Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 61
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Capítulo 61

Sábado en Gandía

Miguel observaba el anillo de platino, con un pequeño brillante incrustado, que desde hacía menos de veinticuatro horas adornaba su dedo… y también su sonrisa, amplia, luminosa, casi incrédula.

—¿Sabes una cosa, Vicente? Creí que nunca me lo pedirías.

Vicente giró apenas la cabeza, lo justo para mirarlo de reojo.

—¿Por?

—Ya sabes… porque soy inestable, intratable… y te he sido infiel.

Vicente sostuvo su mirada un instante.

—¿Piensas seguir siéndolo?

Miguel negó con rotundidad, sonriendo.

—¡Ni hablar! Pienso sentar la cabeza.

Vicente asintió, relajando el gesto.

—Eso está bien… aunque, a decir verdad, excepto por lo de ser infiel, preferiría que siguieras siendo tú.

Miguel soltó una pequeña risa.

—Oh, cariño, claro… y yo que tú siguieras siendo el tipo serio, gruñón y silencioso que eres… aunque, igual, un poco más de vidilla no estaría mal.

Vicente sonrió sin apartar la vista de la carretera, y Miguel, juguetón, se contoneó en el asiento. Cuando el coche se detuvo en un semáforo, apoyó la cabeza sobre su hombro con naturalidad.

—¿Crees que un niño podría entrar en nuestros planes?

Vicente lo miró, sorprendido.

—Nunca me habías comentado que querías ser padre.

Miguel se encogió de hombros, como si acabara de descubrirlo él mismo.

—Bueno… si nos casamos, y como te he dicho, siento la cabeza… podría ser interesante. ¿Te imaginas? Tú y yo, papás.

Vicente dejó escapar una risa breve, todavía incrédulo.

—No me lo puedo imaginar… ¿no crees que somos algo mayores para eso?

—Oye… habla por ti. Yo soy muy joven todavía.

Vicente rio con ganas, pero algo cálido e inesperado se instaló en su mente. Se imaginó empujando un carrito de bebé, de esos con ruedas grandes… con lazos azules.

—No sé… —murmuró, pensativo—. Lo podríamos tener en cuenta.

—¡Ese es mi chico!

—Y no presumas de joven —añadió Vicente—. Ya sé que nos llevamos siete años… pero tampoco tú cumples ya los treinta.

—Pero siempre seré más joven.

Rieron.

Y, durante el trayecto, se permitieron imaginarlo: uno… o dos niños corriendo entre libros de derecho y refajos de seda, tirando de la cola a los gatos, desordenándolo todo, poniéndoles la vida patas arriba.

Al llegar a Gandía pueblo, ya lo tenían decidido.

