Capítulo 56
La responsabilidad de hacer justicia
La comisaría estaba abarrotada al mediodía. Voces superpuestas, teléfonos sonando, pasos apresurados.
Sin embargo, para él, aquel ruido constante era casi silencio: lo habitual se vuelve invisible cuando se repite cada día.
Se encerró en el despacho que le habían cedido por tiempo limitado. Cerró la puerta con un leve empujón y el murmullo exterior quedó amortiguado.
Extendió el material sobre la mesa: carpetas, hojas de cálculo, un pen drive. Retorció los dedos una vez antes de empezar y murmuró, apenas audible:
—Respira. Observa. Decide.
Inspiró profundamente, obligándose a apartar cualquier pensamiento ajeno al expediente que tenía delante.
Comenzó por los documentos. Revisó firmas con una concentración casi obsesiva. Pasaba páginas con rapidez, pero se detenía siempre en lo mismo.
Un solo nombre. Isabel. Aparecía una vez. Y otra. Y otra más. Sintió cómo algo se tensaba dentro de su pecho. Podría minimizarlo o interpretarlo de otra manera. No lo hizo.
—Lo justo es justicia… —murmuró, más para convencerse que para afirmarlo.
Conectó la memoria al portátil. Mientras el ordenador arrancaba, un par de gritos estallaron en el pasillo, alguna discusión rutinaria. Cerró los ojos un segundo.
—Vamos… —susurró.
La pantalla se iluminó. Aparecieron varias carpetas: cuentas bancarias, hojas de cálculo, facturas escaneadas. Y un archivo de vídeo: Juan Manuel Pérez de Ayala.
Dudó. Sabía lo que había ocurrido entre el padre de Marina y Celia; el mismo Juan Manuel se lo había contado.
«¡Qué demonios!».
Pese a dudar un par de veces, la curiosidad venció a la prudencia. Aguantó la visualización apenas un minuto; no quería ni podía ver más. Otro secreto que no había podido compartir con Marina, pero en este caso tenía excusa: no era asunto suyo.
Una grabación distinta llamó su atención: Despacho_DJ PérezNavas.mp4. Titubeó apenas un instante antes de abrirlo. La imagen mostró la oficina de don Jesús Pérez Navas. Cámara fija. Sonido limpio.
Escuchó su voz. Escuchó la amenaza. Escuchó la extorsión directa hacia Alberto… y hacia Isabel María.
La mandíbula de Quique se tensó. Ahí estaba. La prueba. Irrefutable. Innegable. Demostraba su inocencia.
Durante un segundo contuvo el aliento. Después sonrió apenas, incrédulo. Golpeó la madera con los puños, liberando de golpe la carga que le oprimía el pecho.
—Sí… sí… sí… eso es —repitió en voz alta, casi riendo, casi temblando.
No pudo ver más. El teléfono vibró sobre la mesa por segunda vez: Marina.
La miró fijamente mientras seguía vibrando. Respira. Observa. Decide. Esta vez respiró. Pero no observó. No decidió. Simplemente respondió.