—No coge… la jefa no coge.
—¿Dónde se habrá metido la loca del demonio?
—Sabes cómo es Celia… en cualquier lado y en todos.
Volvió a marcar.
Nada.
—La muy zorra… nunca está cuando se la necesita.
—¡¡Silencio!! —le gritó a Miguel el más pequeño de los dos hombres cuando este trató de hablar.
El corpulento regresó junto a Vicente. Le quitó la mordaza de un tirón y le puso el teléfono delante.
—Vas a decir exactamente lo que te diga. Ni una palabra más.
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En la sala de espera del hospital esperábamos que nos confirmaran que Enrique había entrado en la UCI y que estaba a salvo.
Marcela, sentada junto a mí, tejía lo que parecía una bufanda de lana, como si aquel gesto repetido pudiera sostener la calma que ninguno tenía.
Julia, con la mirada perdida, parecía atrapada en sus propios pensamientos; la inoportunidad del infarto del viejo le pesaba como una losa. Necesitaba hablar con la policía… pero no era el momento. Y él no había querido escuchar.
Quique, a regañadientes, se había marchado.
Un despliegue urgente tras la llegada de Nita y Olivia no dejaba lugar a dudas.
Les ordenó que fueran a comisaría.
Necesitaba oírlas. Necesitaba entender.
Pero era el momento y no había tiempo que perder.
Algo en la actitud de Nita le hizo pensar que quizá… no todo estaba perdido.
Llegaron a la sede policial con el pulso aún acelerado.
Las órdenes dadas por teléfono ya estaban en marcha.
Pablo había movilizado patrullas en las inmediaciones del aeropuerto de Barajas.
Controles discretos. Vigilancia en accesos. Nada visible aún.
Pero las cosas de palacio van despacio.
Antes de que todo pudiera formalizarse, había que poner en marcha la maquinaria: avisos, autorizaciones, registros… papeleo que siempre llegaba un segundo tarde. Y, mientras tanto, el tiempo corría y las aves escapaban de su jaula.
Quique tiró de algunos hilos, presionó, metió prisa y consiguió, como era habitual, que la maquinaria rodara acompasada. Se dio un momento tras la última llamada y suspiró sonoramente sin despegar las manos de su escritorio.
—Nita, cuéntame ahora mismo toda la verdad, no me mientas porque lo sabré, no omitas nada porque lo descubriré.
Es el momento de confesar. Habla.