Capítulo 60
¿Inocente o culpable?
Antes de aventurarse a salir de la habitación, Olivia se acercó al escritorio donde Celia había escrito la nota: solo letras y números, solo un IBAN, un número de cuenta, nada más.
Ninguna explicación, ningún sentimiento…
solo una cifra fría. Quizá algo de dinero para poder sobrevivir; fondos probablemente manchados de engaño y traición.
Nita fue la primera en salir. Bajó las escaleras y se dirigió directamente a la chimenea, donde aún ardían las pruebas de un delito que podía salpicarla en cualquier momento.
Todo se había quemado. Solo las cenizas quedaban como prueba.
Olivia se sentó, callada, en el sillón en el que solía descansar su tío Jesús.
—Nita, ¿qué hacemos ahora?
Era tan inocente, tan dulce… Nita la miró con una mezcla de cariño y pena, a sabiendas de que la vida de Olivia acababa de resquebrajarse.
—No te preocupes, Oli. Todo saldrá bien y pronto podrás estar con tu padre. Lo encontraremos, ya verás.
Olivia abrazaba la almohada de terciopelo azul con fuerza y miraba a Nita, esperanzada.
—Ojalá sea pronto…
Lo dijo más para autoconvencerse que creyéndolo realmente.
—Espérame aquí. Tengo que buscar algo.
Olivia, extrañada, siguió con la mirada cómo Nita subía las escaleras de su casa como si fuera la suya propia.
La vio desaparecer hacia las habitaciones, pero no se movió.
Nita entró en la habitación de Jesús Jr. Había estado allí dos o tres veces, pero lo había observado y sabía dónde ocultaba las cosas importantes. Abrió el cajón de la cómoda que estaba frente al escritorio y buscó entre la ropa interior una caja metálica que recordaba de visitas anteriores.
La encontró al fondo y sacó de ella la llave que buscaba.
Salió hacia la derecha y se dirigió a la habitación contigua a la de Celia, que hacía las veces de despacho.
Había espiado a Jesús el día que le amenazó y le obligó a firmar aquel documento, y había visto cómo lo metía en una carpeta verde, dentro de un cajón con llave.
Se acercó a aquel mueble, con la llave en mano y deseando acabar con la sensación de culpabilidad que la azotaba… pero el cajón estaba vacío.
Quizá aquel papel era ahora parte de las cenizas que cubrían los muebles del salón.
O quizá no.
Estaba a punto de cerrar el cajón cuando un sobre le llamó la atención.
Era un sobre común, con un nombre no tan común escrito con boli negro: J. M. López de Ayala.
Lo cogió y, sin dudarlo, lo abrió. Ahora ya nadie le podía impedir rebuscar en las entrañas de aquella casa cargada de secretos.
Las fotografías de Celia y Juan Manuel, en una actitud bastante más que cariñosa, la hicieron sentirse como una fisgona tras una mirilla.
Se sintió incómoda, a la vez que sorprendida… pero, instintivamente, comprendió.
Conocía lo suficiente a Celia como para saber que no tenía ningún escrúpulo para conseguir lo que se proponía, aunque el precio fuera la vida.
Sabía que ella misma había sido víctima del mismo plan urdido por aquella reina, aunque llevado a cabo por su estúpido vasallo.
Pero ella ya había pagado el precio pactado por la desaparición de las imágenes…
¿Cuál sería el precio a pagar?
Cogió el sobre y se disponía a bajar las escaleras cuando oyó a Olivia gritar de pánico.
Se oían golpes y el ruido de la loza desportillándose contra el suelo.
Bajó las escaleras despacio, en silencio.
Oli se defendía bien, a patadas y mordiscos.
El atacante era un hombre de más bien poca altura, pero de cuerpo fuerte, que le gritaba que se estuviera quieta.
Olivia se percató de la presencia de Nita y gritó más alto, silenciando sus movimientos.
Nita agarró la elegante lámpara de pie de madera y le asestó un golpe con todas sus fuerzas. El agresor cayó de bruces contra el suelo. No esperaron a saber más; salieron corriendo hacia la calle mientras el teléfono de Nita bramaba, exigiendo urgencia.