Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 50
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Capítulo 50

La expiación del pecado II

Cargada con las carpetas, apretadas contra su cuerpo y ocultas en su bolso, Julia llamó a la desconocida puerta donde esperaba que se fraguara su inmunidad.

Se detuvo un momento y miró la fachada de la antigua finca; miró a un lado y a otro, cerciorándose de que nadie la seguía.

—¿Sí? ¿Quién es?

La voz de Marcela sonó temerosa. Julia no sabía qué contestar. ¿La mujer de Jesús Pérez Navas? No… no le abrirían.

—Soy una amiga de Isabel María Gastaldi. Ella me ha proporcionado esta dirección y me ha pedido que les traiga unos papeles.

La puerta se abrió.

Enrique esperaba tras la mirilla.

El primer escrutinio le devolvió a una mujer muy asustada, nerviosa, mirando atrás con miedo.

El segundo le mostró algo más: necesidad de ayuda. Urgencia. Desesperación.

Abrió.

—Buenos días. Dígame en qué puedo ayudarla.

—Buenos días. Por favor, necesito hablar con Enrique Ruiz, me han dicho que es agente de la policía.

—Lo siento, señora, pero no está en casa.

—Si no le importa, le esperaré.

—Ya… y explíqueme por qué debería dejarla entrar en mi casa.

—Porque traigo unos documentos que creo que le pueden interesar y pueden ayudar a Isabel Gastaldi.

Enrique sostuvo su mirada unos segundos más.

—En ese caso…

Abrió la puerta, y Marcela, tras él, condujo a la desconocida —no sin desconfianza— al salón.

Un silencio incómodo se instaló en el centro de la estancia mientras Enrique la invitaba a sentarse frente a él.

—Y… entonces. ¿Algo que contarnos?

Julia tragó saliva.

—Yo… bueno… yo soy…

—¿Usted es?

—Soy Julia Samper. La mujer de Jesús Pérez Navas.

Marcela dejó caer la bandeja del desayuno que retiraba. El estruendo resonó en toda la casa.

—Perdón… ha sido… bueno… no me lo esperaba…

Julia dio un respingo, temblando de forma visible.

—Oh, discúlpeme… ¿le traigo un café? ¿Un Cola Cao? ¿O mejor una tila? Sí… una tila le sentará bien… y un trozo de tarta de manzana.

—Gracias… no he comido nada desde… no sé… desde ayer por la mañana.

Marcela marchó rauda a preparar el desayuno de la desconocida mientras pensaba que aquella mujer le recordaba a alguien, aunque ahora mismo no sabía a quién.

Enrique le dejó unos segundos para restablecerse. Sin dejar de observarla, buscó disimuladamente su teléfono en el bolsillo de la bata.

Julia se recompuso y, mirando a Enrique, comenzó a explicar el porqué de su visita.

—Necesito hablar con Enrique Ruiz porque traigo los documentos originales de las ventas ilegales de mi familia. Es complicado…

Sus manos temblaban al abrir el bolso y sacar las carpetas.

—Mi familia ha falsificado documentos con firmas tanto de Isabel Gastaldi como mías, involucrándonos en sus sucios trapicheos. Incluso han abierto cuentas a nuestro nombre. Pero… estos documentos desmontan su castillo de naipes.

Dejó las carpetas sobre la mesa. No las soltó del todo.

—Con esto podemos demostrar nuestra inocencia. Necesito negociar mi inmunidad. Al fin y al cabo, siempre supe que algo se cocía… pero nunca fui lo suficientemente valiente para hacer algo.

Empujó las carpetas hacia él, lentamente.

—En estas dos carpetas están las pruebas. Puede verlo si lo desea.

Enrique leyó los nombres escritos en las etiquetas blancas:

Isabel Gastaldi.

Julia.

—Un simple Julia… —susurró ella—. Eso es lo que soy. Y eso es lo que valgo.

Enrique seguía desconfiando de aquella mujer que había aparecido inesperadamente. Sus ojos no perdían de vista ninguno de sus movimientos, dominados por un nerviosismo extremo.

—¿Y esa tercera carpeta?

Julia dudó. Solo un segundo.

—Esa… no es mía. Isabel me pidió que se la trajera también.

Se la entregó.

Enrique la sostuvo sin abrirla. La miró. Volvió a mirar a Julia.

—¿De quién es?

Julia negó con la cabeza.

—No lo sé.

Enrique bajó la vista hacia la etiqueta. Su respiración se detuvo.

—¿Qué es esto…? ¿Qué significa?

—Elena Ruiz Baixauli es mi nieta.

La carpeta tembló entre sus manos.

—¿Por qué tienen una carpeta a su nombre?

No se atrevía a abrirla.

Marcela, que había oído el nombre de Nita, volvió a derramar el contenido de la bandeja.

—¡Dios mío! Lo siento… volveré a hacerle la tila…

Las manos le temblaban mientras regresaba hacia la cocina, repitiendo como un mantra:

—No es posible… no puede ser… no es posible… no puede ser…