Capítulo 59
Tempus fugit
Quique salió de la comisaría volando. Se tropezó con alguien a quien ni siquiera vio, cogió las llaves de una de las motos policiales y se dirigió, con un enorme peso en el pecho, hacia la casa de su abuelo.
La cabeza le daba mil vueltas; solo sentía pánico. Tenía los músculos tensos. La garganta se le cerró y sintió la boca seca.
Puso la sirena para no detenerse en los semáforos y, quizá, se excedió al cruzar Ángel Guimerá.
Cuando llegó a la puerta de la que siempre sería su casa, el sonido de la motocicleta se mezcló con otra sirena.
La ambulancia.
Cargaban al abuelo, con el oxígeno puesto, el cuerpo desmadejado.
Dejó la moto de cualquier manera y se acercó con los ojos muy abiertos, el corazón en un puño. Le costaba respirar. Creyó llegar tarde…
Hasta que vio cómo el abuelo tendía la mano hacia Marcela.
—¿Qué ha pasado, Marcela?
Ella, con los ojos anegados en lágrimas, no reaccionó.
—¡Marcela!
—¡Ay, hijo, qué susto me has dado…! Pues ya ves… un infarto dicen… o un amago… no sé…
—Pero… ¿estaba nervioso? ¿Ha pasado algo?
Marcela negó, desbordada.
—Mmm… pregúntale a Marina, anda… yo… yo no puedo contarlo…
Le dio el tiempo justo de ver, a través del portón trasero, los pies del abuelo entrando en la ambulancia.
—¿Dónde lo llevan?
—Al hospital La Fe —respondió el conductor.
Salió corriendo. Subió los escalones de dos en dos, sin esperar al ascensor.
Llegó en el mismo instante en que yo salía con una bolsa en la mano, lo necesario para el abuelo. Detrás de mí, una mujer que él no conocía.
Me miró.
Una pregunta en los ojos.
Se acercó y me abrazó con los brazos temblorosos.
—Tranquilo, Quique. Saldrá de esta.
—Pero… ¿qué ha pasado? Esta mañana estaba bien y…
—Te lo cuento por el camino.
Julia lo miraba en silencio. Había estado esperándolo todo el día. Tenía que hablar con él. Era urgente. Pero aquel no era el momento.
—¿Y yo… qué hago entonces?
Su voz sonó pequeña. Perdida.
No podía volver a casa. No quería salir a la calle. Tampoco era nadie para quedarse allí… y menos siendo la portadora de todo aquello.
Nos siguió.
Bajamos las escaleras hasta la calle.
Quique fue directo al coche, dejando la moto en la acera. Ya llamaría a Pablo.
Yo le seguí. Marcela ya estaba sentada detrás.
Julia hizo ademán de entrar.
—Disculpe, señora… —dijo Quique, extrañado al verla acomodarse—. ¿Quién es usted?