Irían a la agencia de adopción en cuanto volvieran a Madrid.

~~~

La dirección que les habían dado como último destino del espolín de Carmela estaba frente a ellos.

Llamaron al telefonillo.

Nadie abrió.

Aprovecharon la entrada de un vecino cargado con el carro de la compra —al que ayudaron a subir el alto peldaño del portal— y le preguntaron por la familia Borja.

—¡Don Vicente Borja! —respondió el hombre, pensativo—. Sí… los recuerdo. Pero hace ya tiempo que se mudaron. Pueden preguntar a su vecina… eran muy amigos. Quizá sepa algo más.

Subieron al primer piso, algo desilusionados, pero aún con la esperanza de encontrar una pista.

La vecina abrió con cautela, sin quitar la cadena.

—No quiero comprar nada, ni cambiar de compañía de seguros, ni de la luz… ni del gas.

Vicente intervino con calma.

—Disculpe, señora. No queremos molestarla. No vendemos nada, no se preocupe. Solo queríamos preguntarle por sus antiguos vecinos, los Borja. Un vecino nos ha dicho que quizá usted…

La mujer los observó con desconfianza.

—¡Oh, mare meua…! No he sabido nada de ellos en años… y ahora, en poco tiempo, ya van dos visitas preguntando por lo mismo.

Miguel y Vicente se miraron.

—¿Alguien más ha venido a preguntar?

—Oh, sí. Un hombre. Hará unos tres meses… Se interesó por la dirección de Vicente y Marga… y por no sé qué de un traje de valenciana.

—¿Recuerda cómo era?

La mujer frunció el ceño, buscando en su memoria.

—No sabría decirle… alto —alzando la mano, más o menos a la altura de Miguel—, madurito… pero de buen ver. Bien arreglado. Con buenas palabras.

Vicente y Miguel contuvieron el aliento.

—¿Dijo su nombre?

—No sé… ¿Antonio? ¿Alfredo?…

Dudó un instante.

—Alberto. Eso es. Alberto.

El alivio fue inmediato.

Se miraron.

El espolín seguía en juego.

—Lo recuerdo porque se llamaba igual que Chicote… Alberto.

—¿Y podría decirnos qué información le dio?

La mujer los observó de arriba abajo, midiendo, dudando.

Finalmente suspiró.

—Los Borja vendieron ese traje de fallera hace muchos años… cuando el negocio empezó a ir mal y los dineros comenzaron a escasear. Creo que fue a parar a una casa bien en Valencia capital… Esperen un momento.

Cerró la puerta.

Desde el otro lado se oyeron sus pasos arrastrados por las zapatillas.

Silencio.

Un minuto.

Dos.

Los goznes chirriaron de nuevo, y esta vez el sonido metálico de la cadena al soltarse precedió a la apertura completa.

—Tengan.

Les tendió un sobre blanco.

Vicente lo cogió, sintiendo una incomodidad sutil, casi imperceptible… como si algo no terminara de encajar.

—¿Y esto… qué es?

La mujer suspiró.

—El hombre por el que preguntan… Alberto… volvió unas semanas después. Me dijo que alguien vendría preguntando por los Borja y por el traje de fallera… y que, si eso ocurría, les entregara este sobre.

Hizo una breve pausa.

—Nada más puedo decirles.

Se encogió de hombros.

—Ale… hasta luego. Ya tienen lo que buscaban.

Y cerró la puerta.

Al salir del portal, Miguel no pudo contener la risa.

—En serio te digo que, si no fuera porque acabo de pellizcarme y me he hecho daño, creería que estoy en un episodio de Aquí no hay quien viva.

—¿Qué? No conozco la serie.

—Ay, hijo, qué soso eres… —dijo Miguel, quitándole el sobre—. Vamos, lo abrimos en el coche.

Vicente dudó un instante.

—¿Lo leemos… o se lo damos a tu sobrina? —insistió Miguel—. Ha delegado esta misión en nosotros… creo que no le importará.

Abrió el sobre y desplegó el papel.

Su voz, al comenzar a leer, se volvió más lenta, más contenida.

«El espolín está a buen recaudo. Lo he encontrado y lo guardo para ti, Marina. Calle Cádiz 23, PTA 1. Pregunta por Chelo».

—Qué bien, Vicente, lo tenemos.

El entusiasmo de Miguel era patente; cada vez que encontraba algo de valor olvidado por el tiempo o descartado por la ignorancia humana, sus ojos se abrían como flores en mayo y el rubor teñía sus mejillas.

Vicente, con ambas manos aferradas al volante, entrecerraba los ojos.

—¿Qué pasa? Dime.

—No es… nada.

Pero no sonó convincente.

Miguel lo observó con atención.

—Venga, Vicente… que te conozco demasiado bien. Suéltalo.

Vicente dudó un instante antes de hablar.

—Es que… algo no me cuadra.

Respiró hondo.

—Esa carta es… no sé, ¿algo impersonal?

Miguel se encogió de hombros, pensativo.

—Pues porque no se conocen… No han coincidido en el tiempo de búsqueda o porque no quiere dar más información… Ay, yo qué sé… no seas tiquismiquis.

El silencio se instaló entre ellos, cargado de preguntas.

Y el sobre, vacío, seguía abierto sobre sus rodillas cuando volvieron al hotel.