Capítulo 55
El sonido de una puerta al cerrarse
Celia abrió la puerta del cuarto de Olivia, buscando alguna señal que le indicara dónde estaba la niña del demonio. No las vio.
Ambas estaban escondidas bajo la cama, pegadas al suelo frío, con el polvo adherido a la garganta y la respiración contenida.
Desde allí solo alcanzaban a ver los botines de tacón de Celia, avanzando y retrocediendo por la estancia con un sonido seco y preciso sobre el parquet. Cada paso era una amenaza.
Olivia se tapaba la boca con la mano para ahogar cualquier sollozo. Sentía el corazón golpeándole en las sienes, tan fuerte que temía que pudiera oírse desde fuera. No necesitaba mirar a su prima para saber lo que era capaz de hacer.
La mano de Nita buscó la suya y la apretó con fuerza. Quietas. Calladas. Invisibles.
Pero también ella temblaba. Si las descubrían ahora, todo se vendría abajo. Había jugado a dos bandas… y el precio podía ser devastador.
Las voces de Jesús Jr. resonaban por la casa, cada vez más impacientes.
Celia se detuvo frente al escritorio. El tacón dejó de sonar. Silencio.
El roce de un cajón al abrirse. Papeles moviéndose. El rasgar rápido de un bolígrafo.
Después, pasos. Uno. Dos. Se detuvo justo frente a la cama.
Olivia dejó de respirar. La punta del botín quedó a escasos centímetros de su rostro. Si Celia se agachaba, si se inclinaba apenas un poco… la sombra cubriría la franja de luz que entraba bajo el colchón.
Un segundo eterno.
El pecho de Olivia parecía latir con demasiada fuerza. Nita apretó más sus dedos, tratando de insuflarle ánimos.
Entonces, el tacón giró. Se alejó. Celia salió del cuarto dejando la puerta abierta. Aquello era casi peor: desde el pasillo podía verse parte de la habitación. No podían moverse.
Olivia miró a Nita con lágrimas contenidas. Los temía. Siempre los había temido. Nunca se detenían ante nada.
—¿Has encontrado los pasaportes? —gritó Celia desde el pasillo, con una autoridad cortante.
—Ya los tengo. No hay tiempo. Vámonos ya.
—La muy zorra…
—Coge la maleta, papá. Déjalo ya. No hay remedio.
La puerta principal se cerró con un golpe seco que hizo vibrar los cristales de la casa.
Esperaron. Uno. Dos. Tres. El silencio pesaba.
Y entonces, el rugido del Mini arrancando y alejándose calle abajo.
Nita contó mentalmente hasta veinte antes de moverse. Solo cuando el sonido del motor se perdió del todo, se arrastraron fuera de su escondite. Las piernas les fallaban.
—¿Qué hacemos ahora, Nita? —susurró Olivia, con la voz aún quebrada.
Nita respiró hondo antes de responder:
—Ir a casa del abuelo. Y llamar a Quique. Tenemos que alertarlos.