Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 62
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Capítulo 62

El latido de un débil corazón

Cuando llegamos al hospital, ya no pudimos verlo.

—Solo esperen en la sala. Les llamarán. Están atendiéndolo.

Nada más. Ninguna explicación. Ningún detalle al que aferrarse.

La sala de espera estaba abarrotada. Un murmullo continuo, denso, como un viento del norte colándose entre las paredes, envolvía el aire y lo hacía aún más pesado.

Los grandes ventanales dejaban ver un exterior gris, apagado, y al mismo tiempo devolvían los reflejos de los rostros cansados, tensos, de quienes aguardaban con una impaciencia contenida.

En las pantallas, al sonido intermitente de aviso, aparecían iniciales y números de tarjeta; cada vez que sonaban, todas las cabezas se alzaban al unísono —enfermos y acompañantes— con la breve esperanza de que, por fin, fuera su turno.

Encontramos dos asientos libres entre las filas alineadas y nos sentamos cerca de los dispensadores. Yo apreté la mano de Quique con fuerza. Él, cabizbajo, parecía deshacerse por dentro, atrapado entre la rabia y el miedo.

—No puedo entenderlo, Marina… ¿mi hermana? ¿Por qué?

—No lo sé, Quique… pero tampoco lo creo. Seguro que hay algo que no sabemos.

—Pero está ahí… —insistió, con la voz rota—. Es su firma, es su nombre. ¿Qué más pruebas quieres?

Se llevó las manos a la cabeza, negando, como si así pudiera borrar lo que había visto.

—Y luego esto… ¿no lo ves?

—Lo veo… pero no lo creo.

Quise que mis palabras sonaran firmes, pero algo en mí empezaba a resquebrajarse.

Nita no era codiciosa. No era taimada. No era una traidora.

No… no podía serlo.

Marcela sacó un rosario del bolsillo y comenzó a rezar en voz baja. Julia, sentada a unos metros, miraba al frente sin ver nada, perdida, preguntándose qué hacía ella allí, entre personas que no eran su familia y a las que apenas conocía.

Quique empezó a mover las piernas sin control. Se inclinaba hacia delante, se incorporaba, volvía a hundirse en la silla. La tensión le recorría el cuerpo entero.

—Vamos fuera… que te dé un poco el aire.

—Estoy bien.

—No lo estás.

Se levantó de golpe. No esperó.

—Marcela…

—Tranquila, hija —respondió sin dejar de pasar las cuentas del rosario—. Yo os llamo en cuanto digan algo. Esto va para largo.

Salí detrás de él. Solo fueron unos segundos.

Pero ya era tarde.

En el parking C, la escena me golpeó de lleno.

Quique tenía a Nita acorralada contra la pared. No gritaba, pero su voz era dura, contenida, cargada de acusación. Olivia, a unos pasos, observaba inmóvil, con los ojos muy abiertos, incapaz de comprender del todo lo que estaba ocurriendo.

—No es lo que crees, Quique.

—Ah, ¿no? —replicó él, clavándole la mirada—. Mira lo que le ha pasado al abuelo. Es culpa tuya. ¿En qué estabas pensando? ¿Aliándote con el enemigo? ¿Es por dinero, Nita? ¿Qué te han prometido?

Sentí un nudo en el estómago. Nunca lo había visto así. Nunca había visto esa oscuridad en él.

Nita no se movía. Permanecía pegada a la pared, firme, con la mirada fija en su hermano, soportando el golpe sin apartarse.

—Te repito que no es lo que parece.

La gente empezaba a mirar. El aire se tensó aún más.

Me acerqué, intentando interponerme, bajar aquella intensidad que amenazaba con un estallido.

—Quique, por favor…

Intenté apartarlo, pero él, rígido como estaba, me rechazó con un gesto brusco.

Y entonces me vio.

Vio cómo perdía el equilibrio un instante, cómo mi cuerpo se balanceaba hacia atrás buscando sostenerse.

Cerré los ojos.

Fue apenas un segundo.

Pero en ese segundo, todo cambió.

Sus brazos se soltaron de la pared, despacio, como si le pesaran. Dejó libre a Nita sin mirarla ya.

—Lo siento, Marina… ven.

Me acerqué. Él me abrazó con fuerza, aferrándose a mí como si fuera lo único sólido que le quedaba.

Y entonces lloró.

Lloró sin contención, con la rabia, el miedo, la incertidumbre y las dudas desbordándose al fin.

~~~

Marcela había rezado el tercer rosario cuando, a lo lejos, oímos a una auxiliar:

—¿Familiares de Enrique Ruiz? Pasen a la consulta 4.

Nos levantamos al momento y nos dirigimos hacia el pasillo de consultas, buscando el número 4.

La consulta era pequeña y nosotros demasiados, así que Marcela, Julia y Olivia se quedaron fuera.

El doctor apareció a los pocos segundos, con un electrocardiograma en la mano.

—¿Familiares de Enrique Ruiz?

Todos respondimos a la vez afirmativamente. Nos invitó a sentarnos, aunque Quique se quedó de pie, atento a cada movimiento del joven médico.

—Enrique ha sufrido un infarto de miocardio, pero ha llegado a tiempo. Se le ha estabilizado con oxígeno y medicación intravenosa, pero deberá permanecer 48 horas en UCI.

—¿Tendrá consecuencias? —preguntó Quique, algo más sereno.

—Sí, las tendrá.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Deberá seguir un tratamiento de por vida, llevar una dieta saludable, hacer ejercicio moderado y, por supuesto, evitar el estrés.

—Lo cumplirá. Se lo aseguro —contestó Nita, mirando a los ojos de su hermano.

—En cuanto sea posible pasará a UCI. Dejen un teléfono de contacto en centralita; se les avisará si hay cambios. Podrán verlo mañana en horario de visitas: de 12 a 14 o de 17 a 20.

Nita, angustiada, no quería irse del hospital sin ver a su abuelo. Dudó apenas un instante… pero no pudo evitar contenerse. Se acercó al mostrador:

—¿Podría pasar a verlo… aunque solo sean unos segundos?