Capítulo 52
La expiación del pecado III
Enrique recorría el salón de un lado a otro como un pato sin cabeza, negando, hablando solo y tratando de decidir si llamar a la propia Nita o a su hermano. Cada paso resonaba en el suelo antiguo, aumentando la sensación de urgencia que lo asfixiaba.
—Lo siento —dijo Julia, conmovida de verdad. Sus manos, sobre el regazo, casi no tenían color de tanto apretarlas.
—Usted no sabe lo que esto significa.
—Traición… sí sé lo que significa.
—Bien. Ya nos ha entregado lo que traía. Si no le importa, puede dejarnos solos.
—Si me importa, he venido a hablar con Enrique Ruiz. Supongo que es… ¿su nieto?
Enrique estaba contrariado, pero, aun así, con un leve gesto afirmativo, permitió que Julia se quedara. Se retiró a su habitación para pensar qué hacer, mientras su mente daba vueltas y el corazón le latía con fuerza.
Marcela observaba desde la puerta de la cocina a la inusual invitada comer con ansia la tarta de manzana. Suspiró y decidió que aquella pobre mujer necesitaba compañía, un poco de calma… y alguien que la mirara sin juzgarla.
—Como todos —murmuró.
—¿Perdone?
—Oh… nada, querida. Hablo sola. No me haga caso.
Arrastró una silla que Enrique había desplazado con rabia y se sentó frente a Julia, escrutando cualquier movimiento en falso, buscando señales de miedo, de duda…
—¿Quiere otro trocito? Parece que está hambrienta.
—Se lo agradecería.
—Tenga… ya lo traía preparado.
Marcela esperó a que estuviera bien alimentada —como un pavo de Navidad, pensó con una media sonrisa— para que se sintiera más relajada y soltara la lengua.
—¿Sabe, Julia? Cuando la vi me recordó a alguien… soy mayor y no lograba ubicarla… pero ahora creo que ya lo sé.
—¿A quién le recuerdo? Usted y yo no nos conocíamos de antes.
—Oh… a una niña muy bonita que dice ser su sobrina, por parte de su esposo. Pero se le parece bastante… curioso, ¿verdad?
—¿Qué niña?
—Olivia… la amiga de Nita.
—¿Olivia? ¿De qué conoce usted a Oli?
—Ya se lo he dicho: es amiga de la nieta de Enrique.
—¿La misma de la carpeta?
—Ajá.
—Dios mío… ¿puede estar en peligro?
—No lo creo… al menos, por Nita.
Se instaló un silencio denso y cortante entre ambas. Marcela volvió a suspirar, aceptando la situación.
—Es su hija… de Alberto, ¿verdad?
Julia se debatió entre mentir o, ya sin nada que perder, confesar la verdad y soltar la mochila que tanto había pesado durante años. Se decidió por desahogarse. Miró a Marcela y sonrió; el color parecía volver a sus mejillas y su mirada se suavizó, con cierta ironía.
—Es usted muy observadora. Sí, Oli es hija mía…
según mi marido, mi pecado; según yo, mi gloria.
La niña más dulce que podía desear. Nunca me arrepentí ni de Alberto ni de ella…
pero nos lo hicieron pagar caro. El padre no fue capaz de romper la familia de su primo; mi esposo no fue capaz de perdonarnos.
Y así, entre rencores y grilletes, ha ido pasando el tiempo.
Ahora Olivia es una mujercita, tan inteligente como su progenitor y tan inocente, y manipulable, como su madre.
Yo trato de enseñarle a ser más fuerte, a no decir sí cuando quiere decir no, a que su autoestima sea lo suficientemente alta como para que nadie la maneje… pero no sé si está en su ADN.
En ese momento Enrique salió de su cuarto. Miró a las dos mujeres, tan calmadas mientras él se ahogaba en un mar de nervios, y pensó en volver a desaparecer.
—Marina y Quique vienen pronto… no les he adelantado nada. Prefiero que lo vean ellos mismos. Estoy seguro de que esto no es más que una confusión.
Se dirigió a la cocina, cogió una cuchara y atacó el postre con nerviosa gula, comiéndose en cada bocado el caos que sentía en el pecho.