Capítulo 48
La expiación del pecado
Encontró lo que buscaba en el lugar indicado.
Con la rabia y las lágrimas cegando sus ojos, alcanzó a ver su nombre repetido en varios documentos.
Su nombre.
Una y otra vez.
¿No era suficiente con el alto precio pagado?
La traición de su marido era casi esperable. La había presentido durante años.
Pero sus hijos…
El aire se tornó difícil de respirar.
¿Qué podía esperar de ellos?
Nada.
Las manos le temblaban cuando reunió los papeles, alguna muda de ropa y el dinero que llevaba años escondiendo en la moldura de su habitación.
Cada respiración oprimía su pecho; le quemaba como queman las brasas mal apagadas, como quemaba su pecado en el centro de su alma.
No se dio la oportunidad de dudar.
Se marchó sin mirar atrás.
Sabía que, si lo hacía, no sería capaz de cruzar la puerta.
Pasó la noche en un motel cercano a la dirección que Isabel le había dado. No durmió.
Cada crujido del edificio le parecía el anuncio de unos pasos en el pasillo.
Cada coche que se detenía frente a la puerta le helaba la sangre.
Temía que, en cualquier momento, los hombres de su marido llamaran a la puerta.
No había lugar seguro.
No había tregua en el tiempo.
Solo el tic-tac del viejo reloj de pulsera de su padre acompañó su vigilia, marcando cada segundo como una cuenta atrás.
Rezó como nunca lo había hecho.
Rogó por el alma de sus hijos, manipulados hasta la pobredumbre de sus conciencias.
Y oró por su hija pequeña, para que jamás se convirtiera en un monstruo.
La noche dio paso al día.
Y el día… al terror paralizante.
Se debatió entre dudas y temores, intentando recoger los pedazos de su valentía rota, esparcidos por el deslucido suelo de aquella habitación anónima.
Tardó horas en decidir si volver a casa, dejar los documentos en su lugar y fingir que nada había ocurrido… o ser valiente y luchar por su libertad.
La ansiada libertad ganó la partida.
Se enjugó las lágrimas.
Irguió la espalda.
Se disfrazó de valentía… y salió en busca de su inmunidad.
Marina
Nos dirigimos hacia el Banco de España sin demora. El trayecto estuvo ambientado por la incansable verborrea de Pablo y las respuestas en monosílabos de Quique.
Desde el asiento trasero podía observar cómo los músculos de su espalda se tensaban; se movía incómodo en su asiento y en ningún momento giró la cabeza hacia mí.
La angustia corrió a crearse un hueco dentro de mí, y la ansiedad la acompañaba.
El tráfico del centro no ayudaba en hora punta, y mucho menos al llegar a la zona comercial.
—Paramos aquí, Pablo.
Cientos de personas, a poco más de un mes de Navidad, deambulaban aquí y allá cargadas con bolsas de diferentes tiendas.
En la esquina con la calle Pascual y Genís, un pequeño grupo musical deleitaba con violines a los viandantes, que formaban un pequeño círculo a su alrededor mientras muchos otros pasaban sin apenas mirar.
Javier nos seguía de cerca, vigilando y protegiendo. Quique le hizo un pequeño gesto y se detuvo a cierta distancia.
Unos pocos metros nos separaban del Banco. Llevé mi mano instintivamente al bolsillo, asegurándome de que la pequeña llave continuaba allí.
Un chico joven pasó por mi lado y me golpeó el hombro con su cuerpo.
El miedo atravesó mi ser, dejándome completamente plantada como una estatua.
Quique tiró de mí hacia las altas puertas en tríptico, separadas por regias columnas de mármol blanco y coronadas por un intrincado trabajo en hierro forjado.
Giramos la esquina para el acceso por la calle de las Barcas y entramos al hall.
Una escalera de brillante mármol e impoluta barandilla dorada daba la bienvenida al monumental edificio.
Con el pulso acelerado y el corazón latiendo en la garganta, nos detuvimos unos segundos antes de adentrarnos… pero Quique me retuvo, poniendo una mano sobre mi hombro.
—Espera… Marina, yo… Lo siento. No debí hacerlo, pero… quería… no, necesitaba protegerte.
—¿Qué quieres decirme, Quique? ¿Protegerme de qué?
Quique tragó saliva. Evitó mirarme unos segundos antes de hablar.
—Celia.
El nombre cayó entre nosotros como un golpe seco.
—¿Qué pasa con Celia?
Se pasó una mano por la nuca, incómodo.
—Yo… la conocía.
El suelo pareció que se hundía bajo mis pies.
—¿Cómo que la conocías?
—Antes de ti. Mucho antes de saber nada de Alberto, del espolín o de toda esta locura. Apareció de repente… y estuvo cerca de mí durante un tiempo.
La imagen de aquella mañana en su apartamento atravesó mi cabeza como un relámpago: Celia en la cocina, moviéndose como si perteneciera allí; la forma en que me observó al escuchar mi nombre; aquella sonrisa extraña, cargada de algo que entonces no supe entender.
—La chica de Dorothea… —murmuré.
Quique asintió lentamente.
—En aquel momento no supe de qué me hablabas, nunca le di llaves de mi apartamento. No sé cómo consiguió entrar, por eso no lo vi. Pensé que solo era una chica rara. Intensa. Desaparecía y volvía cuando quería. A veces aparecía en Alquimia, ¿lo recuerdas?
Asentí, cómo olvidar esa noche.
—Otras me seguía hasta sitios donde jamás le había dicho que iba a estar. Creí que era una casualidad… a veces la sombra de su hermano le precedía, protegiéndola no sabía muy bien de qué.
La angustia comenzó a abrirse paso dentro de mí.
—¿Te acostaste con ella?
Cerró los ojos apenas un instante.
—Sí.
Sentí cómo algo se tensaba violentamente en mi pecho. Rabia, celos, temor.
—Pero no significó nada, Marina. Te juro que no sabía quién era ni por qué se había acercado a mí. Lo entendí después… demasiado tarde.
Un frío espeso me recorrió lentamente la espalda.
—¿Qué crees que quería?
Quique dudó. Esa duda, apenas intuida me dolió en lo más profundo, ¿a él? Y si lo que quiso entonces era a Quique.
—No lo sé —admitió al fin—. Pero no fue casual… —añadió más bajo—. Hacía preguntas. Sobre mis casos, sobre lo que investigaba. Ventas ilegales, movimientos, nombres… decía que era periodista. En ese momento no le di importancia.
Tragó saliva.
—Ahora entiendo que no estaba interesada en mí. Estaba interesada en lo que yo podía ver… y en quién estaba cerca de mí.
Guardó silencio un instante.
—No entiendo.
Quique respiró hondo.
—Se parecía tanto a ti. La forma de mirar, de moverse… A veces era como si lo hiciera a propósito. Como si quisiera confundirme.
Como si quisiera que creyera que eras tú.
Sentí un fuerte puño golpeando mi estómago, él me deseaba antes de tenerme, pero cómo lo podía saber Celia, ¿nos vigilaba? ¿Nos estudiaba? ¿Qué más sabía ella cuando nosotros ni siquiera intuíamos todo el entramado?
—Creo que estaba buscando acceso. A lo que hay detrás de todo esto. A Alberto, los documentos… a ti, de alguna forma.
El aire se volvió más denso.
—¿A mí?
—Sí —dijo sin mirarme—. Porque tú no eres solo alguien que está metida en esto, Marina. Tú eres la llave.
El silencio cayó un segundo más pesado.
La rabia no vino por Celia.
Ni siquiera por aquella relación absurda ocurrida antes de mí.
Lo que dolía era otra cosa.
Que él hubiese unido las piezas antes y hubiese decidido cargar solo con ello.
—¿Desde cuándo sospechabas?
Quique bajó la mirada.
—Desde Roma.
Solté una risa breve, incrédula.
—¿Roma?
—La reconocí. Aunque iba distinta. Otro pelo, otra forma de vestir… pero era ella. Y desde entonces até cabos.
Mis mejillas ardieron de impotencia. Mis dedos se cerraron con fuerza alrededor del bolso.
—¿Y no pensabas contármelo?
—Quería protegerte. No quería que creyeras que me podía haber sacado información sobre ti, no quería que te sintieras vulnerada en tu intimidad.
—No tienes derecho a decidir eso por mí.
El silencio cayó entre nosotros, pesado y doloroso.
Sentí cómo algo se quebraba dentro de mí.
No por Celia, no por celos, era por él.
Porque, una vez más, había decidido enfrentarse solo a algo que también me pertenecía. Una vez más no me reconoció, su exceso de protección me supuso incapaz. Y eso me dolió más que la traición.
—Marina…
Me giré. Le di la espalda y comencé a subir la escalera. Él me siguió unos pasos.
—No, Quique. Este camino lo recorreré sola.
Quique bajó la cabeza, me miró a los ojos y asintió.
—Te esperaré aquí. Pase lo que pase, siempre estaré para ti.
No le contesté y seguí mi camino.
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Entré en el edificio con el pulso desbocado.
El mármol devolvía el eco de mis pasos con una solemnidad incómoda. Todo era orden, silencio y seguridad. Demasiado orden para el caos que llevaba dentro.
Un vigilante me detuvo antes de avanzar.
—Buenos días.
—Cajas de seguridad.
Me pidió el DNI. Lo entregué intentando que no se notara el temblor de mis dedos. Lo revisó, tecleó unos datos y asintió.
—Acompáñeme, por favor.
Me condujo a un pequeño despacho discreto. Firmé en una tablet sin leer apenas lo que aparecía en pantalla. Hora de entrada. Nombre. Documento. Todo quedó registrado con una normalidad que me resultó casi irreal.
—Necesitaremos su llave.
La saqué del bolsillo. El pequeño llavero metálico descansó en mi palma un segundo antes de entregarlo.
0626
La empleada la observó brevemente y asintió.
—Sígame.
El ambiente cambió al cruzar la zona restringida. El aire era más frío. Las voces desaparecieron. Solo quedaron mis pasos y el sonido lejano de un sistema invisible funcionando.
Una puerta blindada se abrió con un mecanismo seco.
La cámara acorazada apareció ante mí.
Filas interminables de cajas metálicas cubrían las paredes de suelo a techo. Pequeñas, idénticas, silenciosas.
La empleada se detuvo frente a una de ellas. Introdujo su llave y me miró.
—Cuando quiera.
Mis dedos tardaron un instante en obedecer. Introduje la llave y giramos al mismo tiempo.
Un clic suave.
La caja salió hacia fuera, convertida en un pequeño cajón metálico.
La sostuvo con ambas manos y señaló una puerta lateral.
—Puede utilizar la sala privada. Llámenos cuando termine.
Se marchó.
El silencio se volvió absoluto.
Dejé el cajón sobre la mesa.
El corazón golpeaba con fuerza contra mi pecho.
Ahora estaba sola.
Y la verdad me esperaba dentro.