Capítulo 57
El terremoto de la traca
El coche policial se silenció tras dejar a Quique en comisaría. Javier apagó la sirena y respetó mi silencio durante el corto trayecto.
Me acompañó hasta la puerta y prometió quedarse cerca mientras todo se resolvía.
Llamé al timbre; la respuesta se demoró. Insistí. La voz dudosa de Marcela contestó:
—¡Abre, Marcela! Traigo noticias.
—¡Ja! Para noticias, las nuestras —contestó mientras abría la puerta.
El ascensor bajaba del último piso cargado con un matrimonio joven y sus tres hijos, el último en su carrito.
Me forcé a ser amable y sonreír, pese a que estaban interrumpiendo mi urgencia por subir y descubrir lo que me aguardaba. Las mías, sin duda, no serían agradables.
Los niños impedían mi entrada al ascensor, y tuve que mostrar mi impaciencia con un dejo de brusquedad.
Marcela me esperaba en la puerta, cucharón en mano y delantal puesto.
—Pasa, hija, pasa, que aquí tenemos el circo mundial con elefantes y todo montado. ¡Ay, señor!
Miré dentro y vi a Enrique caminar arriba y abajo con las manos cruzadas a la espalda, claramente afectado. Su columna, que había empezado a curvarse, se veía más doblada que nunca.
Me miró; vi preocupación y a una mujer sentada tras él, con la mirada perdida y ajena al ir y venir del anciano.
—¿Qué ocurre, Enrique? ¿Qué pasa?
—¿Y quién es usted, señora?
—Eso pasa —dijo Enrique.
—Soy Julia Samper, la esposa de Julián Pérez Navas.
—¿Tú ves el circo, niña? —dijo Marcela, nerviosa.
—No entiendo nada. Vamos por partes. Usted es… ¿La mujer de don Julián Pérez Navas? ¿Y qué se supone que quiere?
—Hablar con Quique Ruiz… y conseguir mi inmunidad.
—¿Inmunidad? ¿Inmunidad de qué?
—Soy inocente y, ya puestos, si usted es quien creo que es… la inmunidad de su madre.
—¿De mi madre? ¿Tiene pruebas?
—Ajá.
Sentí un vuelco en el corazón.
—No te relajes, niña, que hay más.
—¿Que no dice esta señora que Nita está implicada? —dijo Enrique, sin dejar de andar.
Otro impacto, más hondo. Mi mano buscó la nota de advertencia; la duda se convirtió en certeza.
—Un circo, ya te digo.
—Tengo una carpeta a nombre de Elena Ruiz; creo que la llamáis Nita. Tu madre me dijo que os la diera.
Enrique paró en seco, me miró pidiendo ayuda, con incredulidad, pero con el miedo exudando por sus poros.
—Siéntate, Enrique, por favor… y respira.
—Eso, respira, que tienes una edad y te va a dar algo —dijo Marcela con los brazos en jarra.
—Y voy a preparar un pozal de tila, que nos va a hacer falta.