Capítulo 58
Una habitación con vistas, un espolín y una canción de amor
Era viernes al mediodía cuando Vicente y Miguel llegaban al hotel Bayren, en primera línea de playa en Gandía.
Miguel estaba emocionado. Hacía años que no volvían al hotel donde habían pasado su primer fin de semana como pareja. Todo le parecía conocido y, a la vez, nuevo.
Vicente sonreía ante el entusiasmo de Miguel. Era tan abierto, tan sincero, tan feliz… A veces le apabullaba, pero esa espontaneidad había sido lo que le había atraído desde el principio.
Él, en cambio, era tan diferente: reservado, con temor a que los demás reconocieran en su interior al homosexual que sus propios padres repudiaron…
Miguel llamó la atención de Vicente hacia la mesa exquisitamente decorada del hall y, con gran aspaviento, se dirigió hacia la barra del bar contigua, dejando a cargo del check-in a Vicente, que sonreía y asentía con la cabeza a sus exclamaciones.
Los instalaron en una estancia trasera, sin vistas al mar, y Miguel no perdió tiempo exigiendo a recepción un cambio de dormitorio. Por supuesto, lo consiguió.
La nueva habitación era espaciosa, con la luz mediterránea inundándolo todo, iluminando la gran cama blanca frente al amplio balcón.
La bañera, en medio de la suite, entusiasmó a Miguel, que propuso un baño antes de comer. Vicente le convenció para dejarlo para más tarde, quizá para la hora de la siesta, y le guiñó un ojo con picardía.
Caminaron por el paseo, cogidos de la mano, respirando el denso aire cargado de salitre y el leve olor a algas.
Hacía frío. Diciembre estaba cerca, y pocos viandantes se atrevían a desafiar el viento del mar.
Buscaron un restaurante conocido y prestigioso para comer un buen arroz con bogavante y un postre excelente.
De camino al hotel intentaron llamar al último propietario conocido del espolín de Carmela, pero no hubo respuesta. Un teléfono desconocido era, con frecuencia, desatendido, por lo que decidieron ir al pueblo a buscar la dirección el sábado por la tarde.
Tras la siesta, bajaron a disfrutar de las instalaciones del hotel.
El spa olía a ozono y a agua perfumada. El calor dulce, la luz tenue y el murmullo constante de los chorros producían una sensación de relajación que invitaba a las confidencias… y quizá también a algún contacto furtivo.
Vicente estaba algo nervioso. El momento era como cualquier otro. Tenía que decírselo. Pero dudaba.
—Oh, my God! Entra en la piscina, Vicente, está supercalentita.
—Preferiría entrar primero a la sauna.
Miguel levantó las cejas con una teatral indignación.
—Ohhh… ¿Siempre has de llevarme la contraria? Está bien, vamos a la sauna.
Vicente abrió la puerta lateral de cristal. Una bocanada de aire húmedo y caliente le golpeó la cara. Dentro, la luz era más tenue y el vapor suavizaba los contornos.
Se sentó en uno de los bancos de piedra. El calor empezó a envolverle lentamente y sintió, de nuevo, la presión en el pecho. Aquello que llevaba semanas queriendo decirle.
Quizá ese era el momento.
Miró a Miguel. Estaba apoyado en la pared, abanicándose con la mano y resoplando.
—Madre mía… esto es el infierno.
Vicente abrió la boca… pero la volvió a cerrar.
No. No era el lugar adecuado.
Miguel no paró de quejarse del calor ni un segundo y, al cabo de pocos minutos, salió casi huyendo, dejando entrar una bocanada de aire más fresco del exterior.
Vicente se quedó un instante más dentro, respirando el vapor caliente mientras pensaba en cómo decírselo.
Su pareja ya esperaba fuera, resoplando exageradamente.
—¡Dios mío! Creo que me he cocido como una gamba.
Vicente salió detrás de él, riendo por lo bajo.
—Exagerado.
—De eso nada. Si me quedo un minuto más ahí dentro, tienes que sacarme con una cuchara.
Miguel se dirigió directamente a la ducha fría del spa y abrió el agua con decisión y un pequeño quejido por la impresión.
—Ven aquí, que esto sí que te espabila.
El agua cayó sobre sus hombros y Miguel soltó un grito.
—¡Joder!
Vicente no pudo evitar reír.
Durante unos segundos se quedaron allí, entre el vapor y el ruido del agua.
Miguel se volvió hacia él, con el pelo mojado pegado a la frente.
—¿En qué piensas?
Vicente dudó apenas un segundo.
—En que tengo hambre.
Miguel sonrió.
—Eso sí que lo arreglo yo enseguida.
Le dio un beso rápido y salió hacia los vestuarios.
Vicente lo observó alejarse, con esa forma despreocupada de moverse que siempre le había fascinado. Sí, la cena sería el momento. No tenía claro cómo recibiría su pareja la noticia. ¿Quién sabía?
Miguel era impredecible, un alma libre. Él tenía la palabra. Él decidiría.
Estaban juntos desde hacía más de cinco años, en los que le había perdonado más de una infidelidad, más de una salida de tono, más de un abandono.
Pero era él. Lo supo desde que lo vio entrar por la puerta de aquel viejo local: tan enérgico, tan vivaz…
todo lo contrario a su propia forma de ser. Lo complementaba. Lo empujaba.
Las dudas le invadían. ¿Se lo decía o lo callaba? No, no podía esperar más. Tenía que decírselo.
Miguel salió de la ducha con el albornoz blanco, las zapatillas que le venían pequeñas y una amplia sonrisa en la cara.
—Tu turno, campeón.
La viva imagen de la felicidad, como de costumbre.
Parecía que la vida para él fuera un eterno festival. Se emocionaba enormemente ante cualquier circunstancia, sobre todo ante un buen tejido con historia, un encaje de mil horas de trabajo manual o unos zapatos de algún siglo pasado.
Llegaron al comedor del hotel pasadas las nueve.
Miguel pidió un Ramón Bilbao y un buen entrecot. Vicente se decantó por una lubina con guarnición.
Con el postre, llegó el momento.
Vicente sentía una culebrilla en la boca del estómago, incómoda, insistente.
Miguel pidió tarta de queso curado; Vicente, un brownie.
—¿No te apetece? Siempre es tu primera opción.
—Sí me apetece, pero estoy hinchadísimo después del entrecot… comeré del tuyo.
Miguel sonrió con cariño.
Siempre acababa comiéndose los dos postres. Con el dulce no tenía medida.
Vicente deslizó el brownie hacia él, del que apenas había probado una cucharada. Miguel dejó su plato vacío frente a Vicente y se dispuso a atacar el segundo.
—Oye… esto está buenísimo.
Dijo con la boca medio llena, tapándose con la mano.
Vicente tragó saliva.
—Miguel… tengo algo que decirte.
—Suéltalo ya. Se te está poniendo cara de circunstancias. ¿Tan grave es?
Y entonces, sin pensarlo más, Vicente se levantó.
Miguel lo miró, incrédulo.
Vicente dio un paso al frente y sacó una pequeña cajita de joyería.
El tiempo pareció detenerse.
—¿Te quieres casar conmigo?
—Oh, my God… ¿really?
Miguel se levantó de un salto, llevándose las manos a la cara, emitiendo pequeños gritos de pura alegría.
Todo el restaurante los miraba.
Sonrisas. Expectación. Alguna ceja alzada.
Y entonces, claro, alto, vibrante:
—¡Sí quiero